Pa' no molestar

Nunca recuerdas el licor que me gusta…

El policía sonríe, no cree en el pretexto. La mujer al otro lado del mostrador se sonroja apenas y devuelve la sonrisa al hombre enfundado en su uniforme azul. Jura que cuando llegó a casa las cosas estaban así mientras hace el tradicional gesto con la mano derecha.

- No hagas eso, si mientes ya sabes que diosito te va a castigar, por andar juramentando en su nombre cosas que ni al caso.

- Es que no miento, pero no me crees. No’más porque no puedo salirme del trabajo, si no, te llevaba para que la vieras.

El hombre mueve la cabeza a uno y otro lado sin reprimir el gesto. Le divierte la actitud de la joven, aunque no sabe qué le gusta más: la falsa inocencia o el atrevimiento. No puede imaginar el aparato ese ahí, sobre la mesa de la habitación que hace las veces de sala, comedor y cocina esperando a que alguien le preste un poco de atención, ella por ejemplo.

Él les escucha disimuladamente. Está consciente de que son seres humanos con una vida simple y una rutina más o menos flexible. Puede que tenga razón… o no.

Despiertan cada mañana para usar las prendas deportivas y salir a correr 45 minutos en la ciclopista del parque central. Regresan y se duchan y lavan y enjuagan sus cuerpos, a veces con agua y a veces con deseo, especialmente en esos días en que el servicio no inicia temprano para él, que está obligado a checar una hora y una salida en la comandancia, así que puede darse pequeños lujos y gustos que en nada incomodan a su pareja y lo sabe. Luego saben que hay necesidad de alimentarse y se visten y se reencuentran en la otra habitación, donde él guisa mientras ella prepara el café. Él sirve y la escucha hablar del día por enfrentar.

En su modo de vida hay una escena que ambos rechazan con repulsión por alguna razón desconocida pero enfrentan juntos: lavar platos y tazas y cubiertos y vasos y ollas y sartenes que el otro seca y acomoda en su sitio. Se turnan por semanas para ello. Luego van por sus cosas, se asean la boca y se arreglan para enfrentar el mundo. Ella con una bolsa y un portafolio atestado de documentos, él con un arma y una patrulla que ya le espera fuera. Un rápido beso de despedida y la promesa de encontrarse más tarde les envuelve.

Ella no llegó.

Cuando el oficial se apareció en el sitio cuestionó las razones y ella adujo un imprevisto con una caja de cartón y un televisor “de los nuevos” que un mensajero le entregó. Había regresado a casa porque en la mesa había olvidado algunos papeles importantes para el juicio y fue entonces cuando alguien llamó a la puerta y abrió. Luego de firmar la entrega y despedir al joven con un billete de 20 pesos, abrió el paquete para encontrarse con una pantalla que dejó ahí. Debía regresar a la oficina.

El policía se retira de la escena porque debe volver a la patrulla con su compañero para atender la llamada de auxilio del administrador de un centro comercial local. El extraño se acerca y murmura algo. Ella asiente, deja sobre la superficie pulida un folder y observa los ojos del visitante y de reojo al vehículo alejándose entre luces rojas y azules y blancas y amarillas.

- Gracias…

***

La pared lateral está convertida en un enorme librero. No hay espacios visibles del cemento o la pintura blanca porque son demasiados ejemplares de autores desconocidos y novelistas clásicos. Hay una gran variedad de temas y tamaños y colores y entre todas esas páginas, evidentemente, se hallan toda clase de sentimientos y acciones.

Está la sangre que resbala por los colmillos de un vampiro y también el manual para dar forma y generar arte a partir de piedras. Hay una recopilación del arte gráfico en los medios de comunicación y una colección incompleta de fantasías, como “El señor del tiempo” o “El Orbe”. Por allá hay una serie de ensayos sobre la poesía africana del siglo XX, la historia de dos guerras y las aventuras de un viejo y su esposa en una pobreza que solo termina por unirlos más. También hay textos sobre periodismo, mecánica, aviación, filosofía oriental, dioses, demonios, criaturas fantásticas e historias de quienes gustan de compartir fluidos y explorar sus cuerpos.

Puede llegar a cualquier hora y sentarse en la enorme colchoneta (futón, le dirán algunos), encender el equipo de sonido y escuchar de fondo a Brahms o Bach o Tchaikovsky mientras se transporta a todos esos mundos y personajes que una gran mayoría no se ha dado oportunidad de conocer porque leer –dicen- es una pérdida de tiempo. Nada más falso.  

Ahí aprendió a cocinar algunas cosas, a entender algunos señalamientos y también que los cuerpos se disuelven más rápido en ácido sulfúrico que en sosa caustica y que el ácido fluorhídrico no sirve para tal fin…

***

Está perdido en las luces. El ulular de las sirenas es espectacular también, pero no se compara a la intensidad de las luces, al palpitar espacio entre uno y otro tono. Cuando le diagnosticaron no sabían bien a bien cuál era el problema y se limitaron a informarle que la migraña le provocaba las demás condiciones y debía tomar el medicamento y seguir el tratamiento al pie de la letra.

Al principio creyó que tenían razón y que quizá por eso le resultaba casi imposible generar empatía o al menos establecer algún tipo de conexión emocional con alguien. Con el tiempo confirmó que el suyo era (es) un problema de autismo más o menos severo y que ellos, los especialistas que inicialmente le habían tratado, eran unos verdaderos imbéciles. Pese a todas las pruebas no le detectaron ese extraño placer que le despiertan y generan los colores en la luz y todas las voces que hay en su mente; bueno, de ellas no les habló, pero ahí están y a veces le piden comer helado de fresa o pastel de chocolate y se calman. Tampoco entendieron la descripción de los sonidos que escucha(ba) ni los relacionaron con ese extraño gusto por los tonos oscuros.

Se acercó justo cuando el hombre se despedía. Preguntó algo sobre algún trámite “x” y agradeció la atención. No pudo evitar percibir el temor en los ojos de su interlocutora cuando le observó profundamente mientras le sonreía con un dejo de perversión.

Ella no le sostuvo la mirada y la dirigió hacia el vehículo oficial que ya había arrancado y se empezaba a escurrir por la avenida con sus luces y sus ruidos infernales.

El azul rojizo se estrelló diligente en el cristal y atrapó su atención. Olvidó a la chica, pensó en el Cuarteto para cuerdas número 23 de Mozart y recordó la calidez de la mañana y todas esas burbujas atrapando espacios para luego vaciarlos en un contenedor…

***

Los libros son magia pura. Su esencia es el conocimiento y del peor de ellos ha aprendido incluso que las posibilidades del placer no radican en el tamaño o intensidad del sexo, sino en la capacidad de su mente para disfrutarlo.

Hay demasiados títulos alusivos al tema y todos están ahí, al alcance de sus manos y estas de su entrepierna. Hay una puerta abierta y un hombre en la mesa observando con detenimiento una caja.

¿Quién en su sano juicio evita encontrarse con una mujer más que dispuesta a compartir todos esos pecadillos aprendidos en tardes y noches de libros y ocasionales caricias de automplacencia? 

Un día te darás cuenta de que aquí estoy…

***

Una pantalla. ¿Quién envía una pantalla? En la envoltura no hay remitente o alguna pista para dar con el responsable. Decide probarla. Usa el instructivo y monta el soporte con la herramienta específica para esos tornillos, la que estaba al fondo de la caja envuelta en una bolsa de plástico.

No hizo un gran esfuerzo y minutos después consiguió armarla. Coloco el aparato sobre la pequeña cajonera haciendo a un lado el tazón de las llaves y monedas y lo conectó al tomacorriente.

Hay un nota en la parte de atrás del instructivo y una memoria usb pegada a esta.

Hay pequeños recortes de periódico formando palabras que a su vez forman oraciones y le indican cómo y dónde conectar el pequeño aditamento.

Sigue los pasos al pie de la letra y está nervioso. No sabe qué esperar. Hay una última instrucción. “Antes de encender la pantalla y ver el contenido, saca a tu mujer de la casa, no querrá verlo…”. 

Duda. Teme. Imagina lo peor. De reojo le observa en su constante ir y venir de la habitación a la biblioteca. Un emparedado, un vaso con jugo de manzana y algo de fruta.

¿Cómo le pedirá que salga? Piensa en pretextos, en razones, en favores. Eso es. 

- ¿Qué tal una copa?

- De acuerdo, pero yo voy al súper porque nunca recuerdas el licor que me gusta.

Le pide que se lleve la cartera y aproveche para pasar al banco, el cajero aún está abierto.

Ella dice que si irá a la plaza comercial aprovechará para dejar algo de ropa en la lavandería. Él no le discute.

Espera que la puerta cierre y que el motor arranque y empiece a alejarse.

Toma el control remoto y enciende la pantalla. Es un video que le muestra llegando a la oficina, saliendo a investigar, comprando café y hablando con una mujer. Su mujer.

Luego la pantalla ofrece las luces rojas, amarillas, blancas y azules de una torreta y un recuadro surge en la parte inferior.

Ahí hay un auto que reconoce como suyo, su cartera abierta en el asiento del copiloto y una mujer que en el asiento de atrás está completamente desnuda…

E

l policía sonríe, no cree en el pretexto. La mujer al otro lado del mostrador se sonroja apenas y devuelve la sonrisa al hombre enfundado en su uniforme azul. Jura que cuando llegó a casa las cosas estaban así mientras hace el tradicional gesto con la mano derecha.

- No hagas eso, si mientes ya sabes que diosito te va a castigar, por andar juramentando en su nombre cosas que ni al caso.

- Es que no miento, pero no me crees. No’más porque no puedo salirme del trabajo, si no, te llevaba para que la vieras.

El hombre mueve la cabeza a uno y otro lado sin reprimir el gesto. Le divierte la actitud de la joven, aunque no sabe qué le gusta más: la falsa inocencia o el atrevimiento. No puede imaginar el aparato ese ahí, sobre la mesa de la habitación que hace las veces de sala, comedor y cocina esperando a que alguien le preste un poco de atención, ella por ejemplo.

Él les escucha disimuladamente. Está consciente de que son seres humanos con una vida simple y una rutina más o menos flexible. Puede que tenga razón… o no.

Despiertan cada mañana para usar las prendas deportivas y salir a correr 45 minutos en la ciclopista del parque central. Regresan y se duchan y lavan y enjuagan sus cuerpos, a veces con agua y a veces con deseo, especialmente en esos días en que el servicio no inicia temprano para él, que está obligado a checar una hora y una salida en la comandancia, así que puede darse pequeños lujos y gustos que en nada incomodan a su pareja y lo sabe. Luego saben que hay necesidad de alimentarse y se visten y se reencuentran en la otra habitación, donde él guisa mientras ella prepara el café. Él sirve y la escucha hablar del día por enfrentar.

En su modo de vida hay una escena que ambos rechazan con repulsión por alguna razón desconocida pero enfrentan juntos: lavar platos y tazas y cubiertos y vasos y ollas y sartenes que el otro seca y acomoda en su sitio. Se turnan por semanas para ello. Luego van por sus cosas, se asean la boca y se arreglan para enfrentar el mundo. Ella con una bolsa y un portafolio atestado de documentos, él con un arma y una patrulla que ya le espera fuera. Un rápido beso de despedida y la promesa de encontrarse más tarde les envuelve.

Ella no llegó.

Cuando el oficial se apareció en el sitio cuestionó las razones y ella adujo un imprevisto con una caja de cartón y un televisor “de los nuevos” que un mensajero le entregó. Había regresado a casa porque en la mesa había olvidado algunos papeles importantes para el juicio y fue entonces cuando alguien llamó a la puerta y abrió. Luego de firmar la entrega y despedir al joven con un billete de 20 pesos, abrió el paquete para encontrarse con una pantalla que dejó ahí. Debía regresar a la oficina.

El policía se retira de la escena porque debe volver a la patrulla con su compañero para atender la llamada de auxilio del administrador de un centro comercial local. El extraño se acerca y murmura algo. Ella asiente, deja sobre la superficie pulida un folder y observa los ojos del visitante y de reojo al vehículo alejándose entre luces rojas y azules y blancas y amarillas.

- Gracias…

***

La pared lateral está convertida en un enorme librero. No hay espacios visibles del cemento o la pintura blanca porque son demasiados ejemplares de autores desconocidos y novelistas clásicos. Hay una gran variedad de temas y tamaños y colores y entre todas esas páginas, evidentemente, se hallan toda clase de sentimientos y acciones.

Está la sangre que resbala por los colmillos de un vampiro y también el manual para dar forma y generar arte a partir de piedras. Hay una recopilación del arte gráfico en los medios de comunicación y una colección incompleta de fantasías, como “El señor del tiempo” o “El Orbe”. Por allá hay una serie de ensayos sobre la poesía africana del siglo XX, la historia de dos guerras y las aventuras de un viejo y su esposa en una pobreza que solo termina por unirlos más. También hay textos sobre periodismo, mecánica, aviación, filosofía oriental, dioses, demonios, criaturas fantásticas e historias de quienes gustan de compartir fluidos y explorar sus cuerpos.

Puede llegar a cualquier hora y sentarse en la enorme colchoneta (futón, le dirán algunos), encender el equipo de sonido y escuchar de fondo a Brahms o Bach o Tchaikovsky mientras se transporta a todos esos mundos y personajes que una gran mayoría no se ha dado oportunidad de conocer porque leer –dicen- es una pérdida de tiempo. Nada más falso.  

Ahí aprendió a cocinar algunas cosas, a entender algunos señalamientos y también que los cuerpos se disuelven más rápido en ácido sulfúrico que en sosa caustica y que el ácido fluorhídrico no sirve para tal fin…

***

Está perdido en las luces. El ulular de las sirenas es espectacular también, pero no se compara a la intensidad de las luces, al palpitar espacio entre uno y otro tono. Cuando le diagnosticaron no sabían bien a bien cuál era el problema y se limitaron a informarle que la migraña le provocaba las demás condiciones y debía tomar el medicamento y seguir el tratamiento al pie de la letra.

Al principio creyó que tenían razón y que quizá por eso le resultaba casi imposible generar empatía o al menos establecer algún tipo de conexión emocional con alguien. Con el tiempo confirmó que el suyo era (es) un problema de autismo más o menos severo y que ellos, los especialistas que inicialmente le habían tratado, eran unos verdaderos imbéciles. Pese a todas las pruebas no le detectaron ese extraño placer que le despiertan y generan los colores en la luz y todas las voces que hay en su mente; bueno, de ellas no les habló, pero ahí están y a veces le piden comer helado de fresa o pastel de chocolate y se calman. Tampoco entendieron la descripción de los sonidos que escucha(ba) ni los relacionaron con ese extraño gusto por los tonos oscuros.

Se acercó justo cuando el hombre se despedía. Preguntó algo sobre algún trámite “x” y agradeció la atención. No pudo evitar percibir el temor en los ojos de su interlocutora cuando le observó profundamente mientras le sonreía con un dejo de perversión.

Ella no le sostuvo la mirada y la dirigió hacia el vehículo oficial que ya había arrancado y se empezaba a escurrir por la avenida con sus luces y sus ruidos infernales.

El azul rojizo se estrelló diligente en el cristal y atrapó su atención. Olvidó a la chica, pensó en el Cuarteto para cuerdas número 23 de Mozart y recordó la calidez de la mañana y todas esas burbujas atrapando espacios para luego vaciarlos en un contenedor…

***

Los libros son magia pura. Su esencia es el conocimiento y del peor de ellos ha aprendido incluso que las posibilidades del placer no radican en el tamaño o intensidad del sexo, sino en la capacidad de su mente para disfrutarlo.

Hay demasiados títulos alusivos al tema y todos están ahí, al alcance de sus manos y estas de su entrepierna. Hay una puerta abierta y un hombre en la mesa observando con detenimiento una caja.

¿Quién en su sano juicio evita encontrarse con una mujer más que dispuesta a compartir todos esos pecadillos aprendidos en tardes y noches de libros y ocasionales caricias de automplacencia? 

Un día te darás cuenta de que aquí estoy…

***

Una pantalla. ¿Quién envía una pantalla? En la envoltura no hay remitente o alguna pista para dar con el responsable. Decide probarla. Usa el instructivo y monta el soporte con la herramienta específica para esos tornillos, la que estaba al fondo de la caja envuelta en una bolsa de plástico.

No hizo un gran esfuerzo y minutos después consiguió armarla. Coloco el aparato sobre la pequeña cajonera haciendo a un lado el tazón de las llaves y monedas y lo conectó al tomacorriente.

Hay un nota en la parte de atrás del instructivo y una memoria usb pegada a esta.

Hay pequeños recortes de periódico formando palabras que a su vez forman oraciones y le indican cómo y dónde conectar el pequeño aditamento.

Sigue los pasos al pie de la letra y está nervioso. No sabe qué esperar. Hay una última instrucción. “Antes de encender la pantalla y ver el contenido, saca a tu mujer de la casa, no querrá verlo…”. 

Duda. Teme. Imagina lo peor. De reojo le observa en su constante ir y venir de la habitación a la biblioteca. Un emparedado, un vaso con jugo de manzana y algo de fruta.

¿Cómo le pedirá que salga? Piensa en pretextos, en razones, en favores. Eso es. 

- ¿Qué tal una copa?

- De acuerdo, pero yo voy al súper porque nunca recuerdas el licor que me gusta.

Le pide que se lleve la cartera y aproveche para pasar al banco, el cajero aún está abierto.

Ella dice que si irá a la plaza comercial aprovechará para dejar algo de ropa en la lavandería. Él no le discute.

Espera que la puerta cierre y que el motor arranque y empiece a alejarse.

Toma el control remoto y enciende la pantalla. Es un video que le muestra llegando a la oficina, saliendo a investigar, comprando café y hablando con una mujer. Su mujer.

Luego la pantalla ofrece las luces rojas, amarillas, blancas y azules de una torreta y un recuadro surge en la parte inferior.

Ahí hay un auto que reconoce como suyo, su cartera abierta en el asiento del copiloto y una mujer que en el asiento de atrás está completamente desnuda…

alejandro.evaristo@milenio.com