Tabula rasa

Censura

No veas.

Un rectángulo negro oculta lo que no podemos ver: aquello que, según, está mal que veamos. Senos. Entrepiernas. Sexo. Sangre y muerte. Nuestra mirada se ha desarrollado sobre el resto de los sentidos: la mayoría de nuestros placeres son, esencialmente, escópicos: películas, pintura, fuegos artificiales. La esencia de la belleza misma es visual: el equilibrio. El centro de nuestra conducta relacional, el sexo y el amor, está en el ojo: la belleza que seduce, atrapa y se reproduce. Pero no sólo eso: lo que vemos es real, posible. Vemos, luego existimos. Privilegiamos la vista sobre cualquier otro sentido: nuestras ciudades son paraísos de luces y señales, colores; y el principal atractivo del campo y la costa es el paisaje. Nuestro principal sentido es el más censurado: desde siempre han existido cosas prohibidas a la vista: reservadas o para iniciados o para las llamas. Nuestra capacidad de procesar imágenes, entenderlas, relacionarlas y asociarlas sentimentalmente, las hace potenciales medios de propagación de ideas, lo cual preocupa a los que ostentan el poder. No veas.

No escuches.

El verbo se hace carne cuando se procura los mecanismos para convencer y llamar a la acción. La palabra siembra discordias y dudas. Desde tiempos antiguos han existido listas de palabras que está prohibido pronunciar en público: los nombres de Dios y de los malditos, por ejemplo. La historia de las revoluciones es, esencialmente, la historia de las palabras que se filtraron desde el poder contra el poder mismo. El poder concentra y controla las palabras que pueden destruirlo: es un mecanismo de autolegitimación que “niega” el poder absoluto del poder absoluto. Si ustedes creen que su disidencia es auténtica, son unos ilusos: el poder mismo controla los mecanismos de la resistencia. No hay indisciplina absoluta. Y todo pensamiento contra el poder se resume en un grupo de palabras que ya están neutralizadas, que ya aburren: un discurso que el poder mismo diseñó y se encargó de repetir hasta el hartazgo: repitan una palabra muchas veces y notarán cómo poco a poco se vuelve extraña y pierde sentido: así pasó con el discurso libertario de los que creían luchar contra la injusticia: Libertad. Justicia. Igualdad. Palabras que, a fuerza de repetición, o perdieron su significado y su conexión con una parte de nuestros espíritus, o se volvieron eco vacío de una generación vieja, ajena a nuestros valores inamovibles de la producción, el emprendimiento y la proactividad. No escuches: las voces de los subalternos son las más fáciles de sofocar y desacreditar: de hecho, nacen desacreditadas y sofocadas: son un rumor de otro tiempo que es necesario olvidar y aniquilar.

No hables.

El poderoso, esencialmente un demagogo, deposita un peligroso poder en la palabra hablada. Y no está tan equivocado, en realidad: la palabra que lo encumbra es la misma herramienta que lo destrona. El poderoso amordaza y reprime no la voz que evidencia el saqueo y la corrupción (que son inevitables), sino aquellas expresiones que tienen el potencial de mover la esencia de las masas, de transformar el pensamiento y desviarlo del cauce planeado por el poder mismo. ¿Qué es lo inapropiado, lo políticamente incorrecto? No hables: la limitación es la base de la supervivencia.

No pienses.

Existen estructuras de pensamiento superiores a nosotros, erigidas a través de siglos de tradición y en la carne de mártires cuyas máximas se volvieron esencias absolutas, incuestionables. Incontrovertibles son las religiones, la historia, la política, que arrojan verdades irrefutables, esencias imposibles de alcanzar por mentes comunes y corrientes: existe un grupo de personas que determinan nuestras vidas desde sus sillas forradas de cuero y abotonadas con oro, personas destinadas, elegidas para decidir qué es lo que le conviene al resto, reducido a una masa, amorfa sí, pero uniforme y pasiva. La ignorancia es lo más valioso del ser humano, y el poderoso se ha encargado de generar mecanismos para mantenerla y perpetuarla de forma fácil y barata. El poder nos procura una engañosa ignorancia selectiva: abre las puertas a un conocimiento permitido, correcto, que despierta la conciencia pero no la altera ni la lleva a la acción: ignorancia controlada en la que todos creemos que sabemos y pensamos, pero que no es más que una pantalla que refleja y repite sentencias vacías como si fueran verdades absolutas. No pienses.

Exacto: lo nuestro es la paranoia.

@jalfvalba2