Tabula rasa

Deprimirse en el primer mundo, cuarta parte

¿Seis grados de separación? Chingadamadre: ¡tres! Y es que, de un tiempo para acá, he conocido a gente que representa auténticos nodos: puntos semejantes a las grandes ciudades en los mapas que ilustran las rutas aéreas: Infinitas Conexiones. Escucho sus nombres allá, aquí: La Fama o Algo Muy Parecido. De seguro conoces a Dé, yo estuve con Jota acá, trabajábamos juntos, dormíamos juntos, fajamos pedísimos del otro lado del océano. Lo que sea. En un mundo en el que todos se conocen, ser sólo Fulano, más que representar un bastión de resistencia, es deprimente. Triste porque, luego de pensarlo, uno no es más que un Mensajero: un diosecillo que conecta a los Grandes. A los de a deveras. O al menos esa impresión se forja uno, siempre a dos de remediarlo todo con pastillas.

Es que, si todo esto es cierto, esa enormidad que llamamos El Mundo se reduciría a la repetición constante de las mismas palabras, de las mismas personas, de lo mismo: una letanía donde uno no es más que el silencio entre verso y verso, el espacio minúsculo del respiro entre palabras. El Mundo reducido a un planisferio que puede colorearse con tres colores sin que haya fronteras que se confundan: sin territorios adyacentes pintados igual. El mundo reducido a un número concreto de palabras. A seis, tres personas clave. Todo el universo y nosotros hablando de nosotros, dijo El Ermitaño. Y El Misántropo ni siquiera contestó. El Deprimido ya estaba, como siempre, matándose.

Cuando voy a la Universidad, camino desde la casa de huéspedes donde rento un cuarto, a través del Barrio Histórico y Turístico, hasta la Calle Principal. Atravieso la calle de Borbón, por las mañanas. Aún hay bares abiertos, con güeros confundidos sentados en las barras de madera, con la cristalería limpísima frente a ellos. La calle húmeda huele a espuma. Los indigentes y pedigüeños están donde siempre: afuera de las tiendas 24 horas y de las farmacias y de los cajeros automáticos, como siempre: persiguiendo los cuárters, presumiendo sus heridas de guerra. Fuman cigarros baratos y beben cerveza mexicana en botes altos. Hablan recio y se maldicen entre ellos. Quieren llamar la atención de la ciudad que apenas despierta, que se lanza bajo la resolana a sus trabajos aburridos en hospitales y supermercados. Los turistas llegarán más tarde: a estas horas deben estar durmiendo la embriaguez de la noche anterior, el derroche de energía y potencia enzimática que requiere una ciudad en la que el hombre puede caminar con su bebida en la mano, bajo el amparo de la ley. La calle de Borbón siempre brilla: sus anuncios de neón nunca se apagan, ni las llamas a gas que los restoranes más elegantes guardan en faroles de época. Qué desperdicio, pienso. Mentalidad de El Otro Lado, totalmente. Aquí todo es desperdicio, tal vez por eso sea El Otro Mundo, ese al que todos los que no pertenecemos a él quisiéramos tener. Desperdicio total: de luz, de mujeres. De hombre y mujeres. De automóviles, caballos, aviones y bicicletas. Un billete de propina por cada trago. Llego a la Calle Principal. Ahí espero el tranvía: muy coqueto pero lento, a veces insufriblemente lento. A estas horas, ya dije, no hay turistas: sólo gente uniformada, uno que otro profesor latino y guardias de seguridad esperan el transporte público. Dos obreros hablan mierda junto a mí. No entiendo su acento. No entiendo nada, no he entendido, en realidad. Uno cree que sabe una lengua ajena hasta que llega al lugar de origen y descubre que ha olvidado hasta lo más básico: ¿cómo de estúpido sonará quien olvida la ese al final del presente en tercera persona? Cosas por el estilo, quiero decir. No entiendo porque además en sus hablas hay un afán de sonar distinto. Se acercan con sus chalecos fosforescentes y sus cascos amarillos. Hablan como cantando. Un hombre de acento extraño, y que sin embargo comprendo porque seguramente lo he escuchado en películas, me dice: No les hagas caso. Ignóralos. Quieren problemas. No les sigas el juego. Pero si algo pasa, aquí estoy contigo. Y yo estoy con Dios. Cuando los obreros se van, el hombre me da una hoja. No te voy a pedir un billete, porque lo mío es real. Sólo te pido que cuentes esta historia.

Y es lo que hago.


@jalfvalba2