Pa' no molestar

Ella fue una vez razón y referencia…

Hace demasiado viento y está helado. No hay sitio hacia el que uno gire la cabeza en el que no se perciban figuras similares de todos tamaños y edades cubiertas con una enorme variedad de prendas, aunque la diferencia es el uso, porque algunos las utilizan para contrarrestar y otros para proteger y, créame, no es lo mismo.

Muchos se han organizado y van puerta por puerta en las diversas casas de los diferentes barrios y colonias de la ciudad para pedir, en nombre de los otros, los que en esta temporada se convierten en otro grupo vulnerable de la gran sociedad del siglo XXI, apoyos como alimentos o ropajes abrigadores o medicinas.

Luego de varios días han logrado recolectar chamarras, suéteres y abrigos, varias cajas de medicamento diverso y muchas más con alimentos no perecederos y enlatados.

El sindicato, una de las organizaciones más fuertes en la urbe, facilitó las instalaciones de su auditorio para habilitar en el lugar una especie de comedor comunitario y ofrecer a los sin techo la posibilidad de pernoctar a resguardo de los elementos con comida caliente, camastros y cobijas y baños en los que pueden ducharse con agua calientita.

Eso sí. No se permite la ingesta de bebidas embriagantes, el acaparamiento y mucho menos el abuso. Todos tienen aquí las mismas posibilidades porque comparten una condición de marginalidad que ofende la retórica triunfalista, una pobreza que lástima las “buenas intenciones” y una jodidez de esas que por grotescas resulta mejor evadir… al menos para las autoridades.

Lo realmente curioso es que los voluntarios han confirmado, otra vez, que la población económicamente menos agraciada es la más desprendida, la que comparte, la que valora de alguna forma el real significado de la palabra “humanidad”. En los barrios pudientes no se obtiene mucho… en esos lugares nadie obtiene nada.

 

***

Estaba en el asiento de atrás cuando las vio subir al autobús y ofrecer el pase de abordar al conductor. “Qué pinche mala suerte, carajo. Espero que no me vean”, así que poco a poco trató de deslizarse al asiento junto a la ventanilla para fingir que dormía y evitar todas las clásicas preguntas que surgen en un encuentro así, pero la verdad es que sentía un cariño y una gratitud especial por la señora y toda su familia. Bueno, casi toda.

Cuando se acercaban observó que la mujer de mayor edad no le había reconocido, pero sí lo había hecho su acompañante. Era ella.

Toda una serie de sentimientos se agolparon uno tras otro en su pecho recordando el pasado que tanto tardó en olvidar. De la sorpresa pasó al desgano, a la emoción, al desprecio y al rencor, todo en menos de 10 eternos segundos.

Cuando se dio cuenta, ya se había puesto de pie y sonreía a la mujer quien, aunque un poco encorvada, conservaba todavía esa gran sonrisa que empequeñecía sus ojos.

- ¡Hooooolaaaaaa! ¿Cómo has estado?, ¿a qué te dedicas?, ¿te casaste?, una vez te vi en la foto del periódico con otros de tus compañeros de la generación, hasta guardé el recorte. Tú sabes cómo te queremos en la familia y cuando les diga a los muchachos sobre esta feliz coincidencia van a querer saberlo todo. Anda acércate y dame un gran abrazo. Mira quién viene conmigo, la recuerdas, ¿verdad?    

Claro que la recordaba. Ella fue una vez razón y referencia. Tenía entonces las piernas muy delgadas y una voz inquietante. Era vanidosa, superflua y bastante torpe en cuestiones escolares, detalles que todos a su alrededor detectaban de inmediato, a excepción de él, por supuesto, quien solo veía una especie de ama a la que había idealizado a fuerza de tanta atracción. En ese entonces dejó de ser un hombre y se convirtió en un real perro faldero que hacía y actuaba como ella quería hasta que, meses después, él entendió el valor real de alguien tan ruin y manipuladora. Demasiado tiempo desperdiciado, demasiadas esperanzas.

- … ¿la recuerdas, verdad?

 

***

Todos andan. Lucen cansados y ansiosos por llegar. Algunos llevan aún puesta la ropa de trabajo y la gran mayoría tiene las manos ocupadas con sus loncheras. Algunos avanzan charlando animosamente con otros que hacen lo propio sonriendo por la pronta llegada al hogar y la posibilidad de abrazar a los pequeños; otros, los solteros sin familia y obligaciones, planean una escapada a la cantina para ver el partido ahí con un buen par de cervezas heladas y, quién sabe, con la nada despreciable posibilidad de que lleguen también algunas mujeres a pasar el rato y beber alguno de esos cocteles de nombres extraños y mezclas inimaginables, aunque hay algunas que disfrutan de un buen tequila “derecho” o una cerveza directa del envase; hay otros que están perdidos y solo avanzan al ritmo, sin preguntar o hacer.

Esos últimos forman un grupo numeroso, pero como están distribuidos entre todos los demás es difícil ubicarles. Son los enfermos, los que no piensan, sienten o creen en algo. Lo mismo les da un encuentro de beisbol en televisión que uno de lucha libre narrado en la radio. Ellos solo caminan porque saben que es necesario llegar a un lugar para algo. No saben qué, pero deben llegar y por eso caminan sin prestar atención a los costados, a las minifaldas, a los perros amarrados o las gráciles y divertidas voces que surgen de las bocinas en el carrito del tamalero allá, en la otra avenida.

Caminan y se mueven automáticamente, distraídos pero conscientes del objetivo (llegar). No ven la profunda hendidura en la tierra y tampoco el nuevo puente por el que solo pueden pasar de a dos por turno. Afortunadamente hay compañeros que saben de su existencia y les esperan en la orilla para detenerles o guiarles según sea el caso. Están acostumbrados a tal faena porque así actúan desde que laboran en la parte alta del edificio, donde a alguien se le ocurrió la interesante idea de hacer una especie de jardín solar para nutrir de energía a todas las áreas del edificio central.       

Allá vienen otra vez y su animosidad es contagiosa, excepto la de aquel, el de la enorme chamarra verde de gabardina que se distrae, como los demás, con las dos mujeres que ascienden al autobús. Una le es familiar pero no se detiene a pensar más en ello porque ahora cuelga de una barra metálica. no prestó atención y avanzó más allá del límite permitido, afortunadamente sus reflejos se mantienen intactos y la saliente se convirtió en el más extraño salvavidas. Algunos se acercan curiosos para ver qué sucede y solo uno se tira al piso para sujetar el brazo izquierdo del infeliz colgante.

Lo jala y gira, movimiento que provoca en el salvado un gesto de dolor y un quejido…

 

***

Verdad. Sobre todo la última vez, cuando bailaba en la fiesta de graduación y desde el centro de la pista fingía desinterés mientras allá, al fondo, él destapaba la primera de muchas botellas que todavía se continúa sirviendo, aunque antes era por olvido.

Claro que recuerda. Una vez, durante un paseo, ella se sentó lejos en el vehículo familiar, pero su cabello quedó perfecto al alcance y él viajo todo el tiempo acariciándolo sin que se diera cuenta. Sabe que no guisa, no le gusta y las veces que lo intentó terminaron comiendo tortas o tacos en el mercado por su nula capacidad en las artes culinarias. Sabe que tenía un problema en la planta de su pie derecho y por eso usaba una incómoda plantilla que le impedía andar en tacones.

¡Claro que la recuerda! Ella ama el color azul marino y detesta los gritos y odia a los tipos groseros que disfrutan de alcoholizarse y ni hablar de quienes saben algo que ella no. Tiene un lunar en la base del cráneo en forma de corazón cubierto por su cabellera siempre larga y siempre ondulada (argumentaba que le hacía lucir más atractiva) y tres más cerca del hombro, en el brazo derecho. Adora el chocolate amargo y sus flores favoritas son las rosas blancas. Le gusta la música en español, especialmente las de su época, y siempre fue una gran manipuladora, por eso estudió lo que estudió.

Hola…

 

***

Hay docenas de cajas y bolsas de ropa ya llenas. También hay algunas con calzado para hombre y mujer y todos pueden pasar y elegir algo que les quede. No hay problema, para eso las trajeron.

En el lugar hay familias enteras que han debido abandonar sus cuartuchos ante la posibilidad de que la temperatura disminuya más. Los niños corren de aquí para allá y los adultos se han sumado a las tareas y algunos sirven alimentos, otros limpian, otros ayudan a quienes la edad o la enfermedad les impide valerse por sí mismos y otros siguen afuera recorriendo las calles por si alguno quedó atrás. Nunca está de más un último reconocimiento.

Dos hombres caminan y deciden que ese camastro es el mejor y al tiempo depositan sus pocas pertenencias sobre las cobijas. Se miran y deciden dejarlo al otro. Recogen lo que tienen y giran para alejarse en oposición al otro y empezar la nueva búsqueda de otro mueble en el que dormir. De repente giran. Se reconocen entre todos los ahí expuestos y se abrazan. El aliento de uno es tan fuerte como destilado de caña que bebe cada día y el brazo del otro tiene aún las cicatrices. Ambos viven.

 

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Ella intentó abrazarle pero él se resistió, aunque no pudo evitar el beso en la mejilla… qué pinche asco…

alejandro.evaristo@milenio.com