Tabula rasa

El amor y La Droga

I

Conocí el amor el mismo día que probé La Droga. En el mismo lugar. Y de no haber sido por unos minutos, al mismo tiempo. Quiero decir “el amor”. Todos lo entienden, no hay muchas opciones, pues: miras a alguien y ya está. El cosquilleo. El desear a pesar de todo. Y a pesar de todo el buscar la mirada (el flirteo, que le dicen). El amor, cuando está, se reconoce fácil. No hace falta ser un genio. Pero La Droga es otra cosa. La Droga. Llámenla como quieran, cada quien tiene su modo de desearla. Nadie sabe, nunca. Me refiero a La Droga, con mayúsculas. La adicción perra, la sinapsis acelerada. El bombeo inmisericorde del corazón. El ahogo repentino, el no ver, no saber, no entender.

II

Aunque de efectos similares, del amor se dice que construye, de La Droga, que destruye; que el amor une, La Droga separa; que el amor nos hace mejores mientras La Droga nos lleva por un placentero tobogán que siempre, irremediablemente –según–, termina en una pila de olorosa mierda. Sabemos, o podemos intuir, que ambos nos vuelven estúpidos porque alteran nuestra percepción del mundo, ya sea idealizándolo o destruyéndolo. El amor y La Droga comparten los mismos principios y términos.

El amor es una droga, dicen quienes ni se han enamorado ni han caído en la sutil red de La Droga. Con afán científico quieren comparar la dinámica neuronal del uno con la devastación sináptica de la otra. Y es que hay una diferencia: al amor nunca se vuelve (se le rehúye), y en La Droga se habita. Se vuelve hogar del desesperado. El amor, en su experiencia única y reservada, termina por repeler a quien lo experimenta: la verdadera devastación es el amor. La Droga envuelve con encanto discreto todos los aspectos de la vida del Iniciado, el cual piensa, actúa y planea en La Droga, a pesar de la devastación y el desajuste, de la resaca y el malestar. La Droga reclama su lugar, el amor no. El amor arrasa y se vuelve experiencia única. (“No me bañé dos veces en su mismo río”, escribe Luis Antonio de Villena en Tabernáculo encendido.)

III

De la Droga es fácil escribir porque su naturaleza es el ciclo. Su ilegalidad no aplica en la mente de quien dice tener un mensaje para el mundo. El alarde de la perdición del artista es su oferta de salvación para la humanidad, al parecer. La explosión temática de La Droga contrasta con la rotunda negación de la cursilería amorosa de nuestra era. Y es qué, ¿cómo iba a ser de otro modo, si el amor apuesta por la añoranza de un pasado idílico por inexistente y La Droga propone quemar el presente, la única certeza?

El ritual de La Droga ha perdido todo simbolismo, toda conexión con el pasado: ya no busca el esclarecimiento o la respuesta, ni la conexión con las más profundas y fundacionales interrogantes del hombre; simplemente se ha reducido a su efecto utilitario, a la repetición de su efecto y a la experimentación con sus intensidades. Pura gozadera.

Lo mismo pasó con el amor: simbolizado e idealizado desde el siglo XVIII, se redujo a su más pura practicidad durante la segunda mitad del XX: el placer del sexo. Si el fin era el desplante del cuerpo, su reafirmación mediante el placer, ¿para qué recurrir a rituales y símbolos que han perdida toda conexión con nuestro mundo?

IV

Ni el amor ni La Droga existen ya, en todo caso. Sólo el placer anodino que nos provoca buscarla y negarlo, siempre destruyéndonos.

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