Tabula rasa

Patrañas…

I

Somos, según algunos, pura dualidad: un estilo de amalgama de fuerzas antagónicas que encuentran un equilibrio único e irrepetible en nuestra persona. Nadie es, en esencia, puramente malo ni avasalladoramente bueno: los extremos no existen: son, simplemente, inconcebibles. Podemos pensar en el monstruo creado por el doctor Frankenstein que, horrible desde el concepto, es capaz de enternecerse con la margarita obsequiada por una niña. O, en esos psicópatas, como Bob Patiño, cuyos espíritus se conmueven con el más absoluto de los clichés: el Paggliacci de Leoncavallo. Hay algo, dentro, que contradecirá siempre lo que somos en “esencia”: hasta los más perversos metaleros ocultan tracks de Juan Gabriel en carpetas que ostentan contener lo más chocante del gore fotográfico. Algo, siempre, delatará nuestra naturaleza humana.

Somos puntos de contacto: un permanente diálogo entre realidades en apariencia contradictorias. Tenía este amigo, clavado -con todos sus 125 kilos- en el terror oriental, en esas películas rarísimas que siempre parecerán de bajo presupuesto. Pero un gramo de su existencia decía lo contrario, y desde ese punto ínfimo de su ser se desencadenaba una reacción que acaba en llanto cada que se enfrentaba a la más insulsa de las chicflix. Gusto culpable, decían, Clásico personal, contestaba con maestría.

El genio, entonces, consiste en encontrar el equilibrio.

II

Veo, cerveza en mano, la maravillosa presentación de José José en el Festival OTI del 70, y no puedo no pensar en Fernando Pessoa. Como sabemos, el poeta portugués sólo participó, con su genial libro Mensagem, en un concurso, el Prémio Antero de Quental, impulsado por António Ferro. Pero, oh injusticia, fue descalificado en la primera fase por una “razón formal”: su poemario no alcanzaba las cien cuartillas. Así, la “ganadora”, fue una obra llamada A Romaria, de Manual Joaquim Reis Ventura, la cual, por supuesto, nadie recuerda. Mientras la obra de Reis Ventura fue olvidándose, la segunda parte de Mensagem, Mar Português, fue incluida en el programa escolar por su sincera carga nacionalista. Así las cosas, pues: los ganadores no siempre se llevan la gloria de la premiación oficial. Lo mismo pasó con El Príncipe de la Canción: nadie sabe por qué carajos no ganó la contienda. ¿Quién ganó?: una tal Claudia, de Brasil, con Cançao de Amor e Paz… ¿alguien la ha escuchado?, ¿dónde en youtube puedo ver la –supongo- tan genial interpretación que desbancó, en el gusto de los expertos y conocedores, al joven José José y la maravillosa canción de Ricardo Cantoral? ¿Si la gloria no es que -literalmente- te lluevan flores, entonces qué? El triste es, entonces, la demostración (que vuelve a nosotros en cada borrachera) de que los premios, en realidad, no significan nada…

III

Hara-kiri, dirá algunos. Clásico personal, mejor.

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