Tabula rasa

Regreso triunfal

Un regreso. O sea: tenía mucho que no escribía. Ni un carajo. Ni una puta línea. Falla la disciplina. Recuerdo una canción que cambia de acuerdo a mi estado de ánimo. Dependiendo de cómo me sienta, de qué es lo que quiera, la letra cambia. Lo juro. A veces dice "Hace 200 días que no me 'sabe' una línea", lo cual hace perfecto sentido algunos domingos cuando despierto con la boca seca y la sensación de haber recibido un batazo en la cabeza y ese ¿qué pasó anoche? y un dolor en la mano derecha que aún no desaparece, un dolor que parece el fantasma de un golpe en la pared. Despiertas en un sillón con las manos limpias pero adoloridas y una chica que te mira y dice: "nadie nos va a creer". Hace 200 días que no me sabe una línea, como un sábado a las 5 de la mañana y todos dormidos y tú rechinando los dientes en un sillón, esperando que todo se ponga bueno. Pero otras veces, la canción dice: "Hace 200 días que no me sale una línea". O sea: frustración. Exacto. Ese no poder sentarse a escribir. O sentarse y pasarse el tiempo armando la playlist perfecta. Leyendo a medias esta porquería de hermenéutica, teoría de la interpretación, narratología y sptmdre. Pero ni una línea: la rayita vertical parpadeando en el extremo superior izquierdo de un documento en blanco. La pantalla blanquísima. Falla la disciplina, el poder concentrarse en un punto y proponerse: hoy escribiré de, ¿qué?, el cielo, pongamos. Y, entonces, empezar:

Veo el cielo a través de la ventana.

Stop. Es muy obvio. Es como esos poemas que inician: Afuera llovía. Claro, ¿dónde más, querido? (o querida, las escritoras igual hacen esas atrocidades). El problema es que llueva dentro, digo:

Una puta tempestad en el pecho.

Ahí sí habría algo interesante. Pero no en la relación ventana-cielo. Entonces, de nuevo, vamos:

Imagino el cielo desde mi cama. Veo el techo e imagino el cielo azulísimo de las 10 de la mañana. Supongo que está soleado porque se filtra su resplandor por debajo de la puerta, desde el ventanal de la estancia.

¿Estancia?, ¿en serio? Podría ser peor, pienso. Pude haber escrito: Living. Qué mamón. Pero, ¿qué puede hacer uno en este maldito oficio? Volvamos, pues. La frase, de inicio, me parece afortunada: veo el techo e imagino el cielo azulísimo de las 10 de la mañana. ¿Por qué jodidos no te levantas y miras el cielo en vez de imaginarlo? Ahí hay algo, pues. Pero no. Yo quiero un regreso triunfal...

Como ese que no hicieron los Mets contra los Royals. ¿Vieron el partido? ¿Vieron ese modo tan glorioso de perderla? A veces, uno simplemente no está para ganarla. Digo perderla y ganarla en completa alusión a la pelota. Y también a la vida, qué carajo. Algunos prefieren concentrarse en el esfuerzo increíble de los ganadores: en cómo remontaron un partido que ya estaba perdido. En cómo nunca dijeron: Ya valió madre. Yo prefiero concentrarme en la técnica de la derrota. En cómo puedes tener todo a favor y aun así perderla. Fracasar sin remedio. Ir ganando y perder estrepitosamente. No cualquiera, pues. Vas ganando. Tu ventaja te alcanza hasta la octava. La estadística está de tu lado: la ciencia. Te aplauden. Haces un error pequeñito, literalmente: milimétrico. Y ya no puedes parar. La pierdes luciéndote. Y llega un vato que parece perfecto y le pega y te da la vuelta. Dos veces. Pow, pow. La pierdes en un instante. Y no es que no hagas nada. Intentas solucionarlo: montas tu defensa y lo hace de maravilla. Y atacas de nuevo. Lo haces bien. Le pegas una, dos veces. Te siembras una esperanza. Pero justo antes de anotar, te detienen. Vuelves a equivocarte. No te alcanza, lo que tienes. Te quedas en tercera. Ves el festejo del contrario. En tu propio terreno. A eso me refiero. A tenerlo todo para hacerlo de maravilla y caer y romperlo todo. Teoría y técnica de la derrota, por Alfonso Valencia. 'Manual para perderla'. Hay que sentarse a escribir con algo en la cabeza. No un plan ni una idea, basta con un objeto. Escribir, punto. No se trata de hacerlo bien o mal, sólo de escribir. En automático, dice Knausgard, como los músicos que, pareciera, siguen las partituras sin pensárselo demasiado. Pero, ¿qué pasa cuando ese algo que se tiene en la cabeza es la derrota? La imagen –que nunca sale a cuadro– del segundo lugar. Del subcampeón. De la mención honorífica. El regreso triunfal que no llega jamás... Heme aquí, de nuevo, compañeros.

@jalfvalba2