Tabula rasa

Jesús, Saramago y Mailer

Había un ejercicio que me gustaba hacer con mis alumnos, tanto universitarios como preparatorianos: la comparación de tres pasajes de los Evangelios bíblicos con dos reinterpretaciones literarias contemporáneas, una escrita por un judío, El evangelio según el hijo, de Norman Mailer; y otra por un ateo, El evangelio según Jesucristo, de José Saramago. El ejercicio, que apuntaba hacia la reinterpretación literaria del mito como una constante de la estética de la segunda mitad del siglo XX, terminaba siendo un involuntario ejercicio de reflexión: la humanización de Jesús resulta más atractiva que las versiones evangélicas: a la vista es más piadoso y hermoso, por ejemplo, tener el poder de resucitar a alguien pero no hacerlo porque, en realidad, ¿tanto mal puede hacer un hombre como para merecer morir dos veces?, o bien, es más bello creer que los cinco panes y los dos pescados se dividieron en miles de migajas y hebras que, en su pequeñez, lograron saciar el hambre de cinco mil: qué hermoso milagro, el hacer que nos saciemos con poco.

I

Dios, el Auténtico, es omnisciente. Es decir, sabía de la barbarie, del destino de sangre que esperaba a la humanidad con la instauración de la fe en el sacrificio de su hijo vuelto hombre. Sabía de los santos sacrificados, de los primeros cristianos perseguidos, de las guerras que en su nombre se emprenderían. Y aún así decidió seguir adelante. “Padre, aparta de mí este cáliz, El que tú lo bebas es condición de mi poder y de tu gloria, No quiero esa gloria, Pero yo quiero ese poder”, escribe Saramago, quien al final del pasaje le otorga la voz al Diablo, quien dice: “Es necesario ser Dios para que le guste tanto la sangre”. Al final, en la cruz, el Jesús de Saramago dice palabras que parecen ser más acertadas que las bíblicas: “Hombres, perdonadle, porque él no sabe lo que hizo”. Y es que Saramago intuye que Jesús sabía lo que pasaría, la sangre que se demarraría. Antes, el mesías le exige a su Padre “me digas cuánto de muerte y sufrimiento va a costar tu victoria sobre los otros dioses, con cuánto de sufrimiento y de muerte se pagarán las luchas que en tu nombre y en el mío sostendrán unos contra otros los hombres que en nosotros van a creer”, y Dios contesta: “…se edificará la asamblea de que te he hablado, pero sus cimientos, para quedar bien firmes, tendrán que ser excavados en la carne, y estar compuestos de un cemento de renuncias, lágrimas, dolores, torturas, de todas las muertes imaginables hoy y otras que sólo en el futuro serán conocidas”, y se sigue con una lista enorme de santos y mártires que sufrirán muertes terribles, iniciando por los apóstoles: “Para empezar por alguien a quien conoces y amas, el pescador Simón, a quien llamas Pedro, será, como tú, crucificado, pero cabeza abajo, y crucificado será también Andrés, pero una cruz en forma de aspa, y al hijo de Zebedeo, a ese que llaman Tiago, lo degollarán…” Luego, cuando se encuentra con esos inocentes hombres que creen en él, ve en ellos su inevitable e injusto destino: “Yo soy Felipe, y Jesús vio en él las piedras y la cruz; Yo soy Bartolomé, y Jesús vio en él un cuerpo desollado; Yo soy Mateo, y Jesús lo vio muerto entre gentes bárbaras; Yo soy Simón, y Jesús vio en él la sierra que lo cortaba…” Él no sabe lo que hizo, dice el Jesús de Saramago, sabiendo que sí sabía.

II

Mailer propone que el milagro funciona de manera silenciosa: que está en la gota que llena un vaso, un mar entero. En su libro, escrito en primera persona (sacrilegio mayor ponerse a escribir un evangelio en el nombre del mismísimo Hijo), los discípulos le reprochan a Jesús el haber dicho “’No andéis preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?’ Tú eres el que debe darles”, dicen. “Yo lo había dicho”, dice Jesús”, “’¿Cuántos panes tenemos?’ Miraron y encontraron cinco panes de cebada y dos peces resecos. Les dije a los discípulos que sentaran a todos nuestros seguidores en grupo. Y cogí aquellos cinco panes y los dividí en trozos pequeñísimos, hasta que de cada pan hube hecho cien trozos. Y de cada uno de los dos peces salieron más de doscientos trocitos. Y, con quinientos trozos de pan y quinientos de pescado, yo mismo les fui dando un pedacito a cada uno. Deposité una migaja de pescado y una de pan sobre cada lengua. Y creo que casi todos los presentes, cuando paladearon los pedacitos que había puesto en su boca, los sintieron crecer mentalmente”. Y más adelante, el Jesús de Mailer concluye: “…fue más un triunfo del Espíritu que una multiplicación de la materia”, y culpa a Marcos, Mateo y Lucas de, más tarde, exagerar la historia, haciéndola explícita para los menos entendidos. Como podemos ver, el Jesús de Mailer sabe del poder de la literatura, del peligro de las metáforas mal encaminadas. En su última cena, dice “Permanecí en silencio hasta que tomé el pan […] En aquel momento gozaba del favor de Dios, así que ahora dije: ‘Comed de mí, porque éste es mi cuerpo’. Y era cierto. Al morir, nuestra carne retorna a la tierra, y de la tierra brota el trigo. Yo era el Hijo de Dios. Y por eso estaría presente eternamente en el trigo”. Su milagro no tiene nada de espectacular, pero eso no le quita la hermosura de quien dice la verdad.

III

A pesar del llamado a la laicidad desde Occidente, de la objetividad de nuestras sociedades basadas, aparentemente, en la ciencia; a pesar de que hemos declarada el agnosticismo del nuevo milenio, nuestras sociedades demandan espiritualidad: un retorno, desprovisto de la magia del milagro y desde la tribuna de quien observa la faena sin la pasión de la fe, a los grandes mitos sagrados de la humanidad. Ahí está, tal vez, un nuevo camino trazado por el arte (como si el primero, el de antes, no hubiese sido formado de igual manera, caray).

@jalfvalba2