Tabula rasa

Rafael y Martín

No podíamos volver. Nos asustaba la tormenta. El rayo sobre el árbol y, bueno, todo eso que imaginan: el ruido, el agua que golpeaba la puerta y la amenaza de perderlo todo. TODO. Por eso nos quedamos allá, sólo por si el agua entraba. Decidimos dormir por turnos. Primero él, luego yo. Martín yacía con los ojos cerrados. Era evidente que fingía. Su respiración no correspondía a la del sueño. Relajó los brazos como quien de verdad descansa, pero el músculo en tensa ascendente por el cuello lo delataba. Yo miraba el extremo inferior de la puerta por donde se colaba el temblor del agua. Tenía el arma lista, aunque sabía que no servía de nada. En momentos desesperados uno se aferra a las cosas más estúpidas. 

Sentí la mirada de Rafael atenta al movimiento de mis ojos. Lo sentí clavado: como el bajo profundo de una canción que se filtra al cuarto desde una fiesta lejana. Escuchaba su respiración pesada acompasarse con el trueno del agua afuera. La puerta crujía y él resoplaba. Sabía que me miraba. Sentía sus ojos claros detrás de esos anteojos de reflejos verdes. Yo quería dormir, de verdad. Descansar, pero no podía hacerlo sabiendo que Rafael tenía la escopeta armada, lista. Solté los brazos, los dejé colgar a mis costados. Él sabe que estoy fingiendo. Él tampoco podría dormir en nuestra situación. Por la manera en la que tomaba la escopeta sabía que también se moría de miedo. Como yo.

El agua arrastró hasta la puerta una barca de madera que parecía haber sido tallada de un solo tronco. Pero no era una canoa. Era una barca. Tallada en madera oscura sin las marcas del calafeteado. Una obra maestra. Llegó con un estrépito que nos hizo saltar. Cuando golpeó y encalló vimos el brillo de su perfección entrar en un hilito de luz filtrado entre los tablones de la puerta, un haz que iluminó el dorado polvo de la estancia.

De la barca salió una voz diminuta, como una gota sobre un charco. De a poco se hizo más fuerte hasta llenar la habitación. Una rana dorada, diminuta, era la que hablaba. Sólo uno podrá salvarse, dijo cuando ya su voz era un estruendo, incongruente con el tamaño del anfibio que la emitía. Vi a Rafael apuntarle. No era necesario, bien pudo pisarla y sanseacabó.

La rana dorada dijo que sólo uno podría salvarse. Le apunté con el arma. Mi dedo tembló sobre el gatillo pero recordé que los animales me merecen más respeto que mucha gente que conozco. Recordé todas las ranas del mundo. Todas las que he visto. Los charcos atascados de renacuajos que pateaba de niño. Bajé el arma. La rana dorada repitió: Sólo uno podrá salvarse. No dije nada pero la rana respondió: Dios. Soy Dios. Y siguió leyendo mi mente: El mismo Dios al que rezabas de pequeño. El mismo que escribías con mayúscula. Dios. El único.

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Una rana. Dios es una rana. Dios decidió ser una rana. ¿En serio? Rafael miraba a la rana dorada y yo sé que le creía. Que toda palabra que dijo fue una verdad absoluta para él. Por la forma en que se aferraba a la escopeta yo sabía que era un hombre de fe.  Lo sabía.

Sólo uno podrá salvarse, repitió. Elijan. Martín o Rafael. ¿Quién? Martín jura que la rana se levantó, flotando, del suelo. Unos milímetros. Un segundo. La rana flotó y tal vez hubiera podido elevarse más, tocar el techo, salir volando. Quién sabe. Un sonido. Pow. Y de la rana dorada sóloquedó una nube de polvo roja. Luego, silencio: el agua que entraba a raudales por la puerta, inundándolo todo con un rumor que ambos sabían era el último.

@jalfvalba2