Tabula rasa

Arte... ajá…

El escenario es un espacio único donde, por momentos, los mortales son endiosados. El escenario, como el marco y la base de las esculturas, encuadran, resaltan la realidad artística y la declaran por completo ajena a la cotidiana.

El escenario separa las acciones que ahí suceden, las aparta y las transporta a un mundo con sus propias reglas y paradigmas. El marco edita la realidad, el encuadre del fotógrafo relega aspectos del medio, los elimina en nombre de la composición. La base eleva, aísla del piso la obra, nos subordina a ella, la observamos hacia arriba y la coloca en un nivel siempre por encima del mortal espectador. El libro condensa las palabras, las inmortaliza, evita que escapen y formen otras oraciones en boca y hojas de otros. El libro personaliza las letras, las aleja del vulgo, de lo corriente, de lo malsano.

Y el espectador, el común, ve quebrada su capacidad intelectual ante tales situaciones. El escenario, el marco, la base, el libro, la galería, son, per se, legitimadores del proceso artístico ante el ojo acrítico de la masa... Incluso llegan a engañar a iniciados y sedicentes conocedores.

El portentoso teatro y la lujosa galería observan un ente amorfo, insensible en sus más recónditos espacios intangibles, acostumbrado a la mecánica del aplauso y la adulación instintiva. Esta entidad, espectadora, responde al llamado del arte no por razones de compatibilidad estética o afinidad ideológica; sino por la necesidad de apartarse de la otra masa que, fuera del teatro y la galería, es más amorfa, insensible y homogénea.

Así como el "espacio" certifica el arte como tal, también legitima e individualiza a quien asiste a su producción. El espectador se vuelve "especial" al acudir a la función o la contemplación, siente que huye de la cotidianeidad dictada por las grandes y omnipresentes industrias del entretenimiento; piensa que no asiste al mero divertimiento, se engaña creyendo que procura la cultivación de su espíritu.

Sucede que el espectador no se percata de la masa que se confecciona con él y los demás observadores. Una masa que cobra forma de gráfica con fines estadísticos de administración –burocracia- cultural. El nuevo espectador no fue creado para la contemplación, fue educado en la hiperquinesis del entretenimiento industrializado, de ahí su insensibilidad, su inutilidad.

De ahí que le baste el escenario, el marco o la base, para juzgar "enriquecedor" lo que de ahí surja, se lleve a cabo u observe.

Y no es que nos encontremos en la era de la democratización de la cultura, es decir, de la apertura de los espacios y las expresiones a todos por igual. Es, en todo caso, el nepotismo y la corrupción de los accesos a los espacios "legitimadores" lo que genera la ralentización, la degradación del lenguaje artístico... Eso resulta en un discurso más prefabricado, más tirado a la moda que a la tendencia, más alejado, obvio, de la propuesta y la originalidad.

No es que la masa se interese cada vez más en lo que le ofrecen los responsables de la administración cultural; es que eso que ofrecen tiene, paradójicamente, cada vez menos que ofrecer a quienes buscan algo más allá del simple onanismo intelectual.

Y es que hay algo que todos sabemos: hay tanta porquería encuadernada, estupidez en escena, basura enmarcada y mierda publicada...

@jalfvalba2