En Corto

Huellas delatoras

Ocurrió hace años en uno de esos muchos aeropuertos que hay por el mundo. Resulta que una veintena de trabajadores de la terminal aérea, asignados al servicio postal, se dedicaban a una tarea lucrativa pero ilícita: de los paquetes que bajaban de los aviones, sustraían objetos de valor y dinero en efectivo.

Suponiendo que habían encontrado "su minita de oro", prosiguieron con su actividad durante un buen tiempo sin ser detectados. El personal de la terminal sabía que algo andaba mal debido a los muchos reclamos; sin embargo, no sabían cómo proceder para atrapar a los responsables de los hurtos.

Entonces surgió una idea: impregnar con nitrato de plata internamente algunos sobres y paquetes, para después depositarlos en los bultos que llegaban al aeropuerto. Esta sustancia química mancha los dedos al ser manipulada.

Los responsables de los robos repentinamente notaron que en sus dedos aparecían manchas de color café oscuro que no se quitaban con agua y jabón, ni con desengrasantes, ni con ninguna otra cosa.

Esa era la prueba que la policía esperaba para poder actuar en su contra. Las manchas evidenciaron a todos y cada uno de los responsables. No había forma de argumentar a su favor, ni de que negaran su participación en los hechos, así que todos fueron procesados acusados de robo.

Algo similar ocurre con el pecado en nuestras vidas. Podemos argumentar que somos "buenas personas", que no somos "tan malos como otros", que practicamos tal o cual religión y que llevamos a cabo una serie de ritos, tradiciones y ceremonias.

Pero el pecado deja huellas. El pecado mancha la conciencia, afecta el corazón, la mente y aún produce alteraciones físicas: enfermedades venéreas, hígados despedazados, pulmones inservibles.

El proceso toma su tiempo. Podemos "vernos bien" y aún "sentirnos bien" durante un prolongado periodo, pero tarde o temprano se manifiesta en el rostro, la mirada, la conversación, y en las actitudes.

El pecado se alberga al interior de nuestro corazón, avanzando lenta y consistentemente, hasta que por alguna circunstancia externa emerge putrefacto, como un cadáver en una laguna.

Lo bueno es que hay solución. Basta reconocer nuestra condición y pedir a Cristo que nos perdone y limpie. Él vino a eso: a buscar y salvar al que se ha perdido.