Apuntes pedagógicos

Educación y lucha de clases

La educación es importante en la vida del hombre, en tanto que desempeña las funciones de socialización y a través de ella se internalizan las normas, valores y aptitudes. La educación entonces es un proceso formativo y complejo. Al respecto, Aníbal Ponce (1898–1938)  ensayista, psicólogo, profesor y político nacido en Buenos Aires, Argentina y muerto (exiliado voluntario) en México cuando aún no cumplía los cuarenta años, deja entre ver que la educación juega un papel determinante para la emancipación o alienación de los individuos frente al sistema de turno (capitalista), pero esto no llegaría a ser posible, si no se hubiese producido la luchas de clases las cuales propiciaron las fisuras en las sociedades, la brecha entre ricos y pobres fue en su momento una disputa encarnada entre los ilustrados y los iletrados.

En su obra, Educación y Lucha de clases (1934), Ponce recoge una síntesis marxista de las formas de relación que se establecieron entre las estructuras sociales y la educación –como mecanismo de transformación y reproducción- desde la originaria sociedad primitiva hasta la constituida ya bien entrado el siglo XX. Educación y Lucha de Clases es un texto que resume el curso dictado por el autor en el Colegio Libre de Estudios Superiores, en Argentina, durante 1934. Una época en la que, después de la muerte de José Ingenieros –quien fuera su amigo desde 1920-, Ponce se vuelca totalmente sobre el pensamiento marxiano, viajando incluso por la entonces Unión Soviética, pero también por otros países de Europa, y por México, en donde fallecería tristemente como consecuencia de un accidente automovilístico.

El libro está compuesto por ocho capítulos en los cuales se presta especial atención a la sociedad primitiva, la antigua –casos griego y romano-, la feudal –edad media-, la burguesa –desde el renacimiento hasta el siglo XIX, y la moderna, que por la fecha de su publicación, apenas alcanzaba la década de los treintas del siglo pasado. Es necesario insistir en que se trata de una revisión exhaustiva, muy profunda, y ante todo rebosante de un lenguaje impugnador, contagioso, si se quiere. Apunto a continuación algunas ideas esenciales de esta obra, en la que podemos advertir la tesis central del autor.

“Creo inútil añadir, después de lo que dijimos en la clase anterior sobre las condiciones modernas del trabajo de los niños, que suponer que la escuela rechaza a una parte enorme de la población infantil -no ya por biológicamente inadaptable, que es a todas luces inadmisible, sino por no saber retenerlos mediante un plan adecuado de enseñanza- constituye una afirmación pérfidamente calculada. En vez de confesar que los niños que abandonan la instrucción primaria son los mismos que la burguesía obliga a trabajar desde temprano en el sustento de su hogar que esa misma burguesía ha previamente destruido, se prefiere echar la culpa de los “desgranados escolares” -para usar la expresión con que se empieza a designarlos- a la insuficiencia de los programas, a la pesadez de la enseñanza, a la rigidez de los horarios.

El concepto de la evolución histórica como un resultado de las luchas de clase nos ha mostrado, en efecto, que la educación es el procedimiento mediante el cual las clases dominantes preparan en la mentalidad y la conducta de los niños las condiciones fundamentales de su propia existencia. Pedirle al Estado que se desprenda de la Escuela es como pedirle que se desprenda del Ejército, la Policía o la Justicia. Los ideales pedagógicos no son creaciones artificiales que un pensador descubre en la soledad y que trata de imponer después por creerlas justas. Formulaciones necesarias de las clases que luchan, esos ideales no son capaces de trasformar la sociedad sino después que la clase que los inspira ha triunfado y deshecho a las clases rivales. La clase que domina materialmente es la que domina también con su moral, su educación y sus ideas. Ninguna reforma pedagógica fundamental puede imponerse con anterioridad al triunfo de la clase revolucionaria que la reclama. (...) “Sería un crimen contra el sagrado misterio del alma infantil -se dice- llevar hasta ella nuestras preocupaciones y nuestros odios”. Y mientras hasta en el más escondido rincón de la sociedad capitalista todo está construido y calculado para servir a los intereses de la burguesía, el pedagogo pequeño burgués cree que pone a salvo el alma de los niños porque en las horas que pasa por la escuela se esfuerza en ocultarle ese mundo tras de una espesa cortina de humo. ¿No están sin embargo, los intereses de la burguesía en los textos que el niño estudia, en la moral que se le inculca, en la historia que se le enseña?”

El verdadero educador  –continúa después- debe tener además “una  fe viva en lo divino de los principios  fundamentales de la conciencia”. “El sol de su fe en los valores eternos  no le permite  nunca desalentarse,  sino esperar siempre. ¡Qué sentimiento, aparte del religioso, podrá  ser más conveniente que éste para  el educador que tantos contratiempos tiene que  arrostrar!” “Conducir al hombre, como portador consciente de los valores eternos, a  un sentido de la vida,  equivale a erigirse en instrumento del Eterno  para la realización  de dichos valores.” Un “apóstol” sufrido y “candoroso” que soporte tranquilo la  miseria y el hambre, porque cuanta más hambre y miseria más diáfano será el apóstol, he ahí un ideal que la burguesía tiene particular interés en difundir. En directo contacto  con las masas populares sería peligroso que el maestro llegara a comprender que también es un obrero como los otros, y como los otros, explotado y humillado. (Ponce, 1934)

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