Tabula rasa

Uncreation

Cuando digo suicida quiero decir una lumbre que alcanza para todos

si digo suicidio no me refiero al accidente de quien perdió la cuenta

o al valiente o al cobarde que sabiendo ya decide basta

cuando digo suicidio hablo de un león rugiéndonos adentro

y de una flor que no cede a esos inviernos de la memoria

tan perros como lobos

cuando hablo de suicidio no hablo del cometa que pasa y maravilla

digo el cometa que impacta y extingue dinosaurios

hablo de la estrella que mata plantas carnívoras y libélulas gigantes

me refiero a la catástrofe

la explosión y la nueva era

no se trata, en todo caso, de hacer un recuento de suicidas famosos: sabemos quiénes son. Laten en la memoria para recordarnos un mundo que fue insuficiente, a pesar de sus esfuerzos. ¿De qué serviría, pues, hacer una lista de los inconformes? De nada, si no encontramos en ellos una nueva explicación para una era que creíamos superada. Dicen los que presumen saber: se entienden las tasas tan altas de suicidios allá, a lo lejos, donde el sol se oculta por meses. Pero aquí también hay anocheceres larguísimos, y aquí significa donde toco con el dedo tembloroso. La mayoría de los suicidios legendarios y honestos suceden de noche para ser descubiertos al romper el alba. Y son espectaculares, según nuestras investigaciones. El Auténtico Suicida dispone todo para la muerte y el descubrimiento. Medita la escena, la composición y los elementos: por dónde entrará quien tenga que descubrir el acto, qué verá primero, cómo reaccionará y dónde caerá queriéndose arrancar la cara con las propias uñas. Hemos descubierto que los pasionales no pueden ser Auténticos Suicidas porque en el último momento se arrepienten. Utilizan técnicas que permiten, bajo ciertas circunstancias, el rescate. Ni las cuerdas ni las drogas son Opciones Auténticas, aunque resulten divertidas y atractivas.

he visto al León retozar en la espalda de las chicas que deseo

y he deseado ser la garra que destroza y el colmillo que se baña en sangre

he querido ser la sangre en las barbas de los más hermosos leones, a la vez

he sido el león y he fracasado

la Colección Bührle, en Zurich, alberga una maravillosa obra de Édouard Manet: pintado en su etapa más tardía, entre 1877 y 1881, el cuadro muestra la perturbadora escena del suicidio de un dandi anónimo. Atípico ya desde la temática, el cuadro resulta perturbador por su brutalidad: pareciera anunciar la profunda depresión del pintor (que ya se adivinada desde su versión del Ecce Homo en la escena bíblica donde Jesús sufre las burlas de los soldados, y en su oscuro Actor trágico). Pero cualquiera que viera el retrato que le hizo Fantin-Latour vería en Manet el extravío de los perturbados. Como sea, Le Suicidé, muestra a un hombre que acaba de dispararse, en un cuarto sin muebles –sólo se alcanzan a ver la cama donde yace el cadáver y una parte de lo que parece ser una mesa de noche– cuyas paredes, pintadas de un azul pálido característico del artista, albergan un retrato del que sólo apreciamos una fracción. Es decir: todo en el cuadro está incompleto, salvo el anónimo suicida: el mundo mutilado que alberga el completo triunfo de la muerte voluntaria. El hombre, que parece haberse disparado en el pecho –a la vieja usanza: los escandalosos disparos en la cabeza son más bien del siglo XX–, aún sostiene el revólver de cañón largo en la mano derecha, y yace como descansando, como quien ha encontrado una verdad superior en los caprichos del yeso sobre el techo. Viste pantalón y zapatos oscuros y una camisa blanca. Llama la atención la forma de la pierna izquierda, que se levanta por sobre la cadera de manera curiosa. Ahí, los expertos han querido ver la torsión de las piernas y el rigor mortis, pero los más honestos vemos el estertor del deseo: el punto de unión entre la vida y la muerte, una llamada al cielo que es a la vez creación y destrucción, principio y fin, el placer del cuerpo en su más auténtica pureza: una profusa erección.

vimos la furia del aceite recorriendo los surcos de nuestros cerebros

vimos las luces centellear aun cuando cerramos los ojos y apretamos los párpados

sentimos el ahogo y nuestros sexos levantarse sin ninguna explicación

vertimos sobre la tierra condenando nuestra estirpe

y vertimos sobre el papel lustroso de las revistas

y en servilletas y en pañuelos

y también sobre las espaldas de hermosas muchachas

y entre las manos de los hombres que nos comprendieron

y seguimos sin entender nada.

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