El perro negro

Hasta siempre…

Debo reconocer que no fui ni soy un gran lector.

En el paso de la niñez a la juventud leía poco: los comics de Batman, historias policiales y todo aquello que tuviera que ver con el mundo de lo paranormal, lo desconocido o lo relacionado a un cielo y un infierno. Recuerdo entonces que en México se vendían dos revistas que me costaron varios “domingos” y regaños: una era “Duda”, cuyo slogan, “Lo increíble es la verdad”, era en sí mismo una invitación al mundo de lo oculto; la otra era “Contactos Extraterrestres”. Esas eran lecturas obligadas para mí. 

Entonces sabía mucho menos que ahora de tendencias, autores, premios Nobel y reconocimientos literarios. Sigo sin saber, pero imagine usted mi ignorancia en esos tiempos, cuando desconocía quién era tal o cual autor y no me interesaba averiguar al respecto. Mucho menos la poesía, ni la narrativa, ni nada que tuviera que ver con el mundo de las letras.

Recuerdo que desde secundaria el docente de español nos obligaba a leer a “los clásicos” para poder evaluar nuestro avance en la materia. Lo hice, claro está, para aprobar el año académico, jamás para disfrutar propiamente de la actividad. Así pasé tres años, sólo leyendo “por compromiso”.

Llegué a la preparatoria y conocí a Rodolfo. Corría el año de 1983. Él estaba recargado en un pilar de la escuela, despreocupado, perdido en las interminables páginas de un libro. A pocos metros le observa sentado en una jardinera, fumando. Pasaron semanas en esa actitud, suya y mía. La enorme diferencia en la imagen durante esos días fueron sus gestos, a veces de molestia, a veces divertido y, otras tantas, preocupado y hasta triste.

Un buen día había cambiado de texto y no quise quedarme con la duda. Me acerqué y le pregunté cuál era el libro que había estado leyendo. Cien años de Soledad, ¿quieres leerlo? Ni siquiera había terminado la frase cuando ya lo había puesto en mis manos. Me lo regresas, ¿eh? Él siguió en su pilar con más libros y yo seguía fumando y leyendo al colombiano. No recuerdo cuánto tiempo pasó antes de terminarlo; de hecho, no sé ahora si fueron semanas o meses, pero regresé y le agradecí por haberme involucrado en ese universo con una frase: “esta madre me atrapó”. Se atacó de risa, estrechó mi mano y respondió convencido: sí, Gabo escribe bien.

Pasó el tiempo y con él varias recomendaciones más. Algunas las acepté, las pocas, porque, hay que ser honestos, había actividades más importantes entonces que “perder el tiempo leyendo”. El punto es que poco antes de entrar a la facultad ya había leído La Hojarasca, El Coronel no tiene quien le escriba y El Otoño del Patriarca.

Rodolfo eligió estudiar leyes y yo me decidí por la comunicación social.

En 1987 nuestros caminos se separaron definitivamente porque él debía hacer prácticas y empezar a litigar y a ir a no sé dónde, con no sé quién, para no se qué. La última vez que convivimos fue una fiesta en la universidad. La mayoría bebía cerveza, algunos ron y un sector -el más jodido, por cierto- charlábamos y reíamos acompañados con botellas de charanda y cigarros de esos que olían a Maple. En algún momento él se levantó y me pidió que le acompañase por su novia, que estaba en un edificio aledaño a su escuela, en el cerro de Coatepec, en Toluca. Atravesamos el pasillo y los jardines que separaban ambas estructuras para encontrarla. No estaba sola, su primo Abd-el también había sido invitado a la fiesta, a la que los cuatro regresamos para seguir hasta casi el amanecer.

Resultó que el buen Abd-el, de padre libanés y madre mexicana, era un férreo seguidor de García Márquez y me contó que el colombiano era periodista y que sus cuentos eran mejores que sus novelas y que había ganado el premio Nobel y no recuerdo cuánto más. Me intrigó.

No pasó mucho antes de que disfrutara de la Increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, Relato de un Náufrago y algunos cuentos.

Le dí razón. Desde mi muy particular punto de vista Ojos de Perro Azul y El Rastro de tu Sangre en la Nieve representan sobradamente el hacer del escritor, idea que compartió conmigo la mujer que luego se convertiría en mi esposa y que disfrutó escuchando en mi voz esa historia…

Ella quería leer los 12 cuentos peregrinos y recuerdo que se lo regalé una Navidad, junto con un reloj que quedó atrapado entre el tiempo y un cajón…

Sí. Como muchos, leí con gran pasión varias obras, crónicas y notas de García Márquez. Para mi generación es referencia obligada. Después de todo, un cronista de su tamaño no podía ni debía permitirse pasar desapercibido.

Él menos que nadie.

Tuve la oportunidad de saludarle hace años, en la librería Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo, en el DF. Creo que era 1999. Hurgaba entre los ejemplares de oferta cuando le observé entrar sin nadie que le prestara mayor atención.

Me acerqué, extendí mi mano, me presenté y no me aguanté y se lo dije: “maestro, es usted un gran ejemplo a seguir y quiero que sepa que me gustan más sus cuentos”. Sonrió, agradeció el gesto y me dijo que alguna vez lo había pensado también. Le pregunté qué recomendaba a quienes nos dedicábamos al oficio periodístico. Nunca dejar de escribir, respondió. Agradecí la respuesta y, luego de pedir su autorización, tomé el primer libro de su autoría que tuve al alcance y le pedí que me lo dedicara… No hablamos más de dos minutos. Tuvo que, literalmente, huir del lugar ante las presiones de seguidores y admiradores que ya eran decenas en ese pequeño espacio.

Desapareció a paso acelerado por la avenida, entre los autos.

Gracias al trabajo de Gabriel García Márquez conocí increíbles seres humanos que, no lo niego, han marcado mi vida: su obra me acompañó en no pocas juergas, me presentó a entrañables amigos y hasta provocó amores y desamores.

Por eso no creo ni exagerar ni mentir cuando digo que el mayor tesoro que hay en mi pequeña biblioteca es y ha sido Noticia de un secuestro.

Gracias maestro.

Hasta siempre Gabo.

@aldoalejandro