Tabula rasa

Consideraciones intempestivas para antes de los 30

I

Así como todos fuimos jóvenes promesas, todos seremos adultos prematuros: vejestorios antes de tiempo. Cruzar los treinta es ya estar muerto. Después de los veintes sólo queda el tenue desencanto y la certeza de saber que lo mejor ha pasado. Tristeza absoluta, caray. Porque ahora uno es muy viejo como para andarse con ímpetu todo el tiempo, pero muy joven para mugir sagradamente. Época de atasque, pues. Pero no de atasque en el sentido sustancioso: si no esnifaste en los veintes ya no cuenta. La coca después de los treinta debe ser terrible: mero trámite para aguantar la fiesta, para saltarse la cruda. Burocratismo narcótico, nomás.

II

Todos seremos adultos prematuros: venimos de las oscuras pantallas del MS-DOS, de las impresoras de matriz de puntos, del primer porno digital de Private. Vivimos internet desde antes de los dosmiles y vimos cómo la democratización de su acceso sólo trajo censura: presenciamos la caída de shownomercy.com, Napster y tantos otros (y vemos con nostalgia cómo rotten.com y 4chan.org mantienen ese minimalismo de la red primigenia: flashless). Experimentamos los procesos democratizadores como límite: traje que ahoga a fuerza de ajustarse para todos. Nuestro primer contacto con internet fue el shock: el misteriosísimo mundo donde había que andarse con cuidado. Ahora, el paternalismo ha desplazado eso que antes era público, a la deepweb: territorio de los genios nostálgicos del pasado, de la época en que lo “ilegal” se reducía a un personalísimo conflicto acerca de lo que se veía o se leía en línea: hoy la decisión es tomada desde los Congresos, por legisladores que bien a bien no entienden nada. Es decir: vivimos el libertinaje y el atasque digital a 54 kilobytes por segundo.

III

Los tiempos (que no el tiempo) me hicieron dejar de creer en todo: fui del activismo inconsciente a la inacción postadolescente. Aprendí a ver con desdén sus inútiles intentos para cambiar el mundo, y vi cómo las auténticas promesas de mi generación fueron absorbidas por corporaciones y aparatos políticos: las vi acurrucarse inteligentemente bajo el ala protectora del gobierno en turno, y mudar bandera según la dirección del cambio. Los vi reconstruir lo políticamente correcto. Nuestros mártires no tienen lo romántico de los revolucionarios de los sesenta, ni la audacia de los rebeldes y anarquistas de los setenta. Los activistas de mi generación crecieron como hongos a la sombra de las “auténticas” revoluciones, y se refugiaron en el submundo del fosilismo universitario y el veganismo rastafari.

Dejé de creer, incluso, en la inteligencia del ser humano cuando vi triunfar la estupidez y cómo embaucó a medio mundo. Escuché a hordas repitiendo las letanías que aprendían en la pantalla. Descubrí que en el fondo la inteligencia no es más que pura necedad, pura autocomplacencia. Vi a los genios de mi generación atascarse en el ácido, y resultó que la verdadera inteligencia consistía en acatar órdenes y sonreír, a pesar del mundo que se derrumbaba. Con el tiempo la inteligencia se disoció de la libertad, y la libertad dejó de ser un derecho para convertirse en aquello que buscan los subeducados, los resentidos y comunistoides. La libertad se volvió exclusiva de quienes pueden pagar el escape de este chiquero…

IV

Cruzar los treinta es ya estar muerto. Sepultado por el triunfo de la juventud que envuelve como ola. Treinta en la segunda década de los dosmiles, carajo: llegamos tarde a todo: nos perdimos dos fiestas pocamadre: la del tránsito de los sesenta a los setenta, y la del inicio del milenio. Para la primera ni existimos, pero de oídas alcanzamos sus resabios, para la segunda somos ya muy viejos, e intentar treparse en ella es tan patético que para qué…

V

Pero hemos sabido armar nuestras propias fiestas. Aprendimos de los mejores: los noventeros que arriesgaron todo en un pinchazo: iniciados en el misterio de la revelación auténtica. Y aprendimos, de ellos también, que las fiestas verdaderas son underground. Pura gozadera subrepticia. Puro bajo profundo destrozando a los vecinos, pum, pum, pum.

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