Apuntes pedagógicos

La cuestión del género en la función directiva

El desarrollo de los procesos educativos institucionales a nivel mundial, que están siendo llevados a cabo con diferentes ritmos y escalas en México, implica una fuerte ruptura de la dinámica con la que tradicionalmente se gobernaron los sistemas educativos. Cabe señalar, además, que implican un elevado grado de complejidad, derivado del hecho de que los sistemas educativos –en forma simultánea al abordaje de los cambios institucionales– deben lograr que estas reestructuraciones resulten funcionales para afrontar los desafíos que plantea el nuevo contexto social.

En lo particular, resulta interesante apuntar algunas consideraciones respecto a la cuestión del género en su relación con la función directiva. La cuestión del género lo concibo adscrito al campo de la desigualdad social, considerada está no como un fenómeno natural, sino como resultado de un proceso social en función al desarrollo y complejización que las sociedades humanas han adquirido (Tezanos, 2001).

Los organismos regionales como la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y muchos gobiernos, comienzan a reconsiderar cuál es el papel que debe cumplir la educación para asegurar un desarrolloproductivo con equidad y, en consecuencia, cómo asegurar a todos los sectores sociales el acceso a un estándar mínimo de calidad educativa, a partir de nuevos modelos de gestión. Los nuevos problemas de las sociedades contemporáneas perciben la necesidad de formación de una nueva ciudadanía, esto figura cada vez más en las agendas actuales de políticos y planificadores de la educación.

Esta profunda y esperada renovación ofrece un marco de posibilidades inéditas para integrar a las discusiones y acciones futuras la igualdad de oportunidades para la mujer, en y desde la educación, en tanto esta problemática constituye, sin lugar a dudas, uno de los ejes principales de todo proceso de modernización y democratización de nuestras sociedades. Por otra parte, y complementariamente, la realidad demuestra que el movimiento de mujeres en América Latina ha alcanzado un nivel de madurez e incidencia en los ámbitos institucionales, culturales y políticos que lo colocan como un interlocutor insustituible de cualquier proceso de transformación de nuestras sociedades y, por ende, de nuestra educación.

De igual manera, la CEPAL (2002) plantea que con el fin de conciliar equidad con multiculturalismo y la diferenciación de identidades, la educación debe conjugar su vocación igualitaria con la atención a las diferencias. Aún cuando enfatiza en el desarrollo de las funciones cognitivas superiores, por el medio globalizado en que actualmente nos desarrollamos, la cuestión del género está implícita en estas intenciones, no así lo referido a la oportunidad que tienen las mujeres de ascender a puestos directivos, como en el caso de México.

En este sentido, es necesario tener en cuenta que el debate actual sobre la educación y las mujeres no se limita, como en épocas pasadas, a considerar sólo los aspectos cuantitativos. El foco de interés es analizar qué aprenden allí sobre sí mismas y su futuro papel en la sociedad; por qué continúan orientándose hacia campos profesionales tradicionalmente femeninos y la búsqueda de espacios reconocidos como masculinos; qué efectos tienen en el desarrollo de su identidad, autoestima y proyecto de vida, los mensajes que se transmiten a través del currículum formal y oculto; en síntesis, todos los procesos y mecanismos manifiestos y sutiles a través de los cuales la escuela transmite un conjunto de valores, prescripciones, representaciones y expectativas diferenciales según sea el género.

Desde esta perspectiva, informaciones provenientes de los distintos países confirman que la docencia es una profesión mayoritariamente femenina, excepto en las escuelas técnicas y en la universidad. Ellas representan la casi totalidad de los docentes en el nivel preescolar, tres cuartos en la escuela primaria, la mitad en la enseñanza secundaria y un gran número en la educación superior.

Por último, la realidad demuestra que la implementación de una educación no sexista conlleva necesariamente a un largo y a veces muy difícil proceso de cambio de las personas y de las estructuras institucionales. Cualquier proceso de cambio demanda aceptar un equilibrio inestable entre la necesidad de generar conflicto para romper el orden vigente y, simultáneamente, estimular y lograr el consenso de todos los sectores comprometidos; entre el deseo de acelerar los tiempos y aceptar y manejar las resistencias, entre la necesidad de involucrar a la mayor cantidad de personas o marginarse como modo de preservación frente a sectores que se oponen o cuestionan el proyecto.

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