Tabula rasa

Foxy y el encanto de lo ajeno

Otro texto de fanzine, para empezar el año con harta esperanza y buena vibra. La respuesta a todas sus preguntas y la cura para todos sus males, la escribió la californiana Cinthya McCullers en 1994: se trata de un monólogo que formó parte de su instalación titulada, sencillamente, Revelaciones. En ésta, un montón de grabadoras reproducían fragmentos de un monólogo escrito por la propia McCullers, en el que Foxy, un estilo de alter ego de la artista, platica las razones por las que decide dejar de ser “especial” para convertirse en una mujer común y corriente. Las grabadoras reproducían, a destiempo, el mismo monólogo en un cuarto con muros, techos y piso construidos con televisores de distintos tamaños, que ofrecían infomerciales, escenas de programas de concursos, telenovelas mexicanas, videos musicales y algunas señales en vivo de cadenas nacionales. El espectador se introducía en el cuarto de pantallas y debía acercarse al oído alguna de las grabadoras colgantes para escuchar lo que a continuación traduzco para ustedes. Espero disfruten y cachen el mensaje. Feliz 2015.

…y escuché una voz que me dijo: Foxy, tienes que cambiar. Algo en ti no me gusta. Algo en ti está mal. No es que ofendas a nadie. No es eso. Pero debes cambiar. Si lo piensas bien, si lo meditas un poco, entonces sabrás que algo en ti es lo que falla, no el mundo, ¿cómo va a estar equivocado el mundo? No es que no encajes, no es que seas una rosa entre los campos de cebada. Es que tienes un problema y no te has dado cuenta. Es que necesitas mirar distinto a las personas en la calle. Tienes que dejar de observarlos como si fueran diferentes. Foxy, querida, no eres de ese 20%: vas con el otro 80% que cree que puede, pero no. Foxy, abre tu mente, no te cierres. A veces eres como una ostra, y está bien, pero no vengas con que tu perla y esas cosas. Sabes que no. Y la voz era tan convincente, que acabé creyéndole. Porque a veces es necesario. Probar algo diferente de vez en cuando. Si todo es violencia, probar con el amor. El amor de verdad, no sobras. Entonces salí a la calle, miré y quise ver cosas bellas. Me concentré en las flores y en las palmeras. En los colores de los carros y en el sol que brillaba frío detrás de las nubes que rozaban las copas de los árboles. Y sonreí cuando vi familias de perros callejeros cruzando las grandes avenidas por los puentes peatonales. Me alegró su adaptación, que supieran, a pesar de todo. Me subí a mi bicicleta y no me importó el frío que cortaba la piel de mi cara. No importó nada, porque la voz me dijo que algo había que cambiar. No me puse los audífonos y escuché el rumor de la ciudad: su molesto rugir no me pareció tan terrible. Puse atención a la música que los demás escuchan, comprendí los dolores más comunes de los hombres. Encontré revelaciones en las canciones de la radio. Encontré el camino en las iglesias que nunca antes había visitado. Aprendí que somos hermanos a pesar del mundo que nos separa, y que es mejor creer que no hacerlo. Uno nunca sabe. Encendí la televisión, vi los programas que emocionaban a mi madre. Vi esas historias mexicanas traducidas a nuestro idioma, y no me dio risa el sonido que no se corresponde nunca con el movimiento de los labios de los actores. No me pregunté si acaso en México lloran distinto que aquí. No me hice esas preguntas porque la voz me ordenó que cambiara, y lo hice. Y entonces puse atención a la historia de la chica pobre que termina enamorada del hombre más rico del pueblo, y de cómo lo logró, a pesar de todo. Y odié a la madrastra y a las hermanas millonarias que le jodían la vida: ¿qué necesidad? Grité canalla cuando el malo aparecía a cuadro. Y, debo aceptarlo, seguramente mañana volveré a la misma hora, al mismo canal, porque de eso se trata. Llamé a Daniela y me alegré por su bebé, casi como si no supiera que fue más una maldición que otra cosa. Porque un bebé a esa edad no puede ser otra cosa si no se es millonario. Pero me alegré porque quise creer que ahí estaba la felicidad: guardada en las cosas más estúpidas e inesperadas. Dejé de ser la idiota que se cree diferente. ¿Quién carajos me creía? ¿Que de quién era la voz? No, no entienden, la voz era, punto. Una persona vuelta sonido, pura voz. ¿Dios? Seguro, ¿por qué no? Ahora creo hasta en extraterrestres. Es que no podemos estar tan solos en el universo. Debo cambiar, ser diferente, y ahora soy como todos: me preocupan las cosas más sencillas y he dejado de interesarme en aquello que, haga lo que haga, no podré cambiar jamás. ¿Política? ¿La guerra en el otro lado del mundo? ¿El hambre al sur, cruzando tan solo este pedazo de mar? Ya no. No más. El cambio está en uno, predican los que algo saben: pues dejar de preocuparse basta. La vida es sencilla, si sabe mirársele. Si uno sabe, se puede. La voz ordenó, yo obedecí, y no pude haber hecho mejor cosa. Me alegran los pequeños detalles de la vida: la ropa y los colores en la televisión. El teléfono, esa maravilla. Duermo mejor, ahora. Foxy, dice la voz, me has hecho feliz, pronto obtendrás una recompensa. En realidad no la quiero, no la necesito. Ya no…

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