Tabula rasa

Reset

I

Volver a empezar. Tabula Rasa. Renovación total: incendiarnos y, de las cenizas, de lo menos peor de uno, reedificarnos novedosos y mejores. Según. Reflexión obligada hacia el final y aparente reinicio: el ojo autocrítico que punza en lo que, aparentemente, más nos duele: nuestra desidia, nuestra güeva. Ahora sí, decimos (y lo creemos de verdad), voy a dejar de _________ y empezaré a _________. Lo que sea. El impulso inicial es impecable, pero no da para tanto, no nos engañemos. Pretendemos cambiar. Mejorar. Porque todo esfuerzo, toda mutación de nuestras personas debe ser para bien. Dejar de hacer lo que nos daña, empezar con aquello que nos edifica. Acercarnos a la humanidad para estar bien con nosotros mismos. Sólo por ser buenos. Sin esperar nada a cambio, ¿eh?, porque de lo contrario, ¡órale!: la falsedad, el interés y la deshonestidad. El espíritu negro que se pone una prístina túnica de buenos modales que no engaña a nadie, caray. Entonces: cambiar: echar lo malo y mostrar lo bueno. Hacer el bien. Bajar de peso. No beber tanto. Leer más. Ser más saludable. No enojarse. Buscar la perfección. Emprender. Caridad. Hacer el trabajo perfectamente y con dedicación y gusto, para acabarla. Buscar soluciones en lugar de quejarse. Poner un granito de arena. Hacer de este mundo un lugar más amable. Blah, blah, blah.

Pura destinación al fracaso. Pura buena intención: efímera y deslumbrante luz que nomás no. Pequeñas muescas en nuestros perfectos y rutinarios círculos viciosos.

II

Lo que llama la atención es el demasiado amor, la mucha buena vibra, el generalizado afán de mejorar: el fin de año es el epítome de los agoreros de la superación personal. Tanta buena intención no puede más que estar destinada al fracaso. Pero, ¿quién dijo que debemos ser buenos? ¿Por qué cambiar para mejorar?

Deberíamos volvernos, en todo caso, más hijos de puta. Más rejegos. Y retobar. Escupir en los elegantes platos calientes que les servimos. Rayar los lujosos automóviles que manejamos por ellos. Estrellarlos. Incendiarlos. Sembrar la discordia en sus hijos que educamos a cambio de morralla. Pisar con las botas enlodadas las alfombras de sus mansiones. Arruinar sus recepciones, derramar las copas rebosantes de vino tinto en sus abrigos de animales muertos, en sus trajes carísimos. Aplaudir antes de tiempo en sus conciertos. Más hijos de puta, más desvergonzados. Apuntarles con las armas que portamos para protegerlos. Burlarnos de las impostadas sonrisas de sus retratos familiares, de su mucha elegancia y sus meñiques arqueados sobre sus tazas: romper su cristalería fina, sus colecciones de antigüedades. Mearnos en sus árboles genealógicos, mofarnos de su abolengo. Arrasar con los jardines que les cuidamos, pisar sus flores, talar las palmeras de sus patios. Hacer que sus perros de raza los devoren. Más descarados, más insolentes. Cercarlos y contaminar sus aguas. Odiarlos. Desearles el mal, la muerte. La peste. Dejar de limpiar sus escusados, de lamer sus botas. Procurarles la mierda. A ellos. Saber quiénes son y no quedarse callado: gritar: los hijos de puta, los canallas, son ellos. Non serviam.

III

Feliz 2014.

 

 @jalfvalba2