Tabula rasa

Santa Fake

Fuimos a un Congreso Internacional de Teoría Literaria. Whatever that means. El corazón del primer mundo: la Metrópoli dentro de la Gran Ciudad: Lujo exacerbado –helipuertos aquí y allá y aceras pequeñitas porque ¿quién carajos camina habiendo carros último modelo?– ahí donde, se dice, antes fue un basurero que recolectaba los desperdicios de, al menos, dos ciudades: una gigante y una tirándole a grande. Así las cosas. Llegamos en transporte público ecológico, limpio y ordenado; en concordancia con el lugar. Lo primero que notamos: ¿dónde viven los que viven aquí? Lo exclusivo de lo exclusivo: Resorts que son casas para empresarios que llegan a sus oficinas en helicópteros. Plazas comerciales aquí y allá: el triunfo de lo más acá.

Nadie sabe dar instrucciones ahí: ¿Dónde queda el Hotel Tal?; nosotros. Aquí cerca, camina por acá, das vuelta a la derecha por abajo del puente y ya, cerca; ellos. Ajá. Terminamos tomando un taxi. El chofer nos pendejea: Se fueron a lo más caro: aquí a la vuelta está el Aspen, 600 por noche más impuestos. Y si no, ahí está la Taberna de Tere, de a 300. Chingón. Lo que sí: al Hotel Tal llega buena mercancía. Enfatiza: mer-can-cí-a. Me imagino drogas. Una bandeja de plata con un par de tachas perfectamente alineadas, un potecito de oro retacado de hierba chronic junto a un vaporizador G-Pen de Snoop Dogg con boquillas nuevas, rayitas de polvo lavado –de ese que se siente como un aire fino, una nube subiendo por los conductos nasales– sobre un espejo pulcrísimo y un letrerito: “Favor de avisar en recepción, al momento de hacer su check-out, si consumió alguno de los productos de nuestra bandeja. Gracias por su preferencia”. Pero no. El taxista se refiere a chicas: morras en minifalda que llegan acompañando a juniors trajeados; chicas delgadas que miran con desdén a los hombres que, a ojos de buen cubero, no hagan más de, pongamos, 400 mil al año; hijas de funcionarios, herederas de fama y fortuna, que bajan en shorts cortísimos y tops al club deportivo que se encuentra en el sótano del edificio que, además de una plaza comercial, alberga las suites del hotel. Chicas=mercancía. Igual en la Universidad: pura calidad. Remata el taxista. Pura calidad.

La Universidad: un guarura se nos cuadra, a pesar de que visto camisa y saco. No sabemos el nombre del auditorio al que vamos, ¿puede ayudarnos? No. Y vuelve a su mesita llena de gafetes. Por fin encontramos el archivo con el cartel del evento, con nuestros nombres muy bonitos en el programa. Vamos al Aula Jesuita-Economista-Ex-Rector-Fundador-de-la-Licenciatura-en-Administración-de-Empresas, a un Congreso de Teoría Literaria. Ah, ya, dice el guardia. Así sí, y sin más nos deja pasar. Edificio circular, no lo olviden. Pasan el estacionamiento, edifico circular, a la derecha.

Necroescrituras e hipermedialidad contra la falocracia imperante en la semiósfera televisiva y los mash-ups altliterarios. Poética cognitiva y neohermeúticas postfeministas en el contexto de la hipersubjetivación de los discursos ahistóricos presentes en la narrativa de las novísimas autoras hispanoparlantes surbravianas y norusumantianas. Estetizaciones de la violencia en la transmilenariedad. Ups.

Conocimos a un par de personas buena onda, inteligentes e interesantes. Todos ellos clavadísimos en el estudio desde muy jóvenes: currículos impresionantes a edades muy cortas. De no haber sido porque cada que me hablan de mer-can-cí-a pienso en psicotrópicos y barbitúricos, tal vez mi posposdoctorado ya estuviera flamante en mi CV, y no esa infamia de incompletitudes y proyectos a medias que nomás no hablan bien de uno. Comimos, tomamos vino y bebimos la carísima cerveza del minibar de la habitación. Escríbanme si les interesa hacer el doctorado en nuestra universidad, dice el más interesante de todos, que iba acompañado de una chica que, a mi edad, no le queda más que convertirse en una vaca sagrada en lo que a Ignacio Solares y las ficciones históricas se refiere. Chingón, pues.

Justo cuando iniciaba la primera ponencia de la última mesa (viernes, 18:00) mi lengua detectó un sabor acre. Mojé mis dedos con saliva: una mancha roja sobre mis yemas. Salí al baño. Un hilo de sangre brotaba de entre mis incisivos frontales superiores. Me enjuagué la boca: el agua salía teñida, con esa densidad repugnante de la sangre que empieza a diluirse. Sentí mis nervios encrisparse: algo en la piel y en el pecho que parece ir a galope: escuchas tus latidos golpear tu pecho por dentro, rebotar en la garganta y en la boca del estómago. No es una sensación de desvanecimiento: sabes que no te desmayarás. Sólo escuchas tu corazón, lo sientes, como si fuera a explotar. Vibró mi bolsillo, era Diego. La noticia terrible que ya sabemos. Volví al Aula. Hablaron de las figuraciones del yo. Mi amigo leyó su interesante postura sobre la Autobiografía precoz de Elizondo, pero, desgraciadamente, era el último ponente. No hubo preguntas, aunque su texto las merecía. Nos invitaron a cenar: un fino restaurante de comida mexicana. Tomamos un par de cervezas y nos pusieron un babero para no ensuciarnos con el caldo. Son tan raros, estos lugares.

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