Anarquistas en Monterrey y con el agua hasta el cuello

 ¡Sorpresa!, en Monterrey parece que ya impera el anarquismo porque los ciudadanos hacen y deshacen su vida, de la misma forma que los gobernantes, “sin amo ni soberano”

Después de las inundaciones y tragedias que nos dejaron las lluvias en la zona metropolitana de Monterrey, llegaron las culpas.

Por ejemplo, en el caso del lago con cascada que se creó en Lázaro Cárdenas, el municipio dijo que el paso a desnivel no era obra suya, con eso los ciudadanos volteamos la mirada al Gobierno del Estado, quien a su vez declaró que la obra fue federal, asunto de la SCT y de la constructora que contrató.

Así la culpa, la constructora dijo que su obra no está terminada aún y la SCT nos recuerda que la basura tapó las alcantarillas originando la crecida en las avenidas.

El municipio de Monterrey, responsable de levantar la basura, asegura que organizó brigadas previas a las lluvias para evitar que se taponearan las alcantarillas, pero señala a los ciudadanos que no dejan de tirar basura en la calle, ¡Uf!

Tenemos un círculo vicioso donde nadie es responsable.

El revolucionario francés Pierre-Joseph Proudhon, de los padres del pensamiento anarquista, explicaba que este movimiento se encaminaba a buscar una sociedad futura “sin amo ni soberano”, asunto que muchos pensadores consideran que es una utopía, una de esas cosas que se piensan muy bonito pero que no se pueden realizar.

Pues ¡sorpresa!, en Monterrey parece que ya impera el anarquismo porque los ciudadanos hacen y deshacen su vida, de la misma forma que los gobernantes, “sin amo ni soberano”.

No hay respeto por la autoridad, los ciudadanos tiramos la basura donde sea, total, “que la recoja el municipio que para eso se le paga”; nos paramos con el auto en doble (hasta triple) fila, mientras no llegue un tránsito a multarnos; buscamos la forma de sacarle la vuelta a la antialcohólica, en lugar de no manejar ebrios (ahí están los accidentes); pagamos una mordida  para construir donde el inspector dice que no se puede (el que no transa no avanza); y cien cosas más de la que somos culpables y que la autoridad es cómplice.

Por el otro lado tenemos una autoridad (municipal, estatal y federal), que hace lo que quiere, “sin amo ni soberano”, sin respetar a los ciudadanos (soberanos de ellos en una democracia) y construyen obras mal hechas o a precios inflados, aceptan mordidas en todos los trámites posibles, hacen como que prestan los servicios, cambian los planes de desarrollo a conveniencia, realizan reglamentos a modo, manejan las finanzas opacas y sin rendición de cuentas, abandonan su responsabilidad para buscar otro puesto en las próximas elecciones… y cien cosas más de las que la autoridad es culpable y que nosotros como ciudadanos somos cómplices por no castigar.

El asunto, estimado lector, no es menor porque como ya lo vivimos, el agua nos está llegando al cuello.

La falta de responsabilidad cívica que tenemos es directamente proporcional a la falta de compromiso social que muestran los gobiernos en todos los niveles.

La base de la democracia, el éxito de esta forma de organización de gobierno, comienza por eso mismo: organización.

Una población organizada sin duda tiene un gobierno organizado.

Me gustaría ver en adelante que enfrentemos como ciudadanos el asunto de las inundaciones, que busquemos en nuestro barrio y entorno una manera de que la basura no se acumule antes de un aguacero, que se platique entre vecinos si la autoridad está cumpliendo o no.

Me gustaría que este diálogo, compromiso y orden lo llevemos a todos los ámbitos y que se lo podamos transmitir a los candidatos que, desde febrero próximo, nos pedirán votar por ellos.

Organizados, responsables y unidos, tal vez podemos elegir en esta ocasión buenos gobernantes, para que nunca más nos llegue el agua hasta el cuello.

alejandro.gonzalez@milenio.com