Pa' no molestar

El hilo rojo del destino

La tarde del día anterior había empezado a sentir en su cuerpo los primeros síntomas pero, como siempre, no les dio importancia.

Cuando cerró la puerta del consultorio sintió un escalofrío recorriendo sus piernas y desplazándose por su espina dorsal hasta la base de la nuca, donde una helada brisa acarició diligente la piel descubierta alrededor del cuello. Se sobresaltó y la brusca reacción entumeció sus dedos sobre la perilla. Giró la llave dos veces, no sin antes cerciorarse de haber apagado las luces y comprobar el funcionamiento de la alarma, supuestamente automática.

Estaba acostumbrada ya al ritual al iniciado semanas antes, cuando el dispositivo se activó a consecuencia de uno de los cada vez más comunes apagones en esa colonia de las afueras urbanas. Había insistido en varias ocasiones a su socia y amiga en buscar una mejor ubicación para su proyecto, pero las condiciones económicas no eran las mejores, así que a regañadientes tuvo que aceptar el departamento que, luego de casi un mes y horas y horas de trabajo conjunto, se había transformado en un espacio propicio y digno para atender a sus pacientes: había sala de espera, un área de tratamiento especial para los pequeños, una sala de juntas y, además, cada una de ellas contaba con su propio despacho y diván. Pagaron por la instalación del equipo luego de varios robos y asaltos en las inmediaciones. Después de todo, los ahorros de ambas estaban invertidos ahí.

***

Se conocieron cuando eran estudiantes, separados literalmente por una ciudad. Ella estaba en el recién estrenado campus y él asistía a uno de los planteles más cuestionados de toda la universidad. Tenían que encontrarse, como finalmente sucedió, pero no era entonces el momento de iniciar una relación porque los intereses, los gustos y las vidas de cada uno estaban separadas por cientos de pretextos. Al menos ese era el argumento que esgrimía en su mente cada vez que había un intento, un acercamiento o una palabra.

Hizo una increíble cantidad de estupideces para conseguir su atención o al menos una sonrisa, pero ella no permitió en ningún momento y bajo ninguna circunstancia que cumpliera su objetivo.

A la larga fue curioso. Como resultado de tales acechanzas logró cautivar a su familia y se hizo parte de ella. Cuidaba ocasionalmente a la hermanita, sostenía charlas atemporales con su padre y ni qué decir de su mami, quien lo adoraba. Incluso su hermano, casi de la misma edad, compartía con él charlas y secretos y ansias, mientras su hermana menor se había convertido en lo más parecido a una mejor amiga.

Transcurrieron una increíble cantidad de tardes sin ella en casa porque estaba con su pareja y cuando regresaba y le encontraba en la sala planteaba cualquier pretexto para evitarle.

No le daba oportunidad…

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Isabel había faltado esa tarde. Sus hijos debían asistir a un festival escolar vespertino y tenía que hacerse cargo de la divertida tarea de disfrazarles “de algún animalito del bosque”, según lo expresado por la coordinadora educativa del plantel. Con tanto trabajo y en medio del proceso de investigación para la tesis, si algo faltaba en su hogar era precisamente tiempo, así que se decidió por las orejas largas, las tres o cuatro líneas surgiendo de la comisura de los labios hacia las mejillas, un corazón en la punta de la nariz y, por supuesto, un cubo de contorno negro dividido por la mitad con una raya del mismo tono atravesándole y coloreado en blanco simulando dos enormes dientes bajo el labio inferior: un par de conejitos más que dispuestos a pasarla bien con sus compañeros era lo único que necesitaba, así que canceló citas y permaneció en casa pintando, riendo y preparando a los chicos.

Claudia ya había pasado por ello. Su hijo acababa de ingresar a la preparatoria y Gloria estaba por terminar el último año de secundaria. Sus preocupaciones eran ahora del otro tipo, el de “soy madre de dos adolescentes”, aunque a decir verdad no enfrentaba los conflictos que otros padres padecían: ese preciso momento era cuando más se felicitaba por haber tomado la decisión de estudiar psicología.

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Una vez. Solo una vez.

Llegó a su casa como siempre, a media mañana. Ella ya estaba ahí y le dejó entrar, como otras tantas veces había hecho. Platicaron, sonrieron, jugaron. En algún momento y por alguna extraña razón terminaron en su alcoba charlando sobre la cama, uno frente al otro. Entonces apareció la magia, por fin, y sus labios chocaron a iniciativa de ella. Disfrutó el intento, por supuesto. Habían pasado cientos de situaciones y fue hasta ese momento que pudo confirmarlo: estaba dispuesto a generar otra historia, ansioso por despertar del ensueño y dispuesto a demostrar que todo lo dicho y hecho era real.

Imaginó entonces una vida en pareja, con niños corriendo a los brazos de los abuelos y tías consentidoras; idealizó aventuras en parajes desconocidos y noches de lluvia acurrucados en la piel del otro; sesiones vespertinas de carne y gemidos y placeres y ansias de esas que se desean interminables. Por escasos dos segundos se vio con ella a sus pies y en ella a sus espaldas; fue capaz incluso de percibir el movimiento del cabello atado, el endurecimiento de sus pechos y la tensión entre sus piernas.

Por un segundo percibió el paraíso oculto en sus ojos, pero no fue suficiente. Entonces acercó el cuerpo, extendió los brazos, le miró y la sintió temblar y desvanecerse. Olvidó todas las heridas y el dolor anteriores.

“Esto es un beso…”.

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A pesar del saco y el blusón sentía frío, no tanto como el que habían enfrentado el año pasado en la misma temporada, pero sí suficiente para estornudar y toser un poco. Al momento de empezar a caminar, pensaba en la ruta que debía seguir para recoger a la nena de las clases de inglés y dónde comprar la cena. Descendía los escalones hacia el área de estacionamiento y buscaba al interior de su enorme bolso de mano el manojo de llaves en que se encontraban engarzadas las del auto; pensaba en los quehaceres por venir y lo lejano que se hallaba en esos momentos el término “vacaciones”.

La búsqueda dio resultado y, justo cuando arrancó el automotor, recordó que en dos días más tendría que ir con su esposo a la cena por el cumpleaños de la querida suegra. En realidad no tenía queja alguna: desde que iniciaron el noviazgo, quienes a la postre se convertirían en lo que llaman su familia política le recibieron y acogieron como un miembro más entre ellos, lo cual era una enorme ventaja para la pareja, que disfrutaba y recibía con beneplácito cada minuto que tenían oportunidad de pasar a solas para intercambiar miradas, caricias, palabras, exigencias y placeres, hasta que, por supuesto, llegó el tiempo de formalizar ante la sociedad su “pecaminosa” relación, como finalmente sucedió.

***

Hubo oportunidad de cambiar y crecer. Arrancó una carrera y sus labios pronunciaron otros nombres. Pasaron años, camas, noches y el olvido acogió al recuerdo.

Decidió alejarse, aunque ocasionalmente sabía de ella gracias al novio, su mejor amigo, quién le habló de la libreta, las burlas, la risa.

¿Valía la pena buscarle?

***

Conduce despacio porque se siente mal. Debe ir por su hija y luego a casa a preparar la cena.

Aparece el síndrome del cuerpo cortado; los ojos, llorosos ahora, tratan de ver algo a través de esta noche y la nariz fluye y fluye y fluye… en casa le esperan. Es la flamante esposa de alguien y por eso trata de convencer a otros de que la suya es una relación bonita, buena, acordada.

El auto falla y no hay respuesta al teléfono. La niña llega a casa sola y ella sigue en alguna avenida esperando ayuda. Cuando por fin consigue recuperar la movilidad del vehículo avanza al hogar y ahí le espera un rostro, un nombre, un algo que pretende y finge para pretender y fingir que todo está bien. Indudablemente son, forman, una pareja hermosa. Se merecen.

El teléfono, el nombre, la voz. Nunca tan certera decisión como la tomada hace unos minutos. Necesita descansar y olvidarse por un segundo al menos de todas sus responsabilidades. Insiste en recordar, en tratar de realizar un pasado ido en un presente en el que pretende involucrar su gripe, sus deseos y sus ansias.

No hay quien responda el llamado. No hay quien conteste.

Después de tanto, no hay nadie…

***

Anoche leímos un poco sobre el “hilo rojo del destino”, una creencia bastante arraigada en Asia en la que los dioses atan un cordón rojo alrededor de los tobillos de quienes han de conocerse en una determinada situación o ayudar a los demás de una manera determinada.

“A menudo, en la cultura japonesa, se piensa que ser atada alrededor del dedo meñique. Las dos personas unidas por el hilo rojo están destinados a ser amantes, independientemente de la hora, lugar o circunstancia. Este cordón mágico se puede estirar o enredar, pero nunca romperse. Este mito es similar al concepto occidental de las almas gemelas o una llama destinado”.

Qué curioso…

***

Él es feliz a su manera.

Hay alguien en su puerta, alguien en la habitación, alguien en el tiempo.

No está solo y por tanto no está obligado.

De repente recuerda.

¿Cómo se llamaba?, ¿Cuál era el nombre?

 

@aldoalejandro