Tabula rasa

Hipnosis

Control total, de nuevo.

Imagine su cerebro conectado a una nube por un delicado hilo transparente. Imagine que el hilo es como un cabello que nace en el punto más alto de su cabeza, y que sube como la cuerda de un cometa, holgándose un poco antes de perderse entre las nubes. Imagine el hilo cortando el fino aire de las alturas y perdiéndose en el espesor del alto cielo. Imagine millones de hilos en ascendente paralelismo, millones, todos conectados a una cabeza como la suya y perdiéndose en el cielo y la luz del sol sobre las nubes. Imagine que no se enredan, que no se cruzan: una conexión perfecta entre el cielo y la tierra. Hilos tan delgados que atraviesan manos y pensamientos sin romperse. Tan delgados y finos que todo lo incorporan a su continuidad: aves, aviones, tormentas. Hilos que no se rompen nunca.

Sabe pues, dónde nacen los hilos. Y sabe que suben. Imagine el otro extremo del hilo. Imagine el delgadísimo cabello transparente emerger del extremo superior de la nube más alta. Imagine que el hilo sigue en su holgura ascendente hasta topar con, digamos, un punto oscuro en lo más alto del cielo. Un punto negro. Millones de puntos negros. Cada punto con su hilo finísimo en dirección a la tierra, donde terminan en el punto más alto de la cabeza de millones de humanos que se creen únicos y especiales.

Imagine que esos hilos pueden transportar palabras. Palabras de todo tipo que viajan por esos hilos, desde los puntos negros en el cielo hasta las cabezas de los hombres en la tierra. Imagine el sonido bajando y depositándose suavemente, sin ser advertido, por el hombre que, pongamos, maneja su limusina que lo lleva, todas las mañanas, a su oficina de diseño minimalista. Palabras que entran en el chofer desde el cielo. Palabras que más tarde reflexionará y pronunciará en silencio, en íntima confesión. Imagine esas palabras anidando en el interior de ese hombre del que usted sabe nada, salvo que todos los días, a la misma temprana hora, está esperándolo detrás del volante y desde el suave rumor del motor perfectamente afinado de su limusina negra mate. Imagine, mientras lo lleva al trabajo, que las palabras correctas para hacer una oración importante, bajan por el hilo desde su punto en el cielo, hasta la cabeza del hombre que mira desinteresado el semáforo en rojo y de reojo la sombra de usted tras el cristal que separa la cabina de los asientos en piel y la hielera y la pantalla que muda arroja los números con que despertó el mundo.

Imagine que esas palabras son las correctas para desatar una reacción en el hombre: palabras capaces de hacer pensar al hombre en el sentido opuesto a lo esperado y programado. Imagine un nombre de dios colocándose en la cabeza del hombre y la expresión del hombre al reconocerla. Al saberla. Imagine el asombro y la luz. La pausa del mundo y las ideas. Una palabra sencilla que luego de deslizarse a través de un perfecto hilo delgadísimo desde un punto negro en el cielo, llega para plasmarse en la cara de un hombre que no comprende bien a bien, pero sabe.

Imagine. Ahora usted sabe que ese hombre sabe algo. Lo sabe porque lo ha imaginado. Pero no sabe lo que sabe. Tan sólo ha imaginado la palabra bajar desde el cielo hasta la cabeza del hombre, pero no ha sabido exactamente qué palabra. Aún no la imagina. Podría ser cualquiera, pero no. Podría ser una sencilla, una nimiedad de esas que tanto parecen agradar a los dioses. Pero no. Ahora, imagine que alguien sopla una palabra desde el punto negro en el cielo que conecta, a través de un hilo tan fino que es imperceptible, con la parte superior de su propia cabeza. Y que esa palabra no es la correcta. Que esa palabra no es la precisa. Que nunca la sabrá.

Imagine que ese hombre sabe algo que usted no. Y que al momento de abrirle la puerta frente al edificio que alberga su oficina, ese hombre lo mira con la certeza de quien sabe que usted no recibió la palabra correcta.

Imagine.

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