Tabula rasa

Epigramas primaverales

[epigrama. (Del lat. epigramma, y este del gr.πίγραµµα, inscripción). 1. m. Inscripción en piedra, metal, etc. 2. m. Composición poética breve en que con precisión y agudeza se expresa un solo pensamiento principal, por lo común festivo o satírico. 3. m. Pensamiento de cualquier género, expresado con brevedad y agudeza. (DRAE, 2014).]

I. EL NOMBRE

Tu nombre de flor esconde un origen germánico que describe arrojo y valentía. Y así temes enfrentarte con mi espina, picarte con mi espada.

Llevas el nombre de una Santa cuyo cuerpo, desde hace más de un siglo, se mantiene, dentro de una vitrina, en una capilla francesa, incorrupto. Los fieles se asoman y estiran la mano contra el cristal que resguarda el milagro. Imaginan tocar esa piel muerta hace tanto, carne que, en vida, no tuvo el  más mínimo placer del contacto, del toque, del roce. El milagro de tu cuerpo, Florecilla, es parecido: intocable, desde lejos, levanta incendios. Endurece y envilece la más pura de las carnes.

Tu nombre es el de la santa de los poetas y músicos y ciegos. Tu minifalda te otorga otros patronazgos: el de los ardientes y desesperados.

Tu nombre, Florecilla, es brisa que levanta tormentas. Deja que la mía anide entre tus pétalos, en tus espinas.

II. La espina

La noche hiela tus pétalos y espinas: deja que mi dedo flamígero te descongele, que su tacto vuelva líquido lo impenetrable, el hielo.

No temas, Florecilla: mis gotas de perla sobre tus pétalos y aun sobre tus espinas no pueden hacerte daño. Tan sólo te harían más hermosa.

Me pides demuestre mi amor. Te ofrezco mis mejores perlas para que adornen tu rostro, tu cuello. Cierra los ojos: las colocaré cálidamente.

Sincero, confieso que deseo morderte el tallo, broncíneo y ardiente. Sincera, me pides que riegue tus raíces, acaricie tus espinas. Obediente, acato.

Mi tributo, Florecilla, es imitar tu belleza en mi vida, en mis obras. Intento. Y fracaso: sólo logro emular la rigidez de tu tallo, la punta de tu espina.

III. La noche, el despertar

Volverse agua en tu mano, como la noche se vuelve rocío sobre el mundo.

Si las flores hablaran: qué cosa escucharlas despertar y decir: anda, amado, riégame, vierte sobre mis pétalos el agua perlada de la vida.

Desperté, Florecilla, con el pétalo de tu imagen en mi vientre. Y me levanté victorioso, efusivo. Luego, más calmado, abandoné la cama.

IV. El espectáculo

Florecilla, a solas soy Midas: ven, déjame dorar tu capullo.

Asombraremos al público, Florecilla, cuando arroje mi lanza y la detengas con los dientes. Y el asombro será mayor cuando conviertas la solidez de mi arma en denso líquido aromático. Entonces hasta yo aplaudiré, extasiado.

Uso la espada como pluma y no al revés: derramo tinta sobre tus hojas, Florecilla.

Florecilla, el libro dice que te gusta discutir. Discutamos, pues: que nuestras lenguas se enreden en un combate.

V. Sinceridad

Si mis intenciones fueran malas, / diría, Florecilla, lo que tu oído espera, / y eso sería engañarte, / y no se engaña lo que se desea. // Sé que buscas que te doren el oído, / que la miel de la palabra escurra por tu mejilla: / que eres única entre miles, / estrella de salvación, / guía de pecadores. // Espina y placer, tallo y raíz. / Tersa espesura, pétalos, perlas. / Fronda radiante, cáliz, verbo. // Si lo eres, lo guardo: / no sería de hombres / decir tu belleza cuando busco tu bajeza.

VI. Falsedad

Dices, Florecilla, / que buscas quien te deshoje: / quien te haga instrumento de placer: / quien te arranque y te muestre, / de una vez por todas, el dolor / de la espina ajena, la violencia / discreta que te arrebate un pétalo / para escribir en él una palabra hermosa. // Y te ofrezco eso, y más: / arrancarte de la tierra y mostrarte / el dolor de mi espina, la violencia / de mi mano que te deshoja en nombre del amor. // Idéntica al animal que lame la huella del amo, / me desprecias: / siempre será mejor el sufrimiento certero / que el incierto sol que brilla en mi puño.

VII. Epílogo

Que no recuerdes mi nombre no apaga el fuego, Florecilla.

Florecilla: no por siempre deseará la noche darte el obsequio perlado de su rocío: aprovecha: no vaya a ser que descubra que ya te pudres.

Para los ardientes y malpensados, escribo.

@jalfvalba2