Tabula rasa

Haters gonna hate…

El lado positivo.

Que la poesía haya muerto no implica, necesariamente, el fin del poeta. En todo caso, evidencia que, muy posiblemente, éstos dejaron de interesarse por aquella. El origen de este desinterés es cíclico: para que surgiera, primero la poesía tuvo que desdeñar al poeta. Me explico: la autoconcepción del poeta no basta para la Gran Poesía, que necesita la prueba aparentemente irrefutable del tiempo y los Siglos de los Siglos para levantar estatuas, aunque sea pequeñas… y eso, en la era de la inmediatez nadie lo soporta. Lo interesante es que el ímpetu que nos obliga a exigir respuestas inmediatas, es el mismo que se esfuma con el tiempo. Si ahora nos parece un espíritu de época, debe ser porque alguien hizo borrón y cuenta nueva hace no mucho (tal vez los hippies de los sesenta y la primera generación que genuina y abiertamente le escupió a sus antepasados: gente común y corriente que desafió y fue diferente, aunque esa diferencia fuera, sencillamente, dejar el negocio familiar para probar suerte como tragaespadas en un circo de tercera). Aun así, el poeta no ha muerto: ante el rechazo de la poesía que durante años le exigió lo mismo a todos, el poeta se levantó sobre la poesía misma destruyéndola: se bastó a sí mismo. Hoy más que  nunca basta ser poeta para serlo. Evidentemente, tal afirmación suena (y es) tautológica, pero habrá que recordar que durante siglos, los poetas, para serlo, debían serlo (saberse poetas, pues) y escribir; ahora no: hoy el poeta se basta a sí mismo: la poesía ha quedado excluida. Pero sobreviven: andan por ahí reinventando un discurso que, según ellos, debió desaparecer para redimensionarse más allá de los milenarios límites que la tradición le impuso: el pesado e imponente torrente que inició con Homero, que hace imposible remar a contracorriente. El poeta sobrevive, a pesar de sí  mismo y sus tribulaciones interiores que violentan el exterior con la misma fuerza del aplauso que aquí es apenas audible pero del otro lado del mundo es el estruendo de un huracán inexplicable. El poeta, esa raza que jamás estará en peligro de extinción. Suena extraño: “la supervivencia de los poetas a pesar de la desaparición de la poesía”, lo sé, pero tal vez trasladar la premisa a otra disciplina ayude un poco: pensemos en las artes visuales y el sacrificio de su forma discursiva y estética en pos de la figura del “Artista”. De un tiempo para acá, el artista se basta a sí mismo y el arte como disciplina y técnica ha sido desplazada a una dimensión etérea a la cual sólo se accede mediante los poderes psíquicos desarrollados sólo por algunos iniciados: ahora “el arte” es un acto tan diáfano que va desde cagar banderas en público hasta proponerse coger con un hombre distinto cada día. Es decir, olvidas anexar tu obra y ganas el concurso de arte contemporáneo. Eso mismo sucede con los poetas y la poesía: se cree que negar la segunda reafirmará a los primeros. Algo en esa operación debe ser genial. Supongo.

siento el mundo venirse abajo / moverse todas las mesas / desprenderse de los techos costras de cal / / escucho el grito de las gotas que escurren de la llave hacia los platos sucios / escucho a las arañas en los rincones / entrelazando hilos tan finos / que brillan / / los árboles crecen en mí / sus raíces se clavan en el centro de mi pecho / y se secan // sus hojas marchitas lo cubren todo / y no puedo dejar de pensar en tanto desperdicio / en tanto ruido de hojas secas / y en lo triste de los niños que no salen por miedo a las serpientes // la tierra se parte / los perros ladran desde mi garganta / aúllan todos en el monte de mi lengua / / siento el mundo venirse abajo y soy la serpiente que palpita entre la hierba

El lado negativo.

Que la poesía haya muerto, significa, entonces, que el poeta ha desaparecido, que ha sido absorbido por un universo superior de signos y símbolos indescifrables, que se ha ensimismado (o proyectado, no importa) tanto que es ahora un punto muerto, incapacitado por las eras de las eras para ejercer su oficio inútil. Si el poeta ha muerto, entonces la Poesía aún tiene una oportunidad: podría encontrarse pulsando, vibrando en las fibras más profundas que rigen el cosmos: en la fuerza silenciosa que gira al mundo en una dirección y no en la otra: las garras de los osos serían poesía, la brisa que desgasta lentamente las rocas. A pesar de todo, la poesía vendría a decirnos algo del mundo que desconocemos. La poesía misma y no los poetas. Algo de genial debe haber en eso, pero supongo que no puedo comprenderlo.

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