Tabula rasa

"Cruda de tres días de artistas encerrados en San Miguel Regla"

I

…llegué tarde porque siempre llego tarde a todos lados. Siempre. Lo cerca o lo lejos no son pretexto para mí. El tráfico, accidentes, la lluvia. Nada opera en mi concepto del tiempo. Lo mío va más allá. Elegante impuntualidad, no lo creo. TARDE. Con mayúsculas. En negritas. Algo de adentro, un punto en el cerebro, me impide llegar temprano. Ayer estaba en el restaurante de M, bebiendo una limonada, cuando en realidad debía estar en la Central de Autobuses esperando a Alguien. Lo sabía, y aun así tomaba sorbos pequeños como si pudiera detener el tiempo. Si me citan a las 12, tengan por seguro que me estaré bañando a las 11:40, creyendo (de verdad, se los juro) que llegaré a tiempo. No es que sea un culero que los hace esperar a propósito. Es más bien un estilo de inocencia: de no aprender de uno. De no saber quién es uno. O cómo es uno. Eso.

II

…llegué tarde a esto de la creación joven porque siempre llego tarde a todos lados. Si me preguntan qué estaba haciendo hace diez años, cuando todos estos ya habían escrito su primer poemario o su primera novela, no sabría qué decirles. Estaba perdido creyendo que todo evolucionaría a mi favor. Llegué tarde y ahora me cuesta trabajo adaptarme a un mundo que castiga recio el no entender qué. Y más con las restricciones de mi cardiólogo, que quiere que me ayude solito, sin pastillas. Así cómo.

III

...debe ser insoportable, A. Debe ser terrible no saber qué decir. Hay quienes, de verdad, pueden improvisar y salir bien librados. Hay a quienes les basta su sonrisa limpísima, o sus miradas azules escondidas tras largas pestañas. Debe ser horrible, B: tanto plan para cambiar al mundo, tanto talento desperdiciado. Tanto que decir y tan al mismo tiempo. Debe ser La Tristeza, ¿verdad? ¿Qué es más desconsolador que un hombre arrodillado? Un perro escondido bajo la banca de una iglesia, definitivamente.

Nadie dijo nada. C tenía razón.

IV

Crudo de palabras: performático-surrealista-pedagógico-coreográfico-emergente-aleatorio.

V. (Mientras todos hablan, tú ensayas):

El niño toca la puerta y le da un gato a D. No dice nada, a pesar de que ella pregunta. No quiere gatos. No porque sea alérgica o algo por el estilo: simplemente no le gustan. Se considera más una persona de perros. Su lealtad le parece más cálida. Los gatos, según ella, son fríos. Y hay algo en la mirada de éste, en su despectiva forma de mirar los sillones y los botones de la tele, que le recuerda a su padre. No es que no lo haya querido: en algún momento fue lo máximo: hace tanto, frente al mar. Pero de un tiempo para acá prefería no pensar en él. Así que gatos, no.

El niño insiste, ahí, levantando el gato frente a ella. Por un momento duda: ¿y si lo aceptara? No. Los sillones. Y las cortinas. Traídas de tan lejos para esto. El arenero, ¿dónde? Y los olores. Ese ruido como de bebés que suelen hacer cada tanto. No.

Entonces cierra la puerta pero al niño parece no importarle. Incluso la puerta toca la cabeza del gato y la empuja antes de atorarse en el cerrojo.

Regresa al sillón. Duerme. Sueña con la lenta furia del mar arrastrándola al fondo y las espadas de luz y un brazo grueso y velludo que la sujeta y la saca del torbellino.

Despierta. Debe salir. Una cita, en media hora. Desea, por un segundo, que el niño siga en el rellano. Tomar de sus manos al gato, darle una oportunidad: tal vez castrarlo, cortarle los bigotes. Algo.

Abre.

El viento le empuja la puerta en la cara.

VI

No sé ni qué.

Crudo de frío.

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