Pa' no molestar

La perra de la casa…

Hace años viví con una familia a la que respeto, quiero y admiro. El padre, ingeniero de profesión y trabajador como pocos, sabía y hablaba sobre casi cualquier tema y, si lo desconocía, en unos días se refería al mismo sin mayor problema, lo cual me resultó y resulta admirable.

En esa época, uno de mis mejores amigos (quien a la postre se convertiría en mi compadre) me había prestado la novela “Regina”, de Antonio Velasco Piña, lectura que disfrutaba durante mis horas y/o días de descanso sentado cerca del teléfono porque debía quedarme en casa atento por si surgía algún imprevisto o situación en el trabajo que me obligara a salir corriendo hacia la oficina y regresar horas o días después a mi lectura.

En uno de esos momentos el buen ingeniero se acercó y, luego de percatarse de que estaba a punto de terminar el libro y disculparse por la interrupción, preguntó si traía más textos conmigo. La negativa provocó una enorme sonrisa y me pidió que le acompañase.

Recuerdo que la casa era muy grande y que en uno de los espacios entre las habitaciones había un enorme ropero que siempre estaba cerrado, al menos hasta ese día. Abrió las puertas del mueble y fue una agradable sorpresa encontrar, literalmente, cientos de libros apilados. “Se quedará abierta y siéntete con la confianza de tomar el que desees, sólo te pido que una vez terminados los vuelvas a dejar aquí…”.

Jamás podré terminar de agradecer el gesto.

I

Hice mi primer viaje fuera del planeta con una recopilación sobre los hechos más sobresalientes de la aventura espacial humana: textos y fotos de cohetes, laboratorios, fórmulas, diseños de naves espaciales y, por supuesto, los astronautas, sus nombres y orígenes. Le mentiría. No recuerdo el nombre del libro, pero si algo llamó mi atención y por ello lo tomé, fue la foto de la portada: la famosa Laika (que significa “la ladradora” en ruso), el primer ser vivo en abandonar la seguridad terrestre y llegar al espacio, echada en una especie de sillón que era coronado por una enorme burbuja de vidrio. La perrita inició su aventura el 3 de noviembre de 1957 a bordo del Sputnik 2, nave en la que recorrió la órbita terrestre. Es curioso, los viajes espaciales tripulados iniciaron con una perra callejera que ya no regresó a la tierra.

II

En esa casa había varias mascotas: los canarios de la señora, los perros de uno de los muchachos (un par de enormes y hermosos bóxer), un gato y, ocasionalmente, una perra cuya belleza sólo podía adivinarse muy por debajo de la gruesa capa de mugre y suciedad que cubrían su pelambre e historia.

Resulta que el animal era de uno de los vecinos de la cuadra y la había nombrado inicialmente “Lassie”, como la de la Collie del cuento británico de Eric Knight “Lassie come home” (Lassie vuelve a casa) que en 1938 publicó un diario británico y que dio pie a una novela (en 1940) que más tarde sería adaptada al cine por primera vez (1943) con el mismo título y de la que surgiría decenas más con el paso de los años y la mítica serie iniciada por allá en los 50’s del siglo pasado. Desafortunadamente, la perra tenía un enorme hocico, unas patas largas y apestaba a rayos. Para mí era “la viajera”.

El asunto es que el animalito tenía la mala costumbre de abandonar todo y a todos, aunque regularmente regresaba por agua o comida con las familias de la cuadra que, inexplicablemente y a pesar de que ya había mordido a varios, le tenían cariño. Era una verdadera advenediza. A mí no me gustaba y me caía mal precisamente por ello: por mal agradecida, sucia y porque no’más abrían la puerta y se salía a moverle la cola a otros.

A la fecha, no he logrado explicarme por qué la consecuentaban tanto si además de callejera desconocía hasta a los que le daban de tragar...

III

Ayer, durante la junta editorial, hablábamos sobre el actuar de la Prodecon (Procuraduría de la Defensa del Contribuyente) y toda clase de problemas por enfrentar gracias a las disposiciones hacendarias, especialmente el pago de impuestos, obligatorio para todos, según lo marca la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos en su artículo 31 fracción IV: Contribuir para los gastos públicos, así de la Federación, como del Distrito Federal o del estado y municipio en que residan, de la manera proporcional y equitativa que dispongan las leyes. Esto significa, idealmente, que el dinero que ganamos con nuestro trabajo y Hacienda nos quita es usado sabiamente (sic), entre otras cosas para garantizar nuestra seguridad…

También platicábamos sobre los bancos, de su pésimo servicio y de las facilidades que las autoridades que dicen representarnos les han dado para sangrar aún más a los mexicanos.

Después de todas las historias que ahí compartimos, alguien dijo una gran verdad sobre la situación actual “sientes la injusticia…” y yo, en tanto, por alguna razón recordé a la mugrienta esa, a la perra viajera…

alejandro.evaristo@milenio.com