Tabula rasa

"That it´s all just a little bit the history repeating"

Las aguas

¿Cómo puede sorprendernos lo que sucede con regularidad? ¿Cómo podemos no estar preparados? Los mayas conocieron a Huracán, corazón del cielo, dios de las tormentas, y su vocablo, perfecto, sirvió para denominar los azotes que, año con año, devastan los mares tropicales. Los antiguos mesoamericanos “leían” las señales del cielo y prevenían el desastre (su concepción del tiempo cíclico los hacía a llevar rigurosos registros de la historia, que para ellos era a la vez pasado y profecía): abandonaban las ciudades aconsejados por los sacerdotes y buscaban refugio tierra adentro.

Las lluvias son un problema que, en todo caso, no debería sorprendernos. Pero ante todo argumento racional, el poder tiene una réplica formulaica: estas han sido las peores lluvias de la historia. Así cada año los temporales son, “oficialmente”, los peores en décadas, y así se dispensa la ineficacia o ausencia de las culturas de prevención. Cada año las lluvias del discurso oficial serán peores que las anteriores, y así hasta que, inevitablemente, llegue una que nos mate a todos. Los ejecutores del discurso oficial, aquellos que están para defender y salvaguardar a la élite dominante, son, a la vez, agoreros de un fin del mundo anual, en el que no hay nada que hacer más que esperar muertos y destrucción.

La historia se repite

En 9 de junio de 1691, cuando en México gobernaba el conde de Galve, una lluvia atípica inundó buena parte del valle de México y desbordó el río de los Remedios provocando la muerte de 26 personas. Un mes tarde, llovió durante doce días “sin interrupción que pasase de media hora”, del 10 al 22 de julio, y se devastaron las cosechas de trigo y procuró el ambiente perfecto para el desarrollo de la plaga del chiahuixtle (de ahí que “ya nos cayó el chuiahuixtle” sea una frase mal agüero). De esto da cuenta el científico, intelectual y escritor novohispano don Carlos de Sigüenza y Góngora en su Alboroto y motín de los indiosde México. Esta tormenta desató una serie de hechos que dieron en el motín de las clases subalternas de la ciudad de México el 8 de junio del año siguiente: la negación de las autoridades para dialogar con el pueblo que reclamaba, primero, abastecimiento de granos, luego, el abuso de los encargados de la alhóndiga que habían azotado a un par de indígenas dos días consecutivos, provocó el levantamiento del pueblo, que acabó en la quema del Palacio Virreinal y las casas del Ayuntamiento.

Don Carlos gozaba de fama y reputación al ser el cosmógrafo del Rey en la Nueva España, así como catedrático de matemáticas en la Real Universidad y capellán mayor del Hospital Real del Amor de Dios de la ciudad de México. Eminente científico, protegido y colaborador del virrey, da fe y constancia de los hechos, con un discurso que busca proteger su lugar privilegiado mediante la defensa y justificación de las acciones.

Sigüenza y Góngora cuenta que pasado el temporal de 1691, el virrey mando revisar los caminos y calles, y en persona el gobernante acudió a las zonas afectadas: en una lancha llegó hasta los barrios más pobres (los más afectados, siempre) para suministrar provisiones. Luego tomó medidas para prevenir más inundaciones (manda desviar ríos, fortalecer bordos y limpiar las acequias de los afluentes que recorren y desembocan en lagunas del valle de México). Pero, hacia finales de año, los agricultores descubren que el trigo se ha malogrado y el científico mexicano, con ayuda de un microscopio, descubre que se debe a una plaga, parecida al pulgón europeo, llamada chiahuixtle. Esto provoca el desabasto del grano y “el rey disimula un poco el encarecimiento”, pues según Góngora es normal que en sociedades justas el precio de lo escaso se eleve. El virrey toma medidas cuando el desabasto pone en peligro la integridad de las clases altas de la capital, y manda traer maíz a Celaya y desvía las cosechas cercanas para el consumo de la élite. Luego, ante la amenaza de hambruna, el virrey lleva a la ciudad la “milagrosísima imagen de Nuestra Señora de los Remedios, sin haber razón, al parecer, que obligase a tanto, porque las aguas no faltaban”, pero para regocijo de “la plebe que, divertida en semejantes ocasiones, se olvida del hambre para acudir al mirar”.

La narración se hace desde la perspectiva de la literatura de la contrainsurgencia: discursos que atribuyen los actos insurgentes de los grupos a causas externas a su conciencia, debido a pasiones irracionales de hordas a veces manipuladas por un pequeño grupo, con intereses ajenos a las mismas (definición de Sergio Rivera-Ayala). Así pues, el científico y racional (y adelantado para su época) discurso del más grande intelectual del periodo colonial, recurre al lugar común de las clases dominantes cuando se trata de sublevaciones de la masa: la denostación y el descrédito racial: los indígenas revoltosos no son individuos con demandas justificadas y racionales, son “bárbaros y bestiales”, miembros de “la raza más ingrata, desconocida, quejumbrosa e inquieta que Dios crió”; y el motín es originado no cuando el pueblo sospecha que las autoridades están relacionadas con el desabasto y encarecimiento de los granos, sino por su “natural desorden”, su “decadencia moral e irracionalidad”.

Ahora

Coincidencias: el discurso oficial protege los intereses de la clase gobernante: los medios oficiales se regodean con las imágenes de gobernadores metidos en las inundaciones y de la “familia real” repartiendo despensas entre los afectados por las lluvias, que son, claro, las peores en décadas.

Los operadores de los medios no bajan de irracional la protesta magisterial, condenándola al lugar común de “acarreados que no saben por lo que protestan”, propio de las élites dominantes capaces sólo de ver en las clases bajas una masa amorfa –ruidosa y molesta- y no individualidades. El sistema de entretenimiento más espectacular se vale de figurillas mediáticas para reprimir la queja del pueblo, que prefiere acudir al espectáculo que a la satisfacción de sus exigencias: un poco de Laura Bozzo al lado de gobernadores, un espectacular montaje con la primera plana nacional para anunciar el rescate de los pueblos devastados: pura demagogia, puros buenos deseos que mantienen a la clase dominante donde debe… desde hace más de trescientos años.

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