Pa' no molestar

Está el sabor amargo en el hocico de algunos animales…

Se trata de un hombre de fe y confía en otros que no son como él porque intuye que hay algo que vale la pena en cada uno de esos desconocidos. Algunos lo tachan de loco, otros de optimista y pocos más descubren en su actuar fuertes rasgos de eso que llaman humanidad porque invariablemente muestra empatía, afecto, comprensión o solidaridad hacia los demás, lo cual les desconcierta por supuesto.

Después de todo, ¿quién en su sano juicio se atrevería?

Lo vi por primera vez una tarde de lluvia en uno de las bancas destinadas a los fieles dentro de un templo católico. No solo entré entonces para resguardarme del clima, también quería conocer la estructura interna de la iglesia, observar los cuadros e “imágenes” de santos, vírgenes e incluso el mismo hijo de Dios.

Mientras mis ojos admiraban cada uno de los tres retablos colocados sobre los confesionarios, así como las escenificaciones visuales de la Pasión de Cristo en pequeños cuadros colocados alrededor del templo, escuché su voz que hablaba de la paz que reflejaban las miradas en las esculturas de los santos, el notable detalle bajo el rostro de Nuestra Señora de los Ángeles y hasta el tallado en el madero superior de la puerta principal.

Pensé que sus comentarios eran para mí y que luego de ese incómodo silencio habría una petición para compartir mi punto de vista o algo, pero no. Lo que hizo fue avanzar hacia la pila de agua bendita, introducir sus dedos y olisquear el líquido, solo alcancé a escucharle decir “fascinante”, antes de dirigir mis pasos hacia la sacristía…

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Una de ellas tiene una paciencia casi infinita y no exagero. Hace unas noches la escuché leyendo un increíble libro de historias del valle y la pobreza de un matrimonio amoroso por fuera y hacia los demás, pero tan roto como el par de pantalones viejo que tanto amaba y que ya se había cansado de coser y remendar. Cuando le pregunté qué leía murmuró para sí algo, pero nunca me respondió realmente y volvió a perderse en frases y oraciones relacionadas con una pareja de viejos cansados e ilusionados ante la posibilidad de una mejor vida que nunca acaba de llegar y también en una cena atrevida e inolvidable en alguna fonda del pueblo perdido entre esas decenas de hojas.

Me senté cerca y presté atención. Siempre he disfrutado de sus lecturas, al menos desde que le conozco tan cercana. Frente a sí el texto parece cobrar vida y sus personajes apostar por la oportunidad de mostrarse al mundo. Por eso lee en voz alta y gesticula asumiendo la personalidad de cada uno de ellos, hasta da la correcta entonación a la voz y también se le quiebra cuando uno de sus admirados llora o sufre o padece algo. Lo hace en un tono normal, sin exageraciones, pero lo suficientemente fuerte como para golpear la imaginación de los presentes en las cercanías.

Pocas veces he tenido la oportunidad de observarle silenciosa o durmiente. Siempre está atrapada por ese maravilloso mundo generado por nuestra mente gracias a la de otros y su creatividad o su realidad, así que resulta a veces asombroso verle callada. Cuando está así es la oportunidad para que uno pueda expresar algo sin correr el riesgo de ser interrumpido: será escuchado, evidentemente, pero no espere respuesta, la mayor de las veces a ella no le interesa lo que usted o cualquier otro diga.

Ella es su propio mundo y a veces respira la humedad sin percatarse de la lluvia. A veces puede llegar a ser real y a veces la puedes escuchar en alguna banca del jardín frente a la escuela, especialmente cuando no hay niños y el horizonte comienza a teñirse de rojo y naranja… solo a veces.

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Santo Tomás, el dueño y creador de uno de los llamados “evangelios apócrifos”, detalló las palabras que de verdad surgieron de la boca de Jesús el Cristo, dicen, y por eso estudian su manuscrito allá en tierras egipcias, ora en el Museo de El Cairo, ora en el Copto, ora en Bayt Al-Suhaymi.

Si aquellos que os guían os dijeren: Ved, el Reino está en el cielo, entonces las aves del cielo os tomarán la delantera. Y si os dicen: Está en la mar, entonces los peces os tomarán la delantera. Mas el Reino está dentro de vosotros y fuera de vosotros. Cuando lleguéis a conoceros a vosotros mismos, entonces seréis conocidos y caeréis en la cuenta de que sois hijos del Padre Viviente. Pero si no os conocéis a vosotros mismos, estáis sumidos en la pobreza y sois la pobreza misma…

El santo a quien se atribuyen estas palabras dice que Jesús el Viviente lo dijo así y así lo escribió en documentos que a la postre fueron hallados en  Nag Hammadi, Egipto, en 1945 y que son analizados desde entonces por estudiosos e investigadores de diversas fronteras y credos y posturas.

Díjoles Jesús: «Si ayunáis, os engendraréis pecados; y si hacéis oración, se os condenará; y si dais limosnas, haréis mal a vuestros espíritus. Cuando vayáis a un país cualquiera y caminéis por las regiones, si se os recibe, comed lo que os presenten (y) curad  a los enfermos entre ellos. Pues lo que entra en vuestra boca no os manchará, mas lo que sale de vuestra boca, eso sí que os manchará».

El texto hallado fue un buen pretexto para muchos y eso incluye a la industria cinematográfica, que hace casi dos décadas presentó al respetable Stigmata (Rupert Wainwright, 1999), cinta creada a partir de una especie de complot al interior de la iglesia católica para evitar a toda costa que sus fieles se enterarán de la terrible verdad a propósito de su producto más rentable: el mismísimo hijo de Dios quien, según Santo Tomás, habría dado al traste con el negocio católico al decir a sus seguidores y fieles, en pocas palabras, que no hay necesidad de edificios suntuosos para estar con Él y mucho de intermediarios para hablarle: parte un madero y allí estoy yo; levanta una piedra y me encontrarás allí. Lo cierto es que los llamados Evangelios apócrifos o extracanónicos no son reconocidos –evidentemente- por la iglesia en cuestión y otras como la ortodoxa, la anglicana y algunas protestantes.

Le preguntaron sus discípulos diciéndole: «¿Quieres que ayunemos? ¿Y de qué forma hemos de orar y dar limosna, y qué hemos de observar  respecto a la comida?» Jesús dijo: «No mintáis ni hagáis lo que aborrecéis, pues ante el cielo todo está patente, ya que nada hay oculto que no termine por quedar manifiesto y nada escondido que pueda mantenerse sin ser revelado».

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Un día lo encontré sentado cerca de La Parroquia de la Asunción, una de las edificaciones religiosas más importantes de la capital hidalguense ubicada en el corazón de la urbe, a un costado de la Plaza de la Constitución.

Ya habíamos coincidido en otros sitios, pero fue hasta esa ocasión cuando realmente me dirigió la palabra.

-Tú no confías. Te veo fingir entrando al templo y llevar tu mano al rostro y formar apenas una cruz en el rostro. Quizá intentes engañar a otros y lo consigas, pero la realidad es que la mentira es solo tuya…

 No supe cómo responder. Le vi acomodarse en la fría banca de cemento y arrebatar de su chaqueta una bolsa de papel pequeña que, me enteraría enseguida, contenía pequeñas migajas de pan. Las palomas alrededor podrían haber esperado o no ser alimentadas por este extraño de mirada apacible y sonrisa amigable. Cuando se decidieron, en escasos segundos posteriores abandonaron su vuelo y se acercaron, brincotearon inquietas.

-Ellas saben, ¿ves? Se acercan, nos miran, se burlan de nuestros ridículos atuendos y nuestras pieles sin plumas para volar y zurean sus risas. Son más pequeñas pero no son como tú porque pese a su naturaleza confían y se acercan y comen. Tu solo lo haces para seguir dudando y no das oportunidad. Ellas están aquí, al alcance de mi mano. Podría tomar una y romperle el pescuezo y arrancar la cabeza para atascarte su sangre por el rostro y validar tus dudas, pero prefiero verlas comer, son lindas…

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El peor de todos es el traidor y, ¡maldita sea!, también le conozco. En su rostro hay marcadas sonrisas y sus ensayadas miradas siempre están a la caza de unas monedas y un poco de fe. Sí, de fe.

A veces logro despedirme sin que nada cambie y otras debo alejarme despacio, sin que se percate de mi ausencia. Esa es una labor difícil porque al igual que hacen otros de su especie, mantiene los ojos puestos sobre cualquiera que pueda convertirse en víctima y yo lo soy potencialmente, siempre lo he sido. Lo sé de cierto y no lo olvido: ha habido ocasiones en que las cicatrices en la espalda buscan huir pero siempre las traigo de regreso porque deben hacerme recordar; también está el sabor amargo en el hocico de algunos animales y ni qué decir de las sonrisitas que unas dejan por aquí y también allá; por supuesto hay espacio para los “amigos” que afortunadamente se fueron y también para ellas, las palomas que siempre han despreciado mis migajas… 

Dijo Jesús: «No se cosechan uvas de los zarzales ni se cogen higos de los espinos, (pues) éstos no dan fruto alguno. [Un] hombre bueno saca cosas buenas de su tesoro; un hombre malo saca cosas malas del mal tesoro que tiene en su corazón y habla maldades, pues de la abundancia del corazón saca él la maldad».

alejandro.evaristo@milenio.com