Pa' no molestar

La penosa historia de David

David se llama. Vive allá, al final de la calle, justo a un costado de la casa grande, la del portón blanco y la pared verde con tejas rojas. Los colores son feos realmente, pero hace años está así y no cambia pese a la enorme cantidad de personas que la han habitado.

Por alguna extraña razón, la rara combinación de tonos es ya un distintivo en la colonia. 

Han hecho varias modificaciones a la estructura. Le colocaron ventanales nuevos, tiraron la verja original y también el kiosco del jardín, último vestigio y recuerdo de los primeros propietarios del inmueble. Ampliaron el patio trasero, donde ahora guardan cualquier cantidad de trebejos en un cuartucho pegado a la otra barda, la que da a la barranca y, aunque  está oculto a la vista de los curiosos, los vecinos del lugar sabemos que ahí está y que incluso construyeron una especie de patio “volado” sobre el basurero, donde acumulan cajas y botes con todo el desperdicio y las cosas viejas, incluso rellenaron la poza.

El jardín desapareció y también los frutales a los que trepábamos gustosos con canastas para colocar manzanas, capulines, duraznos, limones y naranjos a cambio de unas cuantas monedas. Los antiguos propietarios siempre tenían las puertas abiertas, convivían sin mayor pretensión con los vecinos y todos los niños de los alrededores corríamos por el lugar sin mayor control que el del hambre y el sueño. Nos dejaban jugar en el patio y podíamos ir de aquí para allá sin que hubiese tantas personas al pendiente de lo que hacíamos o decíamos.

Sin duda eran buenos tiempos…

***

Abrió los ojos y en cuanto se despabiló corrió hacia la regadera.

En la casa de colores iban a contratar a alguno de los niños del barrio para que se hicieran cargo de las mascotas. Había algunos perros, incontables gatos y mucho ganado. El trabajo consistía en alimentarles, limpiar las heces y sacarlos a pastar o pasear, según fuese el caso. Entre las responsabilidades incluso se contemplaba juguetear con ellos ocasionalmente.

David se sentía con el derecho de obtener el puesto, era el vecino y en su lógica no había que tomar ninguna decisión. La noche anterior había imaginado todo lo que podría hacer si el patrón le daba la oportunidad de demostrar que ya era lo suficientemente grande como para mantener controladas a todas sus bestias y hacerse cargo de ellas sin mayor problema.

Ya se veía paseando en los lomos entumecidos de los más viejos, los que no pondrían reparo alguno en lo que hiciese y pensaba en cómo atar las patas de otros para que no huyeran hacia las propiedades colindantes, más pequeñas, pero con la disposición siempre de quedarse con los jóvenes ejemplares de otros. Había determinado que para ganar su confianza les acercaría pequeñas porciones de alimento en cubetas y, cuando estuvieran lo suficientemente cerca, les colocaría collares y luego los ataría para que fuese más fácil bañarles, actividad que, por cierto, le parecía asquerosa. A los más pequeños les echaría agua con una manguera y desde lejos.

No era, como se puede apreciar, muy afecto a convivir con otras especies. Cuando lo hacía, siempre les veía así por debajo del hombro porque según él y su poco entender, era un ser pensante, inteligente, y los demás no eran racionales… no estaban a su nivel.

***

Se encontraron en la esquina alrededor de las 11 de la mañana. Sabían que sucedería porque era la única ruta para salir de ahí. Vivían en el mismo rumbo, pero en diferentes colonias; estudiaban en la misma escuela, en diferentes carreras, y compartían las mismas amistades… con diferentes pretensiones. Él era un tanto extraño, ella no era lo que se dice una chica hermosa y, sin duda, eran una pareja perfecta.

No lo sabían, pero ambos habían recibido el mismo citatorio: habían sido aceptados para presentarse en aquel caserón a prestar su servicio social, el último de los requisitos universitarios para obtener el ansiado título: él, veterinario; ella, trabajadora social.

Abordaron el transporte. Él pagó, ella siguió de largo sin prestar atención al chofer, quien ya conocía los arranques de la dama. Hacía pocos días había hecho lo mismo y, cuando reclamó el costo del boleto, ella le había gritoneado, insultado y casi corrido porque era una de las amantes del supervisor de ruta y de  ninguna manera pagaría por un servicio que él estaba obligado a proporcionarle “bien y de buenas”. Prefirió evitarla. 

No se sentaron juntos, pero compartieron una mirada. Conforme el vehículo avanzaba y se detenía para que abordaran más usuarios, el espacio se hacía cada vez más breve. Una señora mayor se acercó. Él cedió el asiento y ayudó a la mujer, quien le correspondió agradecida.

En la otra fila, desde la comodidad del cojín que soportaba el peso de su soberbia, Malena reconoció el gesto.

No la creía capaz, pero por un momento pudo haber jurado que le había sonreído…

 ***

Terminó de vestirse. Aún con la ropa puesta seguía temblando. No estaba acostumbrado a las duchas frías, pero ante la imposibilidad de contar con un poco de leña o gas para calentar el agua tenía que acostumbrarse. Pese a las recomendaciones del sector salud, se sirvió agua del grifo y le exprimió un poco de limón porque pensaba que ese fruto mataba cualquier clase de bichos. Bebió con rapidez y avanzó hacia la puerta para salir.

No le había dado tiempo de cepillarse los dientes, pero confiaba en que su aliento no fuese tan desagradable o al menos perceptible para los demás. De cualquier forma se confundiría con el olor del establo y las heces de las vacas y los bueyes, así que no había por qué preocuparse. 

La noche anterior había estado haciendo planes y ensayando el saludo al patrón. Semanas atrás, durante una de las fiestas del lugar, lo había encontrado y como pudo se acercó lo suficiente como para que le viera y el señor, sin mayor opción, tuvo que saludarlo.

David presumió después de ese breve apretón de manos que era muy amigo del señor y que iba a trabajar para él y que a la larga se haría cargo no solo de las caballerizas y los animales, también de la despensa, la caja chica y todos los demás enseres de la casona.

***

Recuerdo que la casa era enorme, ocupaba casi todo el terreno. Siempre había bullicio y gente y algo qué hacer y lugares para esconderse. Podíamos trepar a la cornisa o reptar hacia los corrales para tratar de atrapar a alguna de las aves cuyas colas estaban pintadas de colores. Jugábamos con las vacas y los perros eran nobles y diligentes con nuestras aventuras infantiles. También había burros que usaban para cargar cosas y llevarlas al solar, cerca de la barranca ahora cubierta de pedazos de historia que poco a poco han sido arrancados de las habitaciones y las puertas y las ventanas y los cimientos. Nadie se explica cómo es que sigue en pie a pesar de tantos años y el desgaste de los pilares, castillos y trabes. ¿Realmente sigue tan fuerte como aparenta?, ¿de verdad es tan sólida como pretenden que parezca? No lo sé. Quizá un buen ingeniero o arquitecto tengan la respuesta.

El punto es que la casona de entonces ya no es tal. Hay poco espacio en el interior porque algunas habitaciones dejaron de ser recámaras para transformarse en estancias, bibliotecas, salas de junta y salones de té. De hecho, ahora solo viven ahí los patrones, sus hijos, y algunos miembros de la servidumbre a quienes se refieren como “miembros de la familia”.

El más joven de ellos es Pepe. Quién sabe por qué decidieron contratarlo, padece un extraño mal que le obliga a mentir constantemente, amén de ser un sujeto violento y con una marcada afición por las bebidas espirituosas. Dicen que es un buen caballerango. Igual y es por eso o quizá porque es lo suficientemente servil con el señor. Quién sabe.

En la casona ya no hay sitio, pero el patio es tan grande como la plazuela del pueblo. Muchas personas van y a veces las recibe Pepe, les escucha y, si puede obtener algo de ellas, les ayuda, si no, les dice que regresen luego, cuando el señor pueda atenderles.

Pinche Pepe, tan bien que nos caía cuando era niño…

***

Descienden del vehículo y se encaminan al mismo sitio, lo cual les resulta extraño, incómodo y hasta amenazante. Ella reclama espacio y el argumenta derechos ciudadanos y libertades constitucionales para el uso de la vía pública. Se calma y avanza en sus zapatos de tacón tropezándose a cada paso. Estuvo a punto de caer pero él alcanzó a tomarle del brazo y evitarlo. El tobillo está lastimado y él lo nota. Ella sabe que no podrá hacerlo sola.

  •  Será mejor que te apoyes en mí.

Acepta. Enjuga las lágrimas en el único suéter caro que usa solo para dar una buena impresión porque en el pueblo dicen que es “de moral distraída” y debe demostrar que no es cierto, está empecinada en que la acepten por lo que es. Ya no quiere que la juzguen por los deslices de su cuerpo.

Ingresan por el gran portón blanco y Pepe pretende cerrarles el paso, pero se contiene cuando escucha la voz del señor tras de sí invitando a los nóveles profesionistas a entrar y charlar sobre sus nuevos quehaceres.

Pepe está muy molesto porque él quería que su amigo fuese el nuevo doctor de los animales y no el tipo raro ese o la muchachita de la falta corta.

  •  ¿Tú qué buscas cabrón? Orale, sáquese a la chingada…

David mira cómo se cierra la puerta. Se aguanta las ganas de llorar y se aleja pensando si habrá otra oportunidad… las manos están en los bolsillos vacíos…

EMPATÍA

Qué ganas de averiguar a qué saben a tus entrañas…


@aldoalejandro