Tabula rasa

Antipoesía noventera

A veinte años, los noventa parecen una revelación: una epifanía que nos enseñó a no esperar nada y a perderlo todo. Desencanto e impulso, drogas y miedo. Superados los movimientos punk y desilusionado el anarquismo de los setenta y ochenta, a la generación del grunge no le quedó más que volverse post y pre-todo: llegaron tarde a las ideas y muy temprano a la tecnología. Los noventa se difundieron en la precariedad de una web clandestina y en impresos atascados en la estética de la década anterior. Último reducto del culto a los objetos, los ídolos noventeros nos heredaron el gusto por las cosas que se rompen. Dos de ellas obtuvieron, en aquella época pre-tecnológica, mi especial atención: los booklets (insertos, oficiales o no, de discos, casetes y compactos) y los fanzines. De esa colección (que desde hace un par de meses busco digitalizar para su preservación y análisis) rescato y traduzco los tres textos que siguen, de dos autores perdidos. Disfruten el desencanto… ¿qué puede ser más triste que un final que se espera y no se cumple?

I.Jonah Matranga. Músico. Costa Este. ca. 1995.

ERES COMO BESAR LÁPIZ LABIAL / PASTOSO TIBIO Y ABURRIDO / ERES ABURRIDO ME ABURRES / ERES UN TIPO MUY ABURRIDO / AL PRINCIPIO CREO QUE ME GUSTABA /

CÓMO REBOZABA EN TU BOCA / PERO SÓLO HABÍA ESO / NADA MÁS / OTRA MENTIRA ABURRIDA / ¿Y QUÉ SI COJO ESTE CUCHILLO? / ¿Y TE CORTO SOBRE LA SONRISA? / ¿SERÍA ABURRIDO ENTONCES? / ¿O SÓLO UN FASTIDIO MENOS?

Como Elvis, como todo el mundo: morimos; / vivimos en fotos y libros de bolsillo. / Si corremos con suerte, regresamos. / Lo notamos, lo entendemos: / tiramos todo a nuestro alcance. / Estaremos en el mercado, encima de estantes, / si somos suertudos. / Como Elvis, como todos los demás: / moriremos. / Viviremos en fotos / y en contraportadas de libros. / Regresaremos, si somos afortunados, María Madre.

II. Cinthya McCullers. Artista. San Francisco. ca. 1994.

Desde allá te mira, enfundada, literalmente, en una blusa larga: la usa como si fuera un vestido y obviamente ves más allá porque su trasero vuelve la improvisada prenda más corta por atrás: una diagonal que obliga a pensar en su quilate: adivinas de qué lado masca cuando te mira desde allá y te señala leve con el pico de su botella de cerveza. Su vestido azul con manchas negras se ciñe a su cuerpo como un guante de látex, como un hermoso guante de látex cubriendo los sexos más divinos de las revistas. Sus ojos son grandes pero no dicen ya nada: miran desde un momento desde el que es imposible discernir si vale la pena o no arriesgarse. Todas las guerras en sus ojos y en sus pestañas enormes. El mesero quiere conquistarla. Le habla al oído y ella, coqueta, sonríe. Todos le hablan de buena hierba al final del túnel. Y ella siente hervir su sangre. Se sonroja y pide un cigarro. Procura que la mancha roja en el filtro diga algo: algo como: ven, perro. Y todos piensan en destazar su vestido a dentelladas y hundir la cara en su carne y ahogarse. Ella juega a la inocente cuando sabe los trucos de los bosques ancianos, donde no hay zorra que caiga en los dientes metálicos de las trampas. Piensa en su ex novio tirado en el piso, con la nariz sangrante y un pato amarillo impreso en la playera. Piensa en su ex novio sin tatuajes, tan estúpido posando frente a su auto negro, su auto negro que vale más que mil horas de sexo.  A pesar de todo, de tanta estupidez y manchas de saliva en las almohadas, piensa en él, y lo ama. Lo ama en su pequeña esfera de aburrimiento. Lo ama por su estupidez. Por la manera en que la mira cuando se ha venido antes que ella. Por la manera en que le pide perdón con los ojos mientras le quita el condón a su hombría deshecha. Y ella, una fiera que usa una blusa cortísima como si fuera vestido, lo ama, a pesar de todo. El mesero insiste en que lo acompañe y tú crees que te sigue mirando. Ella se levanta y se acomoda el vestido como si no supiera el encanto que despierta, como si de verdad ignorara su quilate. Ya no te mira y sientes que perdiste quinientos granos de oro. Ya no te mira más. Sientes que perdiste una montaña enfurecida de oro y diamantes. La miras alejarse y te sonríe mientras se da la vuelta para ofrecerte la curva de su trasero. De su perfecto trasero que desaprovechaste. Sólo no pierdas la cabeza, te dices mientras la miras alejarse con el mesero, que la toma por la cintura como para cerciorarse que su vestido no tenga costuras: una sola pieza. Una sola pieza que sacará de un solo movimiento, el cabrón. No pierdas la cabeza. Una sola pieza que se comerá de un mordisco. Desnuda debe ser fantástica, no pierdas la cabeza. Va y viene. Desde allá te mira. Su mirada se pierde en el techo y a su mente vuelve el pendejo con el pato en la playera. Ni el mesero ni tú están en ella: es el tiempo de los perdedores. No pierdas la cabeza, amigo. Vierte y olvida. Golpea. No pierdas la oportunidad. Es el tiempo de los perdedores. Sigue golpeando hasta que el jodido pato nade en sangre.

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