Tabula rasa

Poesía y teoría

I

¿Todo puede leerse con afán literario, hasta los itinerarios ferroviarios? ¿Todo como poesía en cuanto un discurso no-pragmático? En su crítica a la consideración de la “rarificación” o, mejor, “extrañamiento” del lenguaje poético, el teórico inglés Terry Eagleton, en su Introducción a la teoría literaria, arguye que, con un poco de ingenio (y predisposición), cualquier texto puede adquirir un carácter “raro”, poético, diríamos. Analiza un ejemplo concreto: “Hay que llevar en brazos a los perros por la escalera mecánica”, el cual, en la lectura adecuada de un ebrio, revela una verdad cósmica al descontextualizar el mensaje (un letrero en las escaleras del metro londinense) y ajustar esas palabras a ciertos convencionalismos relacionados con la lectura, atribuyéndoles un significado más amplio y profundo que la finalidad pragmática a que estaban destinadas. La desconfianza que generan en Eagleton ciertos criterios de definición de lo literario es por completo entendible: el dadaísmo pareció disparar auténticos poemas con su técnica basada en el azar. Es más: ese afán literaturizante arrojó, ya en el periodo postvanguardista –cien años después, a principios del siglo XXI– ejercicios que, formulados para ser leídos como literatura, surgieron de la cotidianeidad, de emular la “técnica” dadaísta pero con la banalidad total de los procesos tecnológicos y el azar algorítmico: ejercicios que, en otro momento del desarrollo de los discursos estéticos, se emparentaron más con la experimentación conceptual de las artes visuales que con la literatura propiamente dicha: máquinas generadoras de texto, computadoras-poeta, etc. La llamada poesía flarf y ejercicios similares reflejan la desesperada necesidad de originalidad que parece caracterizar a las generaciones transeculares.

II

Flarf poetry: poems so bad, they’re good. Poesía deliberadamente mala que termina siendo buena. Según. El movimiento flarf surgió a principios de la primera década del nuevo milenio (mayo de 2001) como una broma que, con el paso del tiempo, fue ganando terreno en la escena poética estadounidense. Práctica poética basada en internet, conocida por su Google-dependencia para generar “figuras literarias” (principalmente yuxtaposiciones, aliteraciones, hipérbatos, y todo lo que el azar pueda generar), celebra lo malo y lo incorrecto al forzar clichés, onomatopeyas y otras aberraciones lingüísticas en formas poéticas. Gary Sullivan, fundador de “The Flarflist Collective”, define su movimiento como “un tipo de corrosiva, linda o empalagosa fealdad. Malo. Políticamente incorrecto. Fuera de control. No OK”. El colectivo original incluye a Sullivan, Sharon Mesmer, K. Sleim Mohammad y Nada Gordon. La revista Poetry publicó un especial dedicado al flarf en su número de julio/agosto de 2009, editado por Kenneth Goldsmith (fundador de UbuWeb y profesor en la Universidad de Pennsylvania, donde es editor de Pennsound, archivo y sitio de poesía del Centro para Programas de Escritura Contemporánea). [Traducido –y ampliado– del glosario de términos poéticos de poetryfoundation.org].

El flarf ocupa ahora un lugar en la investigación académica de universidades de la costa oeste de Estados Unidos, y algunos de sus émulos latinos han sido apreciados por las instituciones culturales ávidas de novedades “transgresoras”: baste ver el Premio Nacional de Poesía Elías Nandino 2009.

III

O sea: tal vez la imprecisión, lo indefinible, lo mutable, sean lo inmutable del fenómeno literario (y en eso estaría de acuerdo con Eagleton), pero ¿cómo teorizar lo inteorizable por radicalmente antiliterario?, tal vez la constante de la teoría sea la evolución eterna, la completa inestabilidad de métodos inagotables pero irremediablemente condenados al fracaso y/o a la obsolescencia.

@jalfvalba2