ARTICULISTA INVITADO

La política como impostura

La política  en México es una impostura que cada vez más deja la máscara de lado, para mostrarnos la obra maestra de sus agentes.

A casi veinte años de distancia de haber inaugurado el régimen de transición democrática en el país, es cada vez más claro que la patente de corso ostentada por el sistema muestra fuertes signos de ilegitimidad y muchos reflejos de tiranía. No hace falta leer los informes del PNUD, ni las investigaciones más sesudas de nuestros institutos de investigaciones sociales, para advertir el grado de involución de nuestra sociedad, tristemente reflejada en nuestro sistema político.

Tan sólo basta leer algún fragmento de El Periquillo Sarniento o Los bandidos del Río Frío para reconocernos en el siglo XIX, para constatar que la política sigue siendo un negocio de unos cuantos, que el verticalismo se traslada a todas las esferas de la sociedad y que el gobierno justo es una utopía del cinismo ilustrado, el cual busca un cambio sin adjetivos —en ocasiones sin sujetos—, para que todo siga igual.

México se enorgullece en su gatopardismo: Vicente Fox nos habla de la necesidad de un diálogo con la delincuencia; Felipe Calderón, a través de Margarita Zavala, emprende una lucha democrática en el PAN, cuando él puso el ejemplo de tiranía; Peña Nieto nombra un secretario anticorrupción proveniente de su misma facción; y Andrés Manuel López Obrador se lava las manos de su designación de candidatos, como el triste caso de Ricardo Abarca, con el fin de la obtención del poder.

Así podríamos continuar enumerando los asaltos ilegítimos de la clase política mexicana, que no está desvinculada de toda una red de grupos de presión y poderes fácticos, urdimbre que cala hondo y que no desaprovecha la ocasión para estigmatizar a la sociedad de los mismos vicios que los mantienen como dueños y señores.

Los personajes de la política nacional y local, unos envueltos en la aureola de la ética política y otros esgrimiendo sus estudios de doctorado en el extranjero —como si la tecnocracia sea la panacea—, se han investido de capacidades y talentos que con el paso del tiempo, resultan ser imposturas geniales de la grilla.

Viene a cuento la novela El impostor de Javier Cercas, en donde se exploran las diferentes concepciones de la mentira, así como la encarnación de ésta, en personajes destacados de la vida pública y privada. De tal manera, la impostura no solamente se manifiesta en la particularidad de Enric Marco (personaje real que se hizo pasar como antiguo prisionero de un campo de concentración nazi), sino que encarna en la historia viviente de España, en el olvido de su pasado franquista que hizo posible los pactos de la Moncloa, tan admirados por cierta elite intelectual mexicana, pero tan denostados en la actualidad por las renovadas fuerzas políticas del país ibérico.

La política en México es una impostura que cada vez más deja la máscara de lado, para mostrarnos la obra maestra de sus agentes. Los avances que se han tenido resultan estériles cuando se hace un balance de los avances reales en materia política; sin embargo, eso le alcanza al presidente Peña Nieto para hacer visitas a la corte de Inglaterra. La política pertenece en estos momentos a los mirreyes (Ricardo Raphael, dixit), personajes pintorescos de la política nacional, detentadores de la riqueza ajena y defraudadores de la confianza ciudadana. Este régimen que impulsa la desigualdad y la frivolidad en la esfera pública, por desgracia, tiene intención de perpetuarse.