Tabula rasa

Incertidumbre

La marca de quienes vivimos el tránsito milenario es la incertidumbre. Somos la generación del desencanto: somos los descreídos: los que hemos dejado de creer, de las maneras más terribles, en todas las instituciones y valores que sostuvieron antes a los de nuestra misma clase. La ruptura, la rebeldía, es, sabemos, marca intergeneracional: la evolución se da gracias a la oposición, a la ruptura con lo que nos precede. El rompimiento, obviamente, nunca es total y sólo se da en aspectos, digamos, superficiales: la rebeldía generacional no impacta radicalmente lo fundamental: no cambia la sociedad ni sus estructuras. Estilos de vida que mutan en la superficie, en lo evidente, pero que conservan la raíz tradicional fundada en la concepción ancestral de nosotros mismos. Es decir: cambiamos nuestros peinados y usamos faldas cada vez más cortas, pero seguimos instaurados en un extraño matriarcado falocentrista, un machismo religioso que adora a la mujer (en sus roles más semejantes y paradójicos: la abnegada madre y la pecadora por cálculo: la prostituta arrepentida).

La incertidumbre de nuestra generación no se funda en lo brumoso del futuro (ya que, ¿qué futuro no lo es?: el futuro es incierto por naturaleza), sino, en la manera en que descubrimos el engaño del futuro, en la manera en que entendemos su bruma y la disipamos. La incertidumbre de nuestro futuro se finca en el miedo producto de la desconfianza que nos provoca todo a nuestro alrededor: estamos condenados a desconfiar de todo y todos porque hasta en las acciones más piadosas y desinteresadas encontramos el filamento de un interés velado, un orden superior que hace que todos puedan ser víctimas y nos obliga moralmente a la compasión, a la lástima, a la piedad.

Así, desconfiamos hasta de los valores e instituciones más piadosas (la iglesia y la caridad) porque hemos descubierto la oscura mano de los hilos que las manejan. Desconfiamos de las víctimas porque su discurso o es ahora parte del de los victimarios, o es utilizado para la manipulación emocional. De la más fundada (eso creemos) desconfianza vamos al miedo, que es el sello impuesto por nuestros gobiernos y los medios oficiales de distribución de la información.

No creemos en nada porque vivimos en el desencanto: hemos descubierto el sabor amargo de las cosas que creíamos justas, hemos visto la auténtica cara de la moneda y su marca es la angustiosa repetición de nuestro presente: hacer lo mismo una y otra vez, eliminando toda opción de futuro, condenándolo a un ciclo que eternizará la condición presente sin opción de un cambio fundamental: la certidumbre del presente eternizado, el miedo de la generación que perdió lo prometedor del futuro en el paso milenario, en el tránsito de un sistema fundado en la tradición a uno perdido en el vacío de la desesperanza. Y si algo empeora la emoción es que no hay nada que podamos hacer: la suerte parece ya estar echada, la balanza se ha inclinado en nuestra contra y nos ha alejado de nuestro objetivo, que ni era la riqueza absurda ni el derroche conspicuo: simplemente era el centro.

Hemos ido de la acción a la inacción a la apatía. Ese es nuestro ciclo, nuestra condena.

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