En Corto

¿Son los ídolos?

Un reciente suicidio, me hizo recordar el libro "Dioses Falsos" de Timothy Keller, donde se narra una cadena trágica de sucesos similares que ocurrieron durante la crisis económica internacional de 2008, cuando el director ejecutivo de Sheldon Good, una de las más importantes firmas de bienes y raíces en Estados Unidos, se dio un tiro en la cabeza. Un administrador francés que perdió una fortuna en el fraude de Bernard Madoff, se cortó las muñecas y murió en su oficina de Madison. Otro ejecutivo danés, del banco HSBC, se ahorcó en Londres, y uno más, de la compañía Bear Stearns, se arrojó desde el piso 29 de su edificio.

El pesar y la desesperanza son distintos. Para el primero existe consuelo; no así para la desesperanza que resulta inconsolable, porque es el resultado de perder aquello que consideramos lo más grande o importante de nuestra vida.

Alexis de Tocquevillie lo advertía desde 1830 al señalar que, "el edificar nuestra seguridad y esperanza sobre los gozos incompletos de este mundo, nunca podrán satisfacer el corazón humano": y esta sería una clara descripción de lo que es la idolatría.

Al pensar en la palabra, imaginamos estatuas o imágenes ante las que la gente se postra. Antiguamente las deidades solían ser crueles, sanguinarias, difíciles de complacer y apaciguar, y aún lo siguen siendo. Porque un ídolo no es sino una adicción espiritual que colocamos en el lugar de Dios, y que absorbe nuestra imaginación, tiempo, talentos, recursos y obediencia. El ídolo contrala nuestro corazón, pasión, energía y tiene nuestra entrega absoluta. Sin embargo, los dioses falsos no solo acaban por desilusionar, también destruyen a quienes los poseen. "En el mundo existen más ídolos que realidades", escribió Friedrich Nietzsche.

¿Qué ocupa el lugar de Cristo en nuestro corazón? ¿Fama, poder, dinero, belleza, sexo, conocimiento? ¿Alguna relación? ¿Religiones o humanismo? ¿Nosotros mismos?

A lo que amamos, a eso servimos y en eso también confiamos; y si no es Dios mismo, se trata de un ídolo esclavizador, al cual nos estamos sacrificando en vida, para muerte.

Solo en Cristo está nuestra identidad y razón para vivir. Observa la cruz. Él nos ama. Se dio a sí mismo por nosotros. Solo en él hay verdadera libertad y esperanza, para esta vida y por la eternidad.