Pa' no molestar

Los placeres de la carne

Le había prometido pasta, ensalada de verduras y hasta puré de papa, así que caminé hasta el centro comercial para hacerme de los productos necesarios para preparar el banquete que, confiaba, me permitiría disfrutar de su compañía más allá de los muros de su oficina y la tablaroca de la mía. El pretexto era la casa nueva, la recomposición de lo que algunos románticos llaman “lo nuestro” y el conocerle más a fondo en una serie de nuevos proyectos, ideas y compromisos.

Una vez soñé que nos encontrábamos en un restaurante allá en Reforma, que almorzábamos y el postre, que a la larga se convertiría en el plato fuerte, eran sus labios. Así: chiquitos, carnosos y apremiantes. Ahora que lo pienso, daría la vida de cualquiera por un beso de esos labios que ahora no están a mi alcance.

Ella es perfecta. Mira a través de sus ojos pequeños y avellanados cuando le llamo, le platico, le despierto y le ofrezco el café matutino. Cuando sonríe y me percato de que es la misma de siempre porque no necesita ocultar su belleza tras toneladas de maquillaje, descubro que mis manos vuelan y bailan y corren y juguetean en y con su cuerpo. Ella enloquece conmigo porque soy lo suficientemente infantil para arrancarle carcajadas de simplezas y nimiedades.

Ella es feliz en este absurdo y yo… vamos, yo ahora soy gracias a ella.

La puerta automática se abrió y avancé despacio. Como no soy un tipo de costumbres no hice lista de compras. Miré hacia el fondo mientras trataba de recordar los faltantes y los necesarios.

Espagueti, salsa, pan, mantequilla, servilletas, detergente para ropa y jabón para trastos. Espagueti, salsa, pan, mantequilla, servilletas, detergente para ropa y jabón para trastos. Espagueti, salsa, pan, mantequilla, servilletas, detergente para ropa y jabón para trastos…

En esas andaba cuando me percate de su presencia. Estaba apenas a unos metros de distancia y yo, aunque lo intenté, no podía dejar de observarla. Sé que puedo llegar a ser incómodo cuando lo hago. Mi mirada, dicen algunas personas que han tenido la mala fortuna de conocerme, es “pesada” (cualquier cosa que ello signifique). Intenté acercarme, pero me contuve. Estaba en el centro comercial con un objetivo y ella no era parte del menú vespertino… al menos eso pensaba.

Opté por alejarme. Me dirigí hacia el área de verduras y elegí papas, chiles verdes (de los serranos como les llaman) y unas ramas de apio; también una papaya, algunas toronjas y… ella estaba a la distancia, tan lejos como para justificar el reto y tan cerca como para rehuirle.

Llegué al pasillo de enlatados y busqué la salsa. No sabía por cuál decidirme: había con champiñones, de carne, de queso, natural, extra; en envases de vidrio, en latas y en tetrapack, en diferentes cantidades y presentaciones y… no podía dejar de pensar en ella.

Realmente llamaba la atención. Todos la miraban, pero ninguno osaba acercarse. En ellos era evidente la lascivia y el deseo enfermizo; ellas la barrían con los ojos, escudriñaban su presentación, la criticaban en silencio, codeaban a su pareja para que avanzaran y, molestas, obstruían la visibilidad y el panorama. No mentiré, al menos tres se acercaron lo suficiente e incluso me pareció ver que la tocaban. Aunque no tengo la certeza pecaría de insensible si no reconociera que hubo una reacción en mi cuerpo…

Ignoro cómo, pero me contuve nuevamente. Siempre he tenido problemas para establecer un primer contacto, para acercarme e iniciar una charla casual, incluso para convivir con otros seres humanos... a veces creo que sí soy misántropo. Como sea.

En casa hacían falta algunos artículos de limpieza, así que giré para caminar hacia la sección de detergentes y líquidos y ahí, en ese firme y prudente giro, hubo un momento en que me sentí observado. Quise voltear pero ¿para qué? Pese a la estatura y la complexión, regularmente paso desapercibido y, además, ella era demasiado.

No lo niego, me encantan las mujeres. Las adoro. Especialmente las que son como guitarritas, las que puedo atrapar en un abrazo y que solo atinan a emitir un sonido parecido a una queja, aunque en realidad es una invitación a avanzar un poco más en el oscuro y discreto mundo de la intimidad. Ese donde las palabras se transforman en colores, los olores en movimientos y los besos hablan a gritos exigiendo espacio para expiar culpas; ahí, en el lugar donde las aves vuelan en silencio hacia un horizonte definido por la piel y sus contornos, por la humedad y los suplicios del espacio y tiempo. Me gustan así, al alcance de mi boca para susurrarles inciertos encuentros al oído y poder observar en los suyos a mis ojos anhelantes…

Me dirigía ya hacia las cajas cuando recordé la mantequilla. Regresé al interior del enorme establecimiento y a decir verdad no fue mala idea. El lácteo estaba ya ubicado en el carrito del supermercado, mi cartera en la mano derecha, a mi izquierda podía ver los anaqueles con ropa interior femenina y ahí, al fondo, estaba ella.

No pude más. Me acerqué. Sonreí, la tomé por un costado con todo el cuidado que la ocasión ameritaba y, cuando estaba a punto de pronunciar algo, ella simplemente asintió. Juro que la vi hacerlo. Había varias personas cuando coloqué mi mano en su talle, les escuché murmurar e incluso pudimos ver a un pequeño de unos 8 años que trataba de alcanzar la minifalda de una joven que cubría sus piernas con ajustados leggins y no dejaba de mirarme, como si me odiara. En fin.

En casa atravesamos el patio y la sala y el comedor. Tropecé con una de las patas de la mesa y una de las latas rodó por el piso hasta detenerse convenientemente con la puerta de la recámara.

No me gustaría ahondar en detalles pero es necesario. No puedo seguir guardando este secreto que quema y duele y nace para seguir quemando y doliendo y naciendo. Cada cosa debía estar en su sitio, cada movimiento debía ser puntual, exacto, preciso. Tendí la cama si así es como se le dice a la acción de preparar y disponer. No lo niego, quería lanzarme sobre ella, despojarle todo tipo de obstáculos. Me pareció demasiado.

Mientras esto sucedía, recordé un tema que interpreta la señora Tania Libertad, mi peruana favorita. Cardo o ceniza es un landó que compuso “Chabuca” Granda dedicado a la chilena Violeta Parra, quien se había enamorado de un suizo, que a la postre la abandonaría (es una historia muy triste, de esas que mueven las entrañas: “Violeta, que seguramente no sabía que el artista está condenado a la soledad y que debe saber disfrutarlo, marchó a La Paz y se dio un tiro en la sien... Irreparable”, recordaba Granda).

Y cómo no hacerlo, las estrofas eran (son) perfectas para estas dudas.

Cómo será mi piel junto a tu piel,

cómo será mi piel junto a tu piel,

cardo o ceniza cómo será…

Si he de fundir mi espacio junto al tuyo,

cómo será tu cuerpo al recorrerme,

y cómo mi corazón si estoy de muerte…

mi corazón si estoy de muerte.

Cómo será el gemido,

y cómo el grito,

al escapar mi vida entre la tuya,

y cómo el letargo al que me entregue,

cuando adormezca el sueño entre tus                

sueños…

 

Se dejó hacer. Permitió que mis manos recorrieran cada recoveco y esparcieran la calidez, el deseo, las ansias. Apenas podía creer que lo había conseguido. Estaba ahí, al alcance de mi boca. La estrujé para aflojarla, como hacen los especialistas que he visto en los programas nocturnos, los únicos que disfruto al término de mi jornada laboral y que son la justificante para pagar 130 pesos mensuales al sistema de televisión satelital.

Su piel no era como la había imaginado, más bien su carne, porque la piel la habían arrancado antes de empaquetarla, pero cuando agregué el jugo de limón, la pimienta, la sal y el ajo molidos, la cosa cambió para bien…

La recomendación

Hace años me prestaron un libro que no más no me atrae. Se llama “El 8” y la persona que me lo prestó fue informada en su momento sobre el inexplicable rechazo a tal lectura e incluso a la posibilidad de no devolver el texto en el corto o mediano plazo: “ya lo leí, regrésamelo cuando lo termines”, fue su respuesta. Ya lo saqué, ya hace fila en el librero y espero comentarle el próximo domingo qué tal.

Para hoy no tenía nada preparado y, rascando aquí y desempolvando allá, me encontré con Doble error, del francés Prosper Mérimée que, desde el rincón de los pendientes, “me hacía ojitos”. Se trata de una historia de amor -sin amor- en la que Julie, la protagonista, es “víctima” del desamor de su marido, del constante asalto amoroso de un insistente pretendiente y de la duda romántica de uno que quizá habría sido, pero se fue. En una prosa compleja y al parecer propia de la época en que se desarrolla la historia (1833), el autor de Carmen (la novela que a la postre daría pie a la opera del mismo nombre) no escatima en recursos para ubicarnos en la campiña francesa y recorrer los altibajos en que Julie se involucra voluntaria e involuntariamente.

¿Recomendable para una tarde en casa? Por supuesto. 

Empatía

Espacios definidos para alojar tus sueños…

 

@aldoalejandro