Tabula rasa

Tatuajes

I

El tatuaje deposita sobre el cuerpo todo un lenguaje enigmático, secreto, cifrado, sagrado, que lo hace entrar en un lugar que no tiene lugar en el mundo y lo convierte en un fragmento de espacio imaginario que va a comunicar con el universo de las divinidades (Michel Foucault, Cuerpo utópico. Las Heterotopías. pp. 13-14). Sólo que el universo de las divinidades no es otro que el propio –interno– de las ideas que nos conectan con el mundo, con la realidad; y las divinidades no son otra cosa más que nuestra parte menos corpórea, menos física: llámenla alma, espíritu, aliento o lo que sea: el tatuaje no tiene que ver con el cuerpo: tiene que ver con el alma: es un puente, una manifestación visible que conecta un espacio recóndito e intangible del ser con el exterior. Memoria, deseo o paraíso simbólico: el tatuaje es un gancho que cuelga al cuerpo, desde su fibra más pura e intangible, en el entramado simbólico del mundo, en una relación única e irrepetible: lo que un ave, o un ancla, o una calavera significa en el brazo de un hombre, no es lo mismo en el de otro, por más que Chevalier se haya esforzado tantísimo en su Diccionario de los símbolos.

II

También tiene la capacidad de reafirmar la existencia del cuerpo: ¿qué conciencia tenemos de la piel, de esa parte mínima en el tránsito del codo a la muñeca, sino hasta que una gota de aceite hirviendo salta del sartén hasta ahí, o hasta que una gota de tinta la mancha revelándonos lo que hasta entonces parecía oculto o, peor, inexistente? El tatuaje revela el cuerpo a la luz de un código estrictamente personal: cierra el cuerpo, lo aísla del mundo: sólo el tatuado entiende, sólo él conoce el misterio del desciframiento, la llave.

El tatuaje inicia al sujeto en el misterio de su propio cuerpo.

III

El tatuaje se conecta con el tiempo: es la conciencia más directa, por voluntaria, que tenemos de la eternidad, de lo que durará para siempre. Une el momento específico con la muerte, proyecta el ahora al más allá. ¿Y eso se quita? ¿Lo vas a tener para siempre?, pregunta ingenuamente el que no sabe o el que sabe pero quiere molestar mientras mira con desdén el mal trazo de un tatuaje malogrado (el error acecha, la mala decisión, el símbolo mal elegido). Ver un tatuaje es verlo ya sobre nuestro cadáver, es verlo ya sobre la piel muerta.

IV

Cada tatuaje tiene su historia, su muy exagerada historia, y es que, ¿acaso hay otro lenguaje para hablar de nuestro interior que el de la hipérbole? La poesía está plagada de anécdotas aparentemente triviales que se elevan insospechadamente gracias a la forma hiperbólica del lenguaje, gracias a la exageración que hace trascendental lo intrascendente, lo mundano. ¿Qué es nuestro amor –personalísimo y tan insignificante– para el resto del mundo?, ¿qué la muerte, qué nuestra valentía? Sólo el poeta sabe. Y lo expresa. Y lo entendemos. El tatuaje, al contrario, se cifra en su inverisimilitud, en su dolor autoinfligido y, por lo tanto, en su irracionalidad (lo que pocos entienden es que el amor también supone una sumisión voluntaria y la aceptación del dolor). La historia es, en realidad, innecesaria: la función del tatuaje es comunicar con el propio individuo: el trazo estético ya es pura ganancia.

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