Pa' no molestar

El telar… la flor de la abundancia

Sonríe. Es una de esas mujeres para quienes el calificativo “fuertes” resulta ser muy débil.

Tiene a su cargo enormes responsabilidades y las enfrenta y saca adelante porque su carácter es así, como ella es ahora por el tiempo y las circunstancias: entrona, comprometida, valerosa…

Esta vez esta sola. El pequeño no vino a ayudar esta jornada, así que tiene tiempo para ver a sus clientes y hablarles y atenderles con calma, sin presiones de ningún tipo excepto la de hacer y dar lo mejor.

Hoy es un día especial porque es cuando más gente pasa por el negocio, así que vistió una llamativa blusa y una falda no menos hermosa, no tuvo oportunidad de hacer la tradicional coleta en su cabello y decide que hoy eso no importa. No hay gota de maquillaje en su piel ni aromas ajenos a los de su cuerpo. Se sabe tan mujer como cualquiera y por eso apuesta por su naturaleza real, la que no necesita esconderse tras maquillajes y perfumes.

Antes del amanecer se dio tiempo para dejar preparado el desayuno del pequeño y también el de la abuela hoy convertida en nana. Comió un trozo de pan de anís y bebió un te calientito con poca azúcar porque no quiere padecer las mismas que su padre, ni sufrir sus dolores, ni llorar por sus gastos, ni reclamar sus amputaciones. Ella no quiere morir, al menos no todavía…

***

El teléfono vibró en su bolsa de mano, le había quitado todo el volumen porque habría una importante junta con la gerencia comercial y no quería ser el negrito en el arroz si el aparato hacía de las suyas mientras escuchaba los comentarios, informes o propuestas de los jefes. De hecho debía hacer una exposición sobre el último volumen de ventas, así que entretenida como estaba en preparar la documentación y las carpetas para cada uno de los asistentes, olvidó que sobre su escritorio había dejado su otrora inseparable aditamento femenino.

El suyo fue el mejor trabajo del mes y le recompensaron con un bono de 3 mil pesos que el administrador ya llevaba listo en un sobre amarillo, como siempre. Pensó en comprar el abrigo negro que tanto le gustó en aquella tienda departamental, en surtir la despensa hogareña y hasta en guardarlo para el próximo periodo vacacional y cambiar el tradicional balneario atestado de gente por alguna playa cercana, quizá Tuxpan o Acapulco. Esa era una decisión que se debía tomar en familia.

Recordó que su teléfono estaba en la bolsa porque alcanzó a ver de reojo la lucecita blanca destellando, señal de un mensaje o una llamada no atendida, así que sacó el aparato y lo revisó.

Sonrió al escuchar el tono.

Al otro lado de la línea, la voz femenina le saludaba cariñosa. Una oportunidad… dinero… sin riesgos… debemos hablar. Acordaron verse a las 7 en la nueva cafetería, la de sillones mullidos en la hermosa terraza y mejor vista, ubicada en uno de los mejores sitios de la avenida principal.

El encuentro fue como cada vez, sin variantes: expresiones de felicidad apenas cruzaban miradas, un abrazo interminable y las manos de una apresadas en las de la otra; luchar por ser la primera en hablar y también por arrancar el turno; saborear la charla y el pedazo de tarta o pastel o gelatina mientras se ponen al día sobre sus respectivas familias y retos y amores.

El momento oportuno fue justo antes del primer último café del día. Pregunta por la propuesta, escucha atenta, analiza los riesgos, plantea dudas. Decide que sí… es una buena oportunidad para engrosar un poco las arcas familiares. Pero hay dudas. No sabe cómo hará para convencer a 10 personas de hacer lo mismo con la misma cantidad y diferentes preguntas.

- Los demás no te conocen como yo, no sé si pueda.

- ¡Claro que puedes, mujer, tú puedes todo!

Le entrega el sobre tal cual lo recibió, le habla de confianza y su respuesta le tranquiliza: jamás te involucraría en algo que pudiera lastimarte de alguna forma…

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El suyo es un hermoso vestido negro adornado con motivos florales. Como en otras ocasiones le han preguntado si tiene precisamente ese modelo a la venta, por ello decidió pedir tres cuatro en diferentes tallas y le dio resultado. En el último mes ya vendió dos.

La venta de esta tarde ha sido más o menos regular y el clima ha resultado bastante favorable. No hay lluvia y el sol ha dado tregua a la gente en la calle, la que va y viene, la que calza zapatos de seguridad y también la de zapatillas amarillas con tacón alto y tenis de marca y botas vaqueras.

Ella tiene una especial fascinación por los rostros, disfruta jugar y adivinar a los otros sobre sus propias vidas: “es licenciado y le debe ir bastante bien”, “se pelearon, seguro él tiene la culpa y por eso ella ni caso le hace”, “ese chamaco es un mañoso, ya lo caché viendo las piernas de la señorita esa, la de la bolsa roja”, “mira no más, tan chulo que estaba cuando llegó y ahora…”.

Una llamada. Cuando observa la pantalla se coloca en una posición más cómoda a la habitual y, en su mejor español, contesta con el tono más dulce que es capaz de emitir: hola, no pensé que llamarías…

***

Ya pasaron varios días y en el armario no hay un abrigo nuevo. La despensa no tiene más artículos y el plan vacacional ha empezado a tomar forma de parque acuático. En la mesa del comedor está el aparato. Camina hasta ahí. Lo toma, busca el nombre agendado y lo vuelve a dejar sobre el mantel blanco. Se sienta en la silla más cercana. ¿Debe llamar?, ¿y si se ofende porque siente que la presiona y desconfía? Se sobresaltó con el escándalo del nuevo tono agregado al teléfono. Un mensaje. Ella. Responde: claro, por la tarde, en el privado del restaurante italiano. Ahí estaré.

La recepcionista pregunta si tiene reservación y ella especifica que le citaron ahí, en el salón privado. Ah, usted viene a la fiesta, acompáñeme por favor. Caminan entre las mesas sin prestar atención a los comensales que las ocupan.

Cuando abre la puerta, observa a una decena de mujeres más y entre todas está ella. Hay globos, un pastel y el servicio de alimentos atendido por un mesero de corbatín negro y camisa blanca. Entonces cae en la cuenta. Ya no hay risas ni charlas ni murmullos. Se siente observada y escucha la conocida voz dirigiéndose al resto.

- Y aquí está nuestra ganadora semanal, recíbanla con un fuerte aplauso.

El barullo renace con risas y gritos y felicitaciones, se le acercan, la abrazan, le dicen que la suerte le ha sonreído. No sabe cómo reaccionar hasta que escucha la amistosa voz tras de sí y un gran abrazo por la espalda.

- Te lo dije. Aquí esta lo prometido.

Recibe el sobre y descubre el grosor. Se emociona y no puede evitarlo. No sabe qué decir. Retira la grapa que aprisiona al papel y saca los billetes de diferentes denominaciones. Son 12 mil pesos. Agradece, abraza, llora, ríe. Las demás celebran.

A cada una llegará su oportunidad. Puedes dejar 3 mil pesos y traer a otras 10.

***

Alguien se acerca y pregunta por las bolsas, por los juguetes de madera y las otras artesanías desplegadas sobre el plástico en la banqueta. La cientela se va con las mismas dudas porque ella no responde, está atenta a la voz del otro lado. Es un  hecho, hoy ya no venderá nada...

***

Otra vez el teléfono. Faltan siete de sus invitados, ¿cuándo los llevará? Responde que no es posible, no logra convencerles porque dudan. En la TV y los periódicos dicen que lo que hace es fraude y que es delito y podrían ir a prisión por ello.

Ella lo niega y se hace el silencio. ¿Sabes qué? Mejor ya no. Así déjale, me quedo con los 3 mil pesos que me diste para pagarles a las demás y seguimos tan amigas.

Y sí. Cada una recibió sus 9 mil pesos,  no los 12 mil prometidos, aunque en realidad fueron 6 mil porque 3 mil los habían aportado de inicio...

alejandro.evaristo@milenio.com