Tabula rasa

Adaptación

Aunque no hay registro exacto de la primera adaptación de una novela al cine, los primeros ejercicios cinematográficos robaron ideas, metáforas e hipérboles a la literatura. En el caso de nuestras letras y nuestro cine, encontraremos, del lado oriental del Atlántico, los primeros intentos del escritor Vicente Blasco Ibáñez por llevar a la pantalla, él mismo, su afamada novela Sangre y arena, en 1916. Y de este lado del océano, la primera versión de Santa, de Federico Gamboa, a cargo del director Luis G. Peredo.

Santa, el decimoctavo largometraje producido y presentado en México, fue el primer encuentro del público cinéfilo con una pluma prestigiada. Gamboa, escritor naturalista, gozaba de mucha fama y sus novelas se leían con avidez y casi fanatismo, al grado que el éxito de la película fue inmediato, pues la popularidad de la novela –publicada en 1903- se mantenía vigente.

Así como en España las muchas adaptaciones que se hicieron de Sangre y arena ayudaron a configurar un género y estereotipar la fiesta brava en la pantalla grande, en nuestro país Santa es considerada un filme seminal en la creación de arquetipos: la pecadora redimida ha acompañado toda la historia del cine nacional.

En 1927, la tecnología permitió incorporar una banda sonora a las películas: The jazz singer, de Alan Crosland, es considerada el primer filme sonoro de la historia; y aunque en México ya se había intentado sonorizar producciones mediante la sincronización con discos, no fue sino hasta 1931 cuando se logró la película fundadora de la etapa sonora del cine mexicano. En ese año, la Compañía Nacional Productora de Películas inicia el rodaje de Santa, con la tecnología necesaria para crear una nueva versión sonora (tecnología desarrollada por los hermanos Joselito y Roberto Rodríguez, mexicanos, cabe mencionar).

La Santa sonora, que se trasladó del porfiriato a la época de fines de los veinte, narra el tránsito de la protagonista de un paraíso bucólico al infierno representado por la ciudad y el prostíbulo. La novela de Gamboa fue transformada y adaptada hasta convertirse en un melodrama romántico despojado de su naturalismo original. A partir de entonces, en todo el cine nacional persistirá la convención de la prostituta que pierde su virtud pero jamás su pureza espiritual, lo cual la hace ver como una mártir. En Albores del cine mexicano, Federico Dávalos Orozco afirma que el carácter misógino de Santa predominará en toda la historia del melodrama mexicano.

El cine se ha nutrido de personajes y caracteres creados en la literatura. Tanto en España como en México, los exponentes del naturalismo y costumbrismo forjaron, sin querer, los paradigmas que luego serían reproducidos en las más exitosas películas de ambos países.

A continuación, y para terminar, una lista de -según mi muy particular punto de vista- las mejores adaptaciones cinematográficas hechas en México. Prestemos atención a los hombres de letras que aparecen en los créditos:

Vámanos con Pancho Villa (1935), de Fernando de Fuentes. Basada en la novela de Rafael Muñoz, guión de Fernando de Fuentes y Xavier Villaurrutia.

Nazarín (1958), de Luis Buñuel. Basada en la novela de Benito Pérez Galdós, guión de Luis Buñuel y Julio Alejandro, supervisión de diálogos a cargo de Emilio Carballido.

Él (1952), de Luis Buñuel. Basada en la novela de Mercedes Pinto, guión de Luis Buñuel y Luis Alcoriza.

El lugar sin límites (1977), de Arturo Ripstein. Basada en la novela de José Donoso, guión de Arturo Ripstein con la colaboración de Manuel Puig, José Emilio Pacheco, Cristina Pacheco y Carlos Castañón.

A la lista agrego, claro, El esqueleto de la señora Morales (1959), de Rogelio A. González, adaptación de El misterio de Islington, de Arthur Machen, a cargo de Luis Alcoriza. El cuento, por cierto, sólo puede conseguirse en la colección de cuentos de terror publicada en dos tomos por la extinta editorial Labor, en 1958. No hay reimpresiones.

Disfruten.

@jalfvalba2