Tabula rasa

Contradiciendo a Baudrillard y Eco: arte

No importa qué disciplina abordemos: el siglo XX fue una constante complicación de los discursos artísticos. La pintura y el arte visual contemporáneos parecen no deberle nada al canon renacentista. La poesía avanza por caminos que, si bien a versos parece regresar a la perfección dantesca o gongorina, la poesía concreta y visual –y más la llamada ciberpoesía (cuya existencia es cuestionada aún por muchos teóricos) – transgreden el concepto tradicional, grecolatino si se quiere, del arte asistido por las musas. Éste panorama de ruptura, deconstrucción y oposición, también es propio de la música “seria”, “culta”, “de concierto”, o como sea que se le llame a aquellas composiciones que siguen, de algún modo, la tradición sinfónica de los clásicos de la segunda mitad del dieciocho. Ruptura, movimiento-inmovilidad, transgresión, desafío e interpretación, son las constantes del arte del arte de nuestra era…

 

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El arte no se explica. Lo obvio –la obviedad artística, quiero decir– es contradictorio en términos de arte. Hasta el siglo XIX, los cánones y academias regían el mirar y sólo a partir del Futurismo de Marinetti se comenzaron a cambiar los paradigmas. Las vanguardias del siglo XX (que impactaron todos los ámbitos de lo “artístico”) nos enseñaron que el arte  no sólo se contempla, también se interpreta.

 

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El ejercicio de interpretación del arte ya no tiene que ver sólo con el desdoblamiento, con la deconstrucción de la técnica (pictórico-retórica), sino también con una apropiación, que tiene que ver, más que nada, con una lectura multimodal, con una competencia intertextual.

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Es decir: el arte del realismo y del naturalismo mostraba. El arte del siglo XX va más allá. El cuadrado negro sobre fondo blanco de Malévich no sólo muestra un cuadro negro sobre un fondo blanco… es, también, una ventana a un pensamiento, a una idea concreta y compleja. La lechera de Vermeer es sólo una lechera, técnicamente impecable, sí, pero más allá de eso sóloes lo mostrado.

 

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El arte actual necesita, obviamente, un ejercicio sensible, pero también otro, complejo, a nivel intelectual. De ahí que el arte no sea tan “popular” hoy como lo fue hace 150 años.

 

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La disociación entre significado y significante (es decir, la necesidad del espectador de tender un puente entre lo que observa en la obra y lo que realmente quiere decir), es la causante de la “complejidad” y la consecuente falta de “masificación” del arte contemporáneo… y no la inutilidad de éste y/o la explosión mediática de nuestra era, como podría pensarse a primera instancia.

 

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La perfección no es instintiva en el hombre. Para lograrla es necesaria la maestría del intelecto. Pensemos en las construcciones de las arañas y abejas: su perfección nos abruma. Emularlas nos llevó miles de años de evolución; ellas lo han hecho igual desde el principio: no creo que las telarañas prehistóricas hubiesen sido menos perfectas. El “arte”, las construcciones del hombre, sí que lo eran. Tomar conciencia de la belleza anuló la función práctica de lo que ahora llamamos “arte”. Las telarañas son igual de útiles ahora como hace miles de años. Nuestra pintura no. Nuestra poesía, menos.

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