En Corto

Aislamiento extremo

Sarah Shourd empezó a escuchar pisadas que no existían; pasaba gran parte del día en cuatro patas como si fuera un animal; siempre que giraba la cabeza veía luces que inmediatamente desaparecían. De pronto escuchó a alguien gritar, solo para descubrir después que esos gritos provenían de ella misma.

En un verano, esta mujer de 32 años de edad, se encontraba de excursión junto con dos amigas en las montañas iraquíes de Kurdistán. Durante el paseo, y sin darse cuenta, cruzaron la frontera con Irán y fueron detenidas por tropas de aquél país, quienes les acusaron de espionaje y las enviaron a confinamiento solitario y separado en una prisión de Teherán.

Sara sobrevivió a casi 10 mil horas de aislamiento, con un mínimo de contacto humano antes de ser liberada. Y fue esa soledad la que prácticamente le llevó a un estado de locura.

Los expertos aseguran que la soledad afecta funciones cotidianas del cuerpo, como el sueño, la atención, el razonamiento lógico y las expresiones verbales; pero advierten, las consecuencias más severas son de tipo mental.

En los sesentas, Estados Unidos y Canadá hicieron pruebas de laboratorio para conocer sus consecuencias. Los resultados fueron perturbadores: A tan solo unas horas del aislamiento las personas se volvían impacientes; luego se volvieron altamente sensibles; posteriormente empezaron a ver alucinaciones, como ardillas marchando con sacos sobre sus hombros, perros que estaban en la celda, bebés que les rodeaban, e incluso uno de ellos "sintió" que le dieron un balazo en el hombro. La mayoría solo estuvo dos días aislada, y nadie llegó a la semana.

Es curioso, hoy vivimos "solos" cuando estamos rodeados de personas. Sin embargo, el peor de nuestros aislamientos consiste en separarnos de Dios, y esto ocurre cuando pecamos.

La vida que en algún momento fue maravillosa, hoy resulta insoportable. En nuestra alucinación pensamos que Dios no existe y, que si existe, no nos ama. Que se ha olvidado de nosotros. Que no le interesamos.

Pero la Biblia dice todo lo contrario. Dios nos ama a pesar de lo que somos, y por eso envió a Jesús en nuestro rescate. Él vino a buscar y salvar al perdido; a liberar al oprimido y cautivo, a sanar a los quebrantados de corazón.

Jesús quiere y puede salvarnos. Solo hay que pedírselo.