Pa' no molestar

Todos mis muertos siguen vivos

Isabel sonríe. Está sentada en una jardinera y platica animadamente. Su cabeza gira a izquierda y derecha para atender los comentarios de una y otra: ahí Ángeles, allá Alejandra. Isabel ya lo ha determinado y, fiel a su espíritu humanitario, ha decidido estudiar medicina. En el transcurso de los primeros semestres de la carrera tomará una decisión final con respecto a la especialidad y así lo hace saber a las chicas. Alejandra le felicita. Ella aún no se decide, pero es casi seguro que la Antropología Social será su camino, quién sabe. Angie dice que irá a Odontología y su decisión, cuando la comparte, es aplaudida por el grupo. Logramos convencerle de garantizar un generoso descuento para nuestros jodidos y preparatorianos bolsillos.

En unos días entregarían las calificaciones finales y cada uno sabría entonces cuándo debía preinscribirse en la facultad, cualquiera que fuese.

Todos los caminos llegan a Roma, dicen, pero eso no es verdad, al menos no en nuestro caso. Los nuestros se encontraron en la Universidad Autónoma del Estado de México. Ellas estaban emocionadas porque sus escuelas estaban en un radio de 600 metros en uno de los múltiples espacios universitarios y nosotros, yo, a más de dos kilómetros.

Isabel era, es genial. Todavía la escucho decirme “cara de perro”.

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Don Pedro es un hombre de campo. Trabajador, honrado, inteligente. Poco más de una decena de hijos y un sin número de nietos son producto del amor con Josefina, su abnegada, sufrida y singular esposa. Los días empiezan siempre.

Poco antes del amanecer prepara el burro, el ocote, las latas y/o cubetas o botes y sale sin nada en el estómago rumbo al solar que está justo frente a la casa. Conoce el camino y lo recorre sin problema alguno. Llega al primer maguey, se acomoda entre dos pencas que semanas o meses antes fueron despojadas de sus características espinas y hace lo propio con alguno de los botes; retira los pedazos del vegetal que cubren la apertura. Introduce el ocote, succiona y levanta con rapidez. Cubre la boquilla con el índice gira un poco y retira la falange. El aguamiel cae pesadamente en el recipiente. Repite la operación una o dos veces más. Una vez sin líquido y raspador en mano, talla el interior del corazón del noble maquey, coloca nuevamente las pencas en su sitio y se encamina hacia el siguiente, a unos 20 o 25 metros de distancia. Hace la misma operación dos, tres, siete o 10 veces más. El amanecer le acompaña.

Cuando termina regresa y se dirige al corral, al cuarto trasero que ha sido habilitado como pulquería donde hay tres barriles de algún tipo de madera en los que el líquido ahora convertido en pulque se torna dulce, suave y/o fuerte.

Josefina le ha estado esperando. Cuando él llega tiene cuidado de no interrumpir el proceso y luego de asegurarse que ha concluido le ofrece un jarro de café o de té de canela o de limón. Don Pedro saca de su bolsillo la cajetilla de cigarros sin filtro, toma uno y lo enciende. Está sentado en la banca de madera, la misma que más tarde recibirá a algunos varones del pueblo ansiosos por curársela o seguirla.

Termina. Deja el jarro sobre la banca y sale nuevamente. Ahora va al lugar que conocemos como “el triangulo”, un sitio mucho más alejado. Regresará cansado alrededor de las 10:30 de la mañana, cuando se sentará a almorzar, fumar y beber su primer pulque del día.

Don Pedro es un hombre sabio.

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Agustín llama alrededor de la 1 de la tarde. Está en la ciudad y ofrece encontrarnos en la glorieta de Insurgentes, justo en el acceso a la estación del tren subterráneo que lleva el mismo nombre. Meses antes, luego de atender la corresponsalía de uno de los diarios más importantes e influyentes del norte en la zona centro del país, recibió una jugosa oferta para desplazarse a la frontera y servir allá como responsable de algún área de comunicación social. Aceptó de inmediato. No nos vimos entonces porque yo andaba de comisión en Guadalajara. Dejó un recado telefónico que la recepcionista recibió y entregó en cuanto llegué esa noche al hotel. Era el número de su mamá. Contestó y me habló de los saludos y los libros y los discos y la promesa de que volvería en cinco o seis meses para pasar la noche buena en casa. Ella me haría llegar su nuevo contacto en cuanto lo tuviera, como sucedió días después, cuando me citó para entregarme algo. Estuve en su trabajo apenas 10 minutos, en una tarjeta estaban anotados el teléfono y dirección de mi amigo y un envoltorio que no abrí hasta que regresé a casa esa noche.

Pinche Agustín, me había regalado las obras completas de Edgar Allan Poe en inglés…

Como sea. El punto es que había cumplido una de tantas y estaba en la capital para pasar las fiestas decembrinas en familia. Nos encontramos en una de nuestras cantinas favoritas, muy cerca de Génova, creo que ahora es una taquería o algo así. Bebimos primero cerveza y luego ron. Hablamos y reímos y tomamos hasta casi el amanecer.

Hicimos una apuesta: el primero que partiera debía hallar la forma de volver para detallar lo que hay del otro lado…   

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La tía Oti es una gran mujer. Cariñosa, amable, educada y guisa como ninguna. Los primos, los sobrinos, los ahijados, todos la queremos y ella nos quiere a todos. Es una señora entregada y dispuesta y desprendida y siempre hay una sonrisa en su rostro y un abrazo y un reclamo porque ha pasado demasiado tiempo desde la última visita.

Me regaña por no dormir lo suficiente y por fumar demasiado. Me llama la atención por no visitar a mis padres y distanciarme siempre de la familia. Por no alimentarme bien, por la profesión que elegí y el empleo que tengo; por mis parejas y por la falta de sueño y mi increíble falta de conciencia.

Ella sabe que la quiero quizá tanto como a mi madre. La abrazo, la beso, le pregunto cómo está y cómo se siente, su respuesta nunca tiene que ver algo con el planteamiento que formulo porque empieza a cuestionar si ya comí, si tengo sed, si quiero algo. Una vez le dije que fuéramos al centro comercial para comprar cosas para la casa. Tantito y no la cuento. Ella y el tío Eliseo me recibieron con los brazos abiertos sin exigir o pedir nada a cambio y yo sentía la obligación de hacer algo para retribuir el alojamiento, lo cual evidentemente no era una buena idea y así me lo hizo saber, así que me limitaba a ayudar en lo que me dejaban… ella especialmente.

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El abuelo Raúl tenía costales llenos de revistas: “Sensacional de traileros”, “Sensacional de vaqueros” y mis favoritas, dicho sea de paso, “Sensacional de terror”. Cuando estaba en casa con él y Conchi y Blanquita disfrutaba horrores sentarme en el piso fresco para tratar de mitigar el calor de la costa chiapaneco y leer sus revistas y ver los dibujos de los monstruos y los rostros aterrorizados de cientos o miles de víctimas de lobos, vampiros, espantos, lloronas, nahuales y demás.

Él era alto y canoso, siempre usaba vaselina para peinarse. A veces, para que no le diera lata mientras descansaba en casa y a insistencia de la abuela, le pedía dinero para ir al cine, a las tortas, por mangos o por los riquísimos jobos. Él entonces me daba algunas monedas y, si bien me iba, un billete con el que me daba la gran e infantil vida.

Era, decían, un excelente mecánico. Trabajaba para una cervecera y luego se jubiló y con ello llegó el aburrimiento y la necesidad de hacer más, así que decidió probar suerte en Toluca. Vivió en casa con Adelita y cada vez que iba a visitarles siempre le hallaba con una gran sonrisa y su clásico “¿cómo estás mhijo?”.

Una vez llegué y le encontré desarmando el motor de un auto, pero estaba a punto de la desesperación porque no contaba con la herramienta suficiente. Entre la charla me pidió que le regalara un set completo, había hallado uno en algún lugar y estaba barato.

Entonces enfrentaba un divorcio y el desempleo.

No pude obsequiarle ni un desarmador…

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Moni y Gloria andan también por ahí. A mi prima la recuerdo como una niña tierna y sonriente, creo que yo era mayor que ella por unos 12 o 13 años; no lo sé en realidad, no lo recuerdo bien, pero si me hablan de ella siempre viene a la mente la ocasión en que estábamos sentados en algún sitio de la casa esperando nuestro turno para escondernos. Creo que era bajo el manzano que el abuelo había sembrado en el patio, justo frente a la pileta y atrás del aguacate. La Moni siempre me sonreía y su dentadura contrastaba con su tez morena. Tenía la voz ronquita y a veces me decía que me quería mucho y me abrazaba.

La tía Gloria hacía unos buñuelos para chuparse los dedos. Ni la abuela podía igualar su toque para preparar la masa y el jarabe de piloncillo. Cuando llegaban las fiestas de diciembre era un agasajo verla llegar porque sabíamos que habría, además, gorditas de maíz y champurrado.

No sé los demás. Siempre creí que era su consentido porque me abrazaba muy fuerte...

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Rodolfo y Ángel y Lupita y Mauricio y Humberto y muchos más también están conmigo y vienen esta y otras noches a beber agua y disfrutar. Mamá les pone su veladora a todos ellos porque sabe que fueron y son parte de mi vida y siguen y cuidan y de alguna forma están. Siempre estarán…

EMPATÍA

A veces quiero despertarte, pero no sé qué pensarás al verme en tu habitación… 

 

alejandro.evaristo@milenio.com

@aldoalejandro