Apuntes pedagógicos

La práctica educativa

La práctica educativa se constituye en el espacio y el tiempo. En la interacción social cotidiana de los sujetos. En ese contexto de relación cara a cara, los sujetos desarrollan acciones intencionadas. La práctica entonces, la concibo como el cúmulo de acciones intencionales que desarrollan los sujetos en un ámbito particular y las cuales no se inscriben de manera inconsciente en su hacer cotidiano. Matthew Lipman (1998) considera que se entiende por “práctica” cualquier actividad metódica. La práctica es lo que hacemos metódicamente y con convicción, pero sin grado intencional de investigación o de reflexión. La práctica además, se sitúa en un contexto sociohis­tórico específico donde los sujetos hacen un despliegue de sus conocimientos, habilidades y valores.

La práctica educativa se constituye entonces como la unidad funcional del campo educativo, con una lógica de producción y construcción específica cuyo centro se ubica en la intención de transformar. Desde esta perspectiva, la práctica educativa de acuerdo con Sacris­tán (1998) “es una acción orientada, con sentido, donde el sujeto tiene un papel fundamental como agente, aunque inser­tado en la estructura social”. En el mismo sentido, es educativa porque su intención propicia que los sujetos se formen.

De forma esquemática, Maurice Tardif (2004) identifica tres concepciones fun­damentales de la práctica educativa que provienen de nuestra cultura: la primera relaciona la práctica educativa con un arte. En tanto actividad específica, el arte se basa en disposiciones y habilidades naturales, en habitus específicos, o sea, en disposiciones desarrolladas y confir­madas por la práctica y por la experiencia de un arte concreto. La segunda, con una técnica guiada por valores; argumenta que la práctica educativa moviliza dos grandes formas de acción: por una parte, es una acción guiada por normas e inte­reses que se transforman en finalidades educativas; por otra, es una acción técni­ca e instrumental que busca basarse en un conocimiento objetivo y en un control axiológicamente neutro de los fenómenos educativos. Finalmente, la tercera, con una interacción. La actividad educativa está relacionada con la comunicación y la interacción en cuanto proceso de formación que se expresa mediante la im­portancia atribuida al discurso dialógico o retórico.

En este contexto de ideas, las prác­ticas educativas podemos concebirlas como un campo de estudio, reflexión y acciones intencionadas que se desplie­gan en niveles y dimensiones diversas de los procesos de interacción que desarrollan los sujetos en el contexto socio-histórico de su campo de acción.

Para Kemmis (1999) entender la prác­tica tiene que ver con la resolución del problema en la relación teoría-práctica, y plantea que un modo de comenzar a hacerlo consiste en pensar la práctica como algo construido en los planos social, histórico y político, más allá de pensarla como “mera actividad”, además de entenderla de forma inter­pretativa y crítica. Argumenta que el sentido y significación de la práctica se construye al menos dentro de cuatro planos. En primer lugar, no podemos comprender el sentido y la significación de una práctica sin referirnos a las intenciones del profesional. En segundo lugar y de modo más general, el sen­tido y significación de una práctica se construye en el plano social. No sólo los interpreta el agente sino también los demás. En tercer lugar y de forma aún más general, el sentido y la signifi­cación de una práctica se construye en el plano histórico. En cuarto lugar, el sentido y significación de la práctica se construyen en el plano político.

Como se puede advertir, las prácticas educativas que realizan los sujetos no desconocen el sentido de construcción en estos planos. Las prácticas educa­tivas no son hechos aislados de unos de los otros, sino que, para la misma sociedad, se encuentran ligados en único sistema de educación adaptado a ese determinado país y a esos tiempos determinados (Durkheim, 1976).

En refuerzo a lo anterior, Carr (1999) plantea que realizar una práctica educativa, evidencia que no se trata de una especie de conducta robótica que se pueda llevarse a cabo de manera inconsciente o mecánica. Es una activi­dad intencional, desarrollada de forma consciente, que sólo puede hacerse inteligible en relación con los esquemas de pensamiento, a menudo tácitos y, en el mejor de los casos, parcialmente arti­culados, en cuyos términos dan sentido a sus experiencias, los profesionales.

La práctica educativa entonces es una práctica social compleja. Es compleja porque remite a la necesidad de dife­renciar distintos niveles y dimensiones que permiten analizarla, compleja ade­más, porque se asienta en una idea en la que se encuentran imbricados cultura y conocimiento; imbricación que a su vez implica una aproximación a la prác­tica educativa como totalidad vivida por sujetos, circunstanciada por sujetos y que se manifiesta a través de la subjeti­vidad. Es decir, la práctica educativa se hace visible en incontables secuencias de discurso, de comportamiento, de formas de organización que ponen de relieve el pensamiento y la acción humana que se tornan específicos en tiempos y espacios concretos.

torresama@yahoo.com.mx