Miércoles de 2 x 1

Guten Tag, Ramón

Desde hace una década, o tal vez un poco más, una parte importante del cine mexicano se dedicó a la denuncia. Tomando situaciones como el secuestro, el narcotráfico o la corrupción de los políticos parece que se creó un género en la industria nacional.

Pese a ser necesario que una de las bellas artes tocara estos temas a algunas personas les parecía lamentable que “siempre” se hablara mal de México, y más cuando estas películas eran de una calidad incuestionable.

Ejemplos como Heli o La jaula de oro ponían el dedo en la llaga en temas tan delicados como el narcotráfico o la migración infantil, pero lo que algunos dolió más es que fueran tan bien recibidas en festivales internacionales, en especial Cannes, el más importante del mundo.

Esa molestia era mayor cuando se veía que las propuestas más light distaban mucho en calidad. Si bien el año pasado vimos grandes éxitos como Nosotros los Noble o No se aceptan devoluciones, la crítica no se tentó el corazón, en especial con esta última.

Pues bien, al fin llegó una película que puede mostrar un lado positivo de la sociedad mexicana con una manufactura de primer nivel. Se trata de Guten Tag, Ramón.

Esta película corre a cargo de Jorge Ramírez-Suárez, conocido por Conejo en la Luna. Esta vez, el realizador mexicano, asentado en Alemania desde hace más de una década, nos da una visión diferente de la migración, sin tanta tragedia como la que sufren las miles de personas que intentan cruzar a Estados Unidos cada mes.

La sinopsis es simple, Ramón (Kristyan Ferrer) es un chico de 19 años que lleva cinco intentos fallidos para cruzar a Estados Unidos, la última por poco le cuesta la vida. Vive en una ranchería de Durango donde la única opción de progresar es meterse al negocio del narco, algo que rechaza sin titubear.

Con la presión de obtener dinero para la medicina de su abuela y mantener a su mamá, Ramón recibe una idea de un amigo: migrar a Alemania. Sin migra que deporte, un país que da trabajo a quien lo quiera y la dirección de la tía de su amigo como única referencia, Ramón se embarca a esta aventura.

Ya en Europa, ni encuentra a la señora que lo ayudaría, nuestro joven protagonista está en un problema pues el dinero se le acaba y no puede ni hablar alemán. En ese tremendo se encuentra cuando conoce a Ruth (Ingeborg Schöner), una anciana que vive sola en un edificio donde todos sus vecinos son pensionados, sin familiares que los visiten y que sólo esperan su muerte de la manera más digna posible.

Ruth no sólo lo ayuda, sino que con su amistad le muestra que pese a las barreras del idioma o la cultura, cuando hay bondad eso no importa.

Es una historia que bien podría catalogarse como cursi, pero no lo es; podría entrar en la condescendencia, pero tampoco, es más, a priori entraría en la clase de lágrima fácil, pero tampoco. Las razones es que pese a ser “bonita” no es melosa.

Uno entiende las razones por las cuales Ramón quiere irse de su casa en Durango, incluso hay escenas un poco rudas del narco, pero sólo muestran lo necesario para dejar claro que la delincuencia organizada está presente pero no porque todos sean malos, sino porque esa es la única manera de salir adelante, pero tiene consecuencias.

También está el hecho del sueño, esta vez no americano, sino de llegar a otro lado. Ramón tiene todas las ganas de salir adelante pese a que su entorno no lo ayuda. Era sólo cuestión de que alguien lo ayudara para encontrar el camino.

Por otro lado hay que destacar que al tratarse de una coproducción México-Alemania eso facilitó mostrara el choque cultural pues el director prohibió a todos los actores investigar sobre el otro país.

Así, entramos a una parte de la cultura alemana: la vida de los adultos mayores. Para el mexicano es sumamente extraño ver cómo los viejitos de ese país tienen que valerse por sí mismos para sobrevivir, al habitar en pensiones especiales sin nadie que los ayude para nada.

Tal vez ahí encaja el modelo mexicano, conocido por ser servicial y amiguero, justo lo que necesitaba este grupo de personas que lo único que buscaba era un poco de alegría en sus últimos días.

El final puede pecar de extremadamente optimista, pero va acorde al ritmo del resto de la película por lo que el espectador no saldrá defraudado por la resolución del conflicto.

Propuesta que va bien en taquilla y crítica, una visión diferente de problemas como migración y la vejez. No es fatalista como en otras ocasiones, pero tampoco peca de rosa, simplemente le da un final feliz a su protagonista.

alejandro.suarez@milenio.com