Tabula rasa

Agatópodo

y así, terminamos mirando con gusto estético la violencia: hicimos de ella un lenguaje que arrancó sus motivos, situaciones y consecuencias, para enmarcarlos en la reflexiva contemplación aparentemente curada del morbo. Y es que, ¿de qué otra cosa íbamos a hablar si la violencia, lo atroz, es lo verdaderamente inalterable? He rastreado el mismo sinsentido a través de las eras: los pasos agigantados de la ciencia desde el siglo XVI hasta nuestros días parecen, en perspectiva, absurdos si consideramos que nuestros placeres siguen siendo los crueles de la barbarie, la sangre y el sufrimiento ajenos: la violencia es el común denominador de las eras. Y no me refiero sólo a la guerra, esa gran e inevitable marca de los siglos, sino a la violencia ejercida desde el placer del poderoso: el Rey que desprecia la vida, mente y cuerpos de sus súbditos. La violencia que reduce a los seres (y a la vida misma) al placer del poderoso. Hablo de peleas de perros, de gallos, corridas de toros, peleas a muerte entre esclavos, cacería, el disfrute de la muerte y el sufrimiento, el regodeo en los estertores, en la agonía. Esclavitud sexual, explotación infantil. El llevar la vida a su extremo, aniquilarla, destrozarla en su individualidad, y todo partiendo de una idea tan absurda como enquistada en nuestras mentes: porque se puede. Porque podemos. No es la superioridad de unos sobre otros. No es la fuerza o la selección natural. Es lo endeble de la vida y el desprecio de la ajena. Es la simple posibilidad y la facilidad con que la sangre brota.

I

Aprendimos a justificar la violencia mediante la tradición, y escribimos libros para quedar bien con la historia: desde la Biblia hasta el Manual de tauromaquia para nuevos aficionados, la cuestión fundamental es erigir “tradiciones” para justificar la explotación y el abuso de los otros. La Biblia jerarquiza al hombre en su relación con una divinidad que primero parece disfrutar el sufrimiento de su creación para después pasar a la indiferencia: qué milagro hubiese sido el convertir en corcho la piedra que llevaba atada al cuello el pobre Agatópodo, cuando Faustino ordenó aventarlo al mar por profesar su fe. Por otro lado, el Manual de tauromaquia justifica la barbarie basándose en un antropocentrismo que nos obnubila con la idea de que estamos en el pináculo de la evolución y de la vida misma.

II

Aprendimos, también, a leer la violencia y entenderla ajena en los textos: la hermosa ilusión de la literatura que todo lo que narra lo vuelve de otro tiempo: leemos con terror las historias del pasado, el salvajismo de los pueblos arcanos que sacrificaban doncellas a dioses antropozoomorfos, sin saber que la práctica es vigente: doncellas ofrecidas a políticos medio humanos, medio cerdos. Leemos con asombro las crónicas de los conquistadores que narran con espanto el olor de los sacrificios en el Templo Mayor de Tenochtitlan (y su asombro es medio falso, porque ninguna ciudad española de la época podía presumir de higiénica), pero luego de San Fernando hemos sido incapaces de conmovernos con cada narcofosa que se descubre. Leemos cómo los bandoleros tenían sitiado Yautepec en la época de la Reforma, cómo robaban, cobraban peajes y vendían protección a los hacendados, cómo se forraban ostentosamente de plata de los pies a la cabeza, cómo violaban y ejercían el terror sin que las autoridades hicieran algo; y de no ser por el estilo y el espíritu patriótico de Ignacio Manuel Altamirano, la experiencia que cuenta es absolutamente contemporánea.

III

Se trata del desprecio a la vida. El atentado, la violencia. Yo no sé cómo hemos sobrevivido tantos años.

@jalfvalba2