Tabula rasa

No me digas que no sabes quién es Rocco Siffredi y las flores que debieron ser lanzas

I

Un pleito de hombres, dices como si ellas no pudieran resolver sus diferencias a machetazos, como si no quisieran también ver la sangre de sus enemigos regando los campos, corriendo barranca abajo. Cosas de hombres, como si el de ellas no fuera un corazón perro que se desgarra en aullidos y no espumara su hocico luego de oler la presa que se derrumba en una mancha roja desde el cielo. ¿Sus almas no anidan la furia remota que mueve la tierra por dentro y el rayo y el trueno que incendian la distancia?

II

También quieren despedazarnos. Santa Inés y Santa Águeda; Petrina Morosini y Albertina Berkenbrock, y hasta Santa María Goretti –que recibió de su violador frustrado once puñaladas en el pecho y tres en la espalda, y perdonó la muerte con catorce lirios– quiso, en el fondo (lo sabemos) que las flores fueran perdigones, lanzas. Y Santa Inés, virgen y mártir del quince de noviembre. Y Carolina Kózka, quien durante la Gran Guerra de 1914 defendió su castidad y murió atravesada por la espada de un soldado polaco. Todas quieren vernos despedazados.

También quieren ver sufrir al tirano, ¿acaso su mente no se inunda con la miel de la venganza, no albergan sus sueños la violenta restitución de quien responde con el odio desdoblado?: la religión lo pervierte todo, no hay duda: esos lirios debieron ser balas.

III

Les queda ser despiadadas, inmisericordes. La esperanza que brilla sobre una flor que crece sobre el césped perfecto del vecino no es más que un anzuelo: el extremo de la línea se pierde en la penumbra, y toda oscuridad es ya tragedia. Todos tenemos derecho al odio, a la violencia. Siempre es una opción: en nuestras manos late la destrucción y nuestros corazones aprietan el más honesto de los odios. Les queda destruir nuestros imperios y azotarnos con el cuero de vacas destripadas con sus uñas. Odiarnos: deben ser, ahora, la otra cara del dado que suma un número indecible, uno que invoque las plagas y el fuego de las nubes. Ellas, las temidas, las que con sus zapatillas lustrosísimas restrieguen en el fango nuestras pervertidas miradas, y con sus limas convertidas en cuchillos corten nuestras manos que arden y tocan sin tocar su carne. Ellas, sobre nosotros, todo el tiempo con la aguja sobre nuestros cuellos.

IV

Reivindicación: el 5 de julio de 1902 Alessandro Serenelli, enamorado de María Goretti, abrumado por la belleza de la que apenas contaba doce años y cansado de sus rechazos, decide tomarla a la fuerza. Ella duda, pero resiste convencida por la fealdad y estupidez de Alessandro: Prefiero morir antes que ofender a Dios acostándome contigo, dice. Fuera de sí, el chico contesta: Así sea, entonces; desgarra el vestido de la ahora Santa y con la certeza de que esos pechos que apenas brotaban y ahora veía por fin desnudos jamás le pertenecerían, decide destrozarlos con una lima a la que había dado forma de cuchilla. Herida, la niña se arrastra hacia la puerta, dejando un rastro de sangre sobre la tierra de su humilde choza. Alessandro, como quien la quiere tanto para no hacerla pecar de falsedad (quería morir antes que acostarse con él, recuerdan), la remata en el piso clavándole tres veces más su improvisada arma. Sus padres la llevan al hospital, donde muere al día siguiente. En cama, desahuciada ya, María acepta recibir a su agresor. De lo dicho nada sabemos; sólo sabemos que más tarde, cuando Alessandro purgaba su sentencia, María se le apareció en un sueño, vestida de blanco y sosteniendo catorce lirios en sus brazos: En la navidad de 1937 viajarás a Corinaldo y te encontrarás con mi madre, dijo Ella. Lo hizo, claro. Assunta, la madre de María, lo recibió. Alessandro le pregunta, llorando: ¿Podría perdonarme? Sí, dijo Assunta, al tiempo que le ofrecía el más enmohecido de los panes.


@jalfvalba2