Tabula rasa

La Tejas amable: La fiesta de Óscar, tercera parte.

La fiesta de Óscar. Patio trasero. Luces. Cerveza. Música. Gente. Platico con un poeta. Bien distinto a los que conozco: su concepción del mundo poético es otra. No farolea, pues. Recita versos de memoria. Está loco, se sabe poemas enteros, dice Marco. Platicamos y parece tener un verso para cada tema, para cada palabra. Increíble poesía peruana. Tono solemne (él también es poeta, respeta a sus maestros, pues):

Hay golpes en la vida, tan fuertes. Yo no sé / Golpes como el odio de Dios; como si ante ellos, / la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma. Yo no sé.

Y sigue, hasta bien adentro del poema. Pero luego recita poesía que no conozco.

Guardo un caballo en mi casa / desesperadamente encadenado / a mi sueño de libertad.

Genial. Y hay más en su repertorio.

¿Serán éstos los 206 aristocráticos huesos de mi padre? / ¿Todos completos, con su maxilar inferior, su frontal, / sus falangetas, su astrálago, / su vómer, sus clavículas?

Silencio. Pienso en Los Estudiantes. Ustedes saben. Lo sabemos.

¿No se habrán confundido / en la Fosa Común / con los de algún vagabundo / de esos que abundan en las calles de Lima, / y mueren sin un grito? Cómo voy a confiar / en que sean éstos los huesos de mi querido padre, / don Octavio, Tachito, / si en la Fosa Común donde lo echaron / puede ocurrirle cualquier cosa / a los huesos de uno?

Pienso en Todos Los Muertos. En La Muerte que se ensaña de esa línea para abajo. Una línea, miles de muertos: la balanza está cargada. Bebemos y fumamos. Óscar me platica sus aventuras en París, la sorpresa de salir del subsuelo y encontrarse por primera vez con La Ciudad. Me sentí como un provinciano que sale del metro y lo primero que ve de La Capital es la Latino, o Bellas Artes. Explica. Entiendo lo que quiere decir. La Sorpresa. Me presentan a Miguel. Nacional en tierra extranjera, también. Inland, allá donde de a ratos se pierde la huella del origen.  Me da su libro, lo hojeo y leo las primeras páginas. Janitzio. La estatua de Morelos y su puño levantado al cielo. Quiero leer más pero es descortés. Quiero decir: estamos en una fiesta. Lo firma para mí. Platicamos de Su tierra, de qué onda con ese pueblo loco y aguerrido que nació con los Tarascos. Me dice: Eres el único cabrón fuera de Michoacán que conozco que sabe el problema de la etimología de tarasco. Más tarde (o antes, no recuerdo), Óscar y yo discutimos algo sobre la ficción y cómo narrar. Le cuento la historia De Cuando Llegó La Letra A Mi Ciudad. La violencia que vivimos en corto quienes conocíamos a alguien en El Negocio. Ustedes entienden, hablo de los terribles 2007, 2008. Hablo del inicio de la era que sumió al país en un hoyo lleno de calaveras y sangre seca. Óscar corrige mi historia. Dice: Debería pasar esto, por pura cuestión de equilibrio. Una historia redonda. Tiene razón, soy malísimo con los finales. Deberíamos escribir ambos la misma historia, a ver qué sale, propongo. Le gusta la idea. No para enfrentar nuestras escrituras, no para ver cuál es mejor, sino para ver cómo pensamos el ejercicio creativo partiendo de la misma anécdota, de la misma escena. Posiblemente lo que quiero indagar es cómo la perspectiva académica influye en el proceso creativo. Cómo lo que estudias sobre lo literario influye directamente en tu escritura. Cómo lo que dicen los Maestros viene a transformarse directamente en una forma de entender la literatura. La fiesta sigue. La gente baila. Pero no lo hacen como debería. Alguien pone orden. Suenan tarolas y tubas y clarinetes. La Tambora. El Paso, ahí, ese punto alejado del centro del cuadrado que es esa ciudad recta y bien planeada, es poseído, por el tiempo que duran dos canciones, por el espíritu del Pacífico Mexicano. Sinaloa presente. Y bueno: ¿quién puede resistirse? Me siento a gusto, entre puros de mi especie: Los Que No Bailan Pero Se Divierten. A toda madre. Todo marcha bien. De pronto te das cuenta que, no importa dónde estés, todo vuelve al mismo punto. Todo vuelve a la misma plática. Siempre vuelves a los mismos temas: Pasión, le llaman. Entrega. Letras y modos de entender el mundo. Siempre con palabras. Siempre. Lejos, muy lejos. Nada cambia: es una cofradía. Una secta. Me gusta sentirme distante y a la vez sin cambios. Sin tener que adaptarme. Sin tener que soltar palabras que no me importan. Pienso en lo lejos que estoy y en lo tan a gusto que me hacen sentir estas personas. Y entonces, alguien toca mi hombro. Yo te conozco, de La Beca. Y el mundo me vuelve a aplastar con su pequeñez. Yo pensando en el horizonte que nos habita y la vida me manda sus casualidades. No, hijo, parece decirme La Vida. Yo puedo hacer que El Mundo sea una mierda pequeñita. ¿Seis grados? Puta madre: ¡tres!.

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