ARTICULISTA INVITADO

Ciudadano Metro

Cinco de la mañana en punto, y el operador enciende el tablero de controles del tren 01 con dirección a la estación Exposición. Frente a él se encuentra el cronómetro que cuando llegue a ceros le marcará el momento de cerrar las puertas y emprender el viaje. A lo largo del día, vienen y van, pitan al hacer su entrada triunfal a la estación en turno, haciendo sentir sus pasos por los rieles del metro de Monterrey.

Desde temprano la gente se arremolina en los cajeros automáticos para comprar los pasajes, primer prueba de esfuerzo para el relajado viajante, el cajero escupe el boleto de mala gana probando sus reflejos, como sutil advertencia de la realidad de la ciudad. Sube y baja el pasaje, sin tomar precauciones de los que salen del vagón. Monterrey se ha vuelto irreflexivamente autómata, largas filas de personas nos movemos por las escaleras eléctricas, absortos en la rutina diaria, preocupados por el porvenir, con los auriculares instalados en las orejas y ansiosos que sea fin de semana.

Pero el transporte colectivo Metro puede ser capaz de romper esas burbujas de egoísmo, porque para bien o para mal, la presencia de toda la infraestructura cohesiona de una manera misteriosa la multitud congregada en las horas pico. Y eso es el desencadenante del drama: empujones para entrar a los vagones y sus normales apretujones, el conocimiento de los humores ajenos, peleas por un roce involuntario o romances al filo del andén.

El Metro es un espectáculo a cualquier hora o día, es un escenario ambulatorio de tragedias y alegrías, de clases sociales y de modas estacionales. Una gran vitrina para la literatura, el rock y los puestos ambulantes, o también, una enorme instalación con murales al graffiti.

Después de 2 líneas de Metro y 32 estaciones después, el sistema de tren ligero de la capital de Nuevo León, resulta 50 centavos más barato que el brindado en la ciudad de México.

El tren de Metrorrey, con sus 40 grados de temperatura en verano, es un baño sauna con pequeños oasis de corrientes de aire y sin ningún bebedero a la vista. En invierno, un congelador con ventiscas árticas, sin tener a la mano, algún perro San Bernardo con barrilito de whisky. Sin embargo, el metro ha triunfado, a pesar de su insuficiente alcance, el colectivo por antonomasia ha vencido al guajolojet.