Apuntes pedagógicos

La educación pública: orígenes en la Independencia de México

Una transformación en el campo del pensamiento y política, producto de la revolución francesa propiciaron una nueva concepción de Estado y una forma de pensar diferente que marcó la entrada de occidente a la era moderna, con mayores responsabilidades para la sociedad. México no fue la excepción, entre los cambios más profundos que generó este movimiento, se advierte una preocupación seria por atender la educación, por fundamentarla en los conocimientos científicos de la época y por ofrecerla al mayor número de personas en el país. De esta manera, se fue gestando una nueva concepción de educación, que al considerarse un fenómeno social, necesitaba formar parte de la organización del Estado, por su función orientadora, en el sentido que reflejará la filosofía del gobierno que tenía en sus manos el destino nacional. Esta última idea, es la que nos puede llevar a considerar la educación pública como el instrumento mediante el cual todo Estado trata de formar hombres capaces de dar solución a los grandes problemas de la nación y a utilizar su esfuerzo para hacer viables los proyectos sociales que se propone.

Solana (1981) nos refiere que “en el periodo de Independencia todo tendía a favorecer el desarrollo de una personalidad individual, enérgica, racionalista, que no hubiese perdido la fe en los ideales universales y ecuménicos, como eran la libertad, la igualdad y el progreso, sino que por el contrario, luchase por ellos. Pero este ímpetu de la típica cultura de la Ilustración empleo la mayor parte de sus energías en una etapa, que podía denominarse crítica, más bien que orgánica, pues sus objetivos fundamentales parecían ser destruir el prestigio moral y políticos de las instituciones de la Colonia, deshacer la antigua unión entre el altar y el trono y oponer a la fuerza de las tradiciones el peso irresistible de la razón. La lucha contra las tendencias conservadoras desgarró al país y evitó que este pudiese organizar debidamente su sistema educativo, en consonancia con sus afanes racionalistas y de modernización”.

Un aprendizaje que nos lego la guerra de Independencia es que nos mostró que el bienestar general ha de asentarse en la educación del pueblo. Isidro Castillo (2006) menciona que “como ya lo habían puesto de relieve los pensadores, legisladores y estadistas, era preciso educar al pueblo para capacitarlo en la participación que habría de tener en las tareas de un estado independiente”. Sobre estas ideas, es como al término de la guerra de de Independencia, prevalece otro pensamiento: la igualdad, la libertad, la protección a la propiedad privada y el derecho al trabajo bien reglamentado fueron acogidos por los mexicanos tras su consumación. Es así como un grupo de escritores formula una serie de pensamientos encaminados a hacer viables los ideales educativos de la época, enmarcados en la noción de una educación democrática. Una concurrencia de las estas ideas, señala a la escuela pública como la mejor vía para preservar la libertad y la participación del ciudadano en la vida colectiva.

El mismo Isidro Castillo (2006) nos refiere que “la Independencia no fue solamente una revolución política; fue una revolución social en el más amplio sentido del término; afecto la vida religiosa, las instituciones económicas, los idearios de la educación. En un proceso destructivo y violento, fue creando las bases políticas de un nuevo concepto de instrucción pública. A decir verdad, entre los hombres de la Revolución, no hubo, con raras excepciones, teóricos de la pedagógica. La ciencia de la educación no les es deudora de métodos; pero fueron los primeros en tratar de organizar, legislativamente, un vasto sistema de instrucción pública. Es justo colocarlos en primer lugar entre los hombres a quienes se podría llamar los grandes ideólogos y políticos de la educación popular. Sin duda les falto tiempo para aplicar sus ideas; pero tienen el mérito de haberlas concebido, de haberlas expuesto en actas legislativas. Los principios que proclamamos hoy los formularon ellos”.

Como se puede advertir, la educación pública fue una de las primeras preocupaciones del Gobierno. Don Guadalupe Victoria, primer Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, expreso en un manifiesto lo siguiente “Nada puede contribuir tanto a la prosperidad nacional, como la ilustración pública y la acertada dirección que se dé a la juventud: la carencia de un sistema uniforme de instrucción, la falta de muchos de los establecimientos que son necesarios para ella, y el estado de decadencia a que las circunstancias han traído a los ya existentes, han llamado la atención del Supremo Poder Ejecutivo, que deseando presentar al Soberano Congreso un plan de estudios acomodado a nuestro estado y digno de las luces del siglo, han mandado recoger todas las noticias que puedan contribuir a tan importante fin” (Castillo, 2006).

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