Apuntes pedagógicos

El docente que necesitamos

En los tiempos actuales, como en los anteriores, tengo la certeza de que nuestra educación necesita de docentes con claridad de pensamiento. Si, docentes con claridad de pensamiento pedagógico, didáctico y político. Un docente que permanentemente reflexione sobre su práctica y que tenga claridad de su fundamento teórico. Un docente que se preocupe por su formación continua, como un dispositivo que le permita arribar a niveles superiores de comprensión de práctica cotidiana y le contribuya a situarla en función de los contextos y escenarios particulares de su ámbito de acción. Un docente que tenga claridad de que su mayor contribución es de tipo social, que finalmente está formando una ciudadanía para una sociedad mejor.

Si así lo pensamos, es preocupante reconocer que los mecanismos actuales de reclutamiento de docentes en México, fundados en un examen de conocimientos, no consideren otros elementos indispensables para la labor docente y ello haya traído como consecuencia que muchos de los nuevos docentes no posean las cualidades profesionales necesarias para la enseñanza. Freire nos dice “La práctica educativa, por el contrario, es algo muy serio. Tratamos con gente, con niños, adolescentes o adultos. Participamos en su formación. Los ayudamos o los perjudicamos en esta búsqueda. Estamos intrínsecamente conectados con ellos en su proceso de conocimiento. Podemos contribuir a su fracaso con nuestra incompetencia, mala preparación o irresponsabilidad. Pero también podemos contribuir con nuestra responsabilidad, preparación científica y gusto por la enseñanza, con nuestra seriedad y nuestro testimonio de lucha contra las injusticias, a que los educandos se vayan transformando en presencias notables en el mundo” (Freire, Cartas a quien pretende enseñar, 2004).

El docente que necesitamos debe tener la claridad de pensamiento para reconocer el contexto socio histórico en que desarrolla su práctica. Reconocer que existe la necesidad de cambios sociales significativos para superar la profunda crisis que atraviesa el entorno sociopolítico y el sistema de vida perverso que afecta a la mayoría de la población al no tener lo indispensable para vivir y la afecta también al ver disminuido sus valores humanos irrenunciables como la solidaridad, la justicia, el respeto entre sus semejantes y el respeto hacia la naturaleza. La práctica del docente entonces, debe encaminarse hacia el desarrollo de pensamiento de sus alumnos, pero es necesario que él libere su pensamiento y acción. Considerar, en términos de Freire, a la educación práctica de la libertad. Hay una práctica de la libertad, así como hay una práctica de la dominación.

Actualmente, nos movemos, somos, vivimos, sufrimos, anhelamos y morimos, en sociedades en que se ejerce la práctica de la dominación. No perdemos nada si intentamos una nueva pedagogía. Por el contrario, podemos ganar una nueva sociedad, un nuevo hombre, un nuevo mañana. La pedagogía de Paulo Freiré es, por excelencia, una “pedagogía del oprimido”. No postula, por lo tanto, modelos de adaptación, de transición ni de “modernidad” de nuestras sociedades. Postula modelos de ruptura, de cambio de transformación total (Freire, 1965).

En el mismo sentido, y como complemento a Freire,  Lipman rescata y resalta la gran importancia de dar un  giro a la educación, donde se pase del simple “enseñar para aprender” a una enseñanza que cultive efectivamente el pensamiento; es  decir, una enseñanza donde el pensamiento  sea su primera y plena finalidad. Ahora bien, esta educación debe apostarle a ir más allá  del pensamiento natural, del cual todos venimos dotados, y debe apostarle a una  educación para un pensamiento crítico, un pensamiento de calidad, un pensamiento que  vuelva sobre sus mismas raíces, que se vuelque y que se piense a sí mismo, dando así el  primer y fundamental paso para su mejoramiento, antes de dar un salto directo sobre sus  contenidos. Desde aquí, este pensador lanza su propuesta de la “formación del pensamiento crítico”, dándole a la filosofía la responsabilidad de la investigación y el desarrollo de la capacidad de razonamiento, y como una respuesta a la necesidad global y social de formar mentes críticas y responsables que aporten en una educación de calidad y en la construcción de una sociedad cualitativamente mejor. (Zapata Maya, 2010)

Finalmente, para que el docente posea la claridad de pensamiento y acción que demanda la educación en el contexto actual, es necesario pensar en el diseño de nuevos modelos y dispositivos para su desarrollo profesional que articule sus necesidades y demandas profesionales. En primer lugar, las identidades profesionales previas, producto de la formación inicial, con las identidades que se propone forjar la formación continua. En segundo lugar, deberá conjugar las necesidades del sistema, de las instituciones y de los docentes. En tercer lugar, tendrá que considerar el desarrollo profesional en el contexto del cambio de las condiciones laborales y de las formas organizacionales que regulan el trabajo docente en las escuelas. (Vezub, 2003).

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