Pa' no molestar

Es como si no existieran…

Yo creo que hay“algo” bajo la cama. La sensación de estar acompañado a media noche, elescalofrío y las marcas en el cuerpo son la prueba. Antes sentía miedo, peropoco a poco se ha ido acostumbrando porque cree que es “alguien” que le cuida y le protege, no sabe de qué a ciencia cierta, pero está a buen resguardo.

No recuerda cuándo empezó. Yo tampoco. Era niño, quizá unos 11 o 12 años entonces y esa remembranzale lleva hasta tierras abandonadas entre recuerdos e historias de mariposas volando aquí y allá, eludiendo silenciosas el enorme nogal del patio en la casa grande, pintando las calles de tonalidades amarillas y anaranjadas en un ambiente de inolvidable respeto por la naturaleza.

Esa noche–recuerdo-merendó café con una pieza de pan y fue a acostarse a la última habitación y en el camastro pegado a la pared, el que estaba de frente a laventana que le permitía observar los torreones de la iglesia y un gran número de estrellas siempre pendientes de la oscuridad y su avance.

En ese entonces sí dormía.

No sabía qué hora era cuando despertó (los niños no tienen noción del tiempo) pero estaba inquieto, temeroso y mantenía la vista fija hacia el dintel de la ventana. Ahora recuerdo. No había estrellas ni ruidos, pero algo le observaba desde lo alto del muro, entre el tejado y una de las trabes en la habitación. Él lo sentía, pero no podía hablar, no quería ser víctima de burlas o castigos porviolentar el descanso familiar y tomó la única decisión coherente: se refugió entre la cobija roída y la colchoneta de telas rasgadas, desde donde escuchó movimientos que no se atrevió a confirmar.

Concilió el sueño nuevamente y con el amanecer despertó también la curiosidad. Revisó si algo había extraño en la habitación pero no halló nada,aunque en su antebrazo izquierdo un ligero ardor le permitió descubrir una especie de rasguño que empezaba a cicatrizar y se extendía alrededor de 10centímetros entre el codo y la muñeca. Esa fue la primera vez…

***

Hay gente quevive en los espejos. Tienen sus días y sus trabajos y sus familias y sus casas y también corren en vacaciones a la playa o la casa de la abuela o van con sus mascotas al bosque. Ellos ven todo lo que hacemos y no nos juzgan porque están bien ocupados con sus vidas y no les inquietan las ajenas.

A veces hablan. Me hablan.

Algunos saben mi nombre y me llaman. Siempre les atiendo. Me acerco a lasuperficie y busco infructuosamente a los propietarios de las voces, pero solopuedo ver al que es como yo porque los demás corren a esconderse tras los reflejos de las cosas que están a mi espalda o mis costados. Ellos ven lo que hacemos, ¿lo había comentado?, por eso a veces saben dónde están las cosas y las respuestas y todo.

Una vez llamaron para decir que la puerta de la entrada necesitaba arreglosy estaba por caer, pero no lo creí porque había pasado por ella recién y todose veía normal. Ellos dijeron que uno de los niños podría tener un accidenteserio y por eso era necesario arreglar el pedazo de fierro. Las ignoré ydespués, cuando escuché el barullo y los gritos y el llanto  me arrepentí. Pobre, el golpe propinado por elmetal le provocó una fractura en la pierna izquierda, un yeso de casi dos mesesy medio y un miedo permanente a las puertas de ese material.

Desde entonces les hago caso y no les discuto. Una mañana, por ejemplo,justo antes de salir hacia el trabajo, me dijeron que debía deshacerme del cabello porque no tenía caso conservar algo que ya estaba perdiendo: debía acostumbrarme desde ya a mi nueva y calva realidad para no padecer en elfuturo. Tomé el rastrillo de las tres navajas y la banda lubricante de colorverde con el que recién me había afeitado y al siguiente momento me deshacía de algunos miles o centenares de cabellos. “La calvicie te hace interesante”, me dijo la secretaria del director cuando acudí a la reunión vespertina; jejeje repitió la frase días después, cuando estaba a punto de abandonar el departamento mientras ella me despedía jugueteando con su desnudez y el dedo índice en los labios…

***

Abrió los ojos. En la pantalla del televisor había una transmisión en vivo y simultánea de diversas manifestaciones alrededor del planeta en contra del nuevo presidente norteamericano. “El güerito no las trae todas consigo porque laspierde, pobre wey”, pensó divertido. A punto estuvo de soltar la carcajada pero la punzada entre parietales y occipitales le impidió hacer nada. Había vuelto a dormir con la televisión encendida, otra botella vacía (una más) de ron barato y un vaso de plástico tirado a un lado del sillón (siempre usaba de vidrio,porque reconocía cínicamente ser un borracho “de catego”, pero los vasos desaparecieron cuando su alcoholismo se hizo evidente). Como pudo dirigió suhumanidad al refrigerador para tomar la última cerveza fría. “Debo comprar más”,pensó mientras giraba la tapa.

El líquido tocó primero la lengua y luego la arcada dental inferior. El frío impactó directo la garganta y luego el pecho y la cabeza provocándole un dolor agudo (cefalea tensiónal, dicen los especialistas que se llama). En cuanto se recuperó regresó al sillón a padecer sus ascos y nauseas.

Desde lapuerta, el enorme y viejo pastor alemán observa la piltrafa en que se haconvertido su humano, aunque ya no le extraña encontrarle en tales condicionesmatutinas. Mueve la cola, gime un poco para llamar su atención y el hombre lehace un ademán. El animal entra y se acerca para recibir cariños y palmadas yluego procede a lo verdaderamente importante: en la cocina está su cuenco llenode “riquísimas” croquetas que le ayudan a “cuidar su pelaje, quemar grasa y mantenersu masa muscular en óptimas condiciones”, según reza la frase publicitariaplasmada en el costal.

El hombre seasusta con el ladrido y sabe que el animal tiene razón en mostrar su molestia:otra vez olvidó su alimento. Regresa al frigorífico y saca restos de comida deldía anterior, se disculpa sinceramente porque es su amigo y le ha fallado pero,otra vez, le repite que no volverá a suceder. El perro no entiende, pero suponeque deberá conformarse por ahora con esas sobras.

En latelevisión dicen que hay millones de mujeres en contra del padre de IvankaTrump y que llegaron incluso de otros países a alguna de las ciudades en que sereunieron contra el racismo y el machismo y el nuevo presidente, un empresario que se hizo famoso por participar en un “reality” en el que un grupo depersonas tendría la posibilidad de ocupar un puesto en alguna de sus empresas ya las que “despedía” sin el menor remordimiento. 

Luego cambian las noticias y la presentadora dice que el presidentemexicano será recibido por el gringo la próxima semana allá, en Estados Unidos.Dios los hace y ellos se juntan,dirían los clásicos y él piensa que es una gran coincidencia que la gente decada uno de esos países sientan tanto desprecio y encono hacia la figura presidencial.

“Pobre wey,no las trae todas consigo porque las pierde…”.

***

¿Una anomalía en los procesos cognitivos? De qué carajos habla. Pidió apoyo para que le llevarán al médico porque los arañazos en la espalda le molestan cada vez más: entre la picazón y el ardor a veces le resulta imposible concentrarse en cualquier tarea. El especialista pregunta cómo se hizo esas heridas y luegodela explicación abandona momentáneamente el consultorio. Él permanece de pie junto al escritorio. Observa por la ventana y se queda pasmado con la belleza del enorme perro negro que pone toda su atención a las palomas en la cima del edificio adjunto.

El especialista regresa al consultorio acompañado por otro hombre vestido deblanco y una hermosa mujer de gafas y zapatillas negras. Le hacen preguntas yresponde sin pensar porque no le gusta perder tiempo ni provocar que los demásdesperdicien el suyo. Mientras habla se asoma nuevamente a la ventana y se pierde en silencio al otro lado de la calle, en las luces multicolores dealguna patrulla y la imponente figura del cánido.

Las palomas revolotean en lo alto pero él no las ve. De hecho prefiereignorarlas porque su gorjeo siempre le ha molestado y enloquecen cuando haymultitudes, como ahora. No entiende ese afán de la gente por caminar y repudiardurante horas en las calles a una sola persona. Total, si no hay un acuerdo conrespecto a algo siempre cabe la posibilidad de corregir, ¿o no? al menos eso dijeronuna vez.

Lo verdaderamente sorprendente es que la gente del espejo habita también enesa habitación, justo dentro del anaquel de medicinas, tras el estetoscopio y el termómetro. Ellos sugieren silencio y argumentan que nadie creería lo que escuchao hace para ellos; lo cierto es que no desean ni ser estudiados ni invadidos ypor eso no se muestran más que a unos cuantos, pero como a todos les dicen queno hablen de ellos pues ninguno de nosotros sabe quiénes son los otros. Así quees como si no existieran pero ahí están y ellos saben que de este lado también estamos.

Yo también lo sé. Por eso mejor guardo silencio y espero que me recetenalgo o me envíen con otro especialista y caminar así, con toda esa gente que noestá al otro lado del cristal, los que solo yo escucho y me dicen que me cuidede lo que hay bajo la cama.

Es cierto,ahora recuerdo, por eso bajé el colchón al piso...  

alejandro.evaristo@milenio.com

 

 


Yo creo quehay “algo” bajo la cama. Lasensación de estar acompañado a media noche, el escalofrío y las marcas en elcuerpo son la prueba. Antes sentía miedo, pero poco a poco se ha idoacostumbrando porque cree que es “alguien” que le cuida y le protege, no sabede qué a ciencia cierta, pero está a buen resguardo.

No recuerda cuándoempezó. Yo tampoco. Era niño, quizá unos 11 o 12 años entonces y esaremembranza le lleva hasta tierras abandonadas entre recuerdos e historias demariposas volando aquí y allá, eludiendo silenciosas el enorme nogal del patioen la casa grande, pintando las calles de tonalidades amarillas y anaranjadasen un ambiente de inolvidable respeto por la naturaleza.

Esa noche –recuerdo-merendó café con una pieza de pan y fue a acostarse a la última habitación y enel camastro pegado a la pared, el que estaba de frente a la ventana que lepermitía observar los torreones de la iglesia y un gran número de estrellassiempre pendientes de la oscuridad y su avance.

En ese entonces sídormía.

No sabía qué hora eracuando despertó (los niños no tienen noción del tiempo) pero estaba inquieto,temeroso y mantenía la vista fija hacia el dintel de la ventana. Ahorarecuerdo. No había estrellas ni ruidos, pero algo le observaba desde lo altodel muro, entre el tejado y una de las trabes en la habitación. Él lo sentía,pero no podía hablar, no quería ser víctima de burlas o castigos por violentarel descanso familiar y tomó la única decisión coherente: se refugió entre lacobija roída y la colchoneta de telas rasgadas, desde donde escuchó movimientosque no se atrevió a confirmar.

Concilióel sueño nuevamente y con el amanecer despertó también la curiosidad. Revisó sialgo había extraño en la habitación pero no halló nada, aunque en su antebrazoizquierdo un ligero ardor le permitió descubrir una especie de rasguño queempezaba a cicatrizar y se extendía alrededor de 10 centímetros entre el codo yla muñeca. Esa fue la primera vez…

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Hay gente que vive enlos espejos. Tienen sus días y sus trabajos y sus familias y sus casas ytambién corren en vacaciones a la playa o la casa de la abuela o van con susmascotas al bosque. Ellos ven todo lo que hacemos y no nos juzgan porque estánbien ocupados con sus vidas y no les inquietan las ajenas.

A veces hablan. Mehablan.

Algunossaben mi nombre y me llaman. Siempre les atiendo. Me acerco a la superficie ybusco infructuosamente a los propietarios de las voces, pero solo puedo ver alque es como yo porque los demás corren a esconderse tras los reflejos de lascosas que están a mi espalda o mis costados. Ellos ven lo que hacemos, ¿lohabía comentado?, por eso a veces saben dónde están las cosas y las respuestasy todo.

Unavez llamaron para decir que la puerta de la entrada necesitaba arreglos yestaba por caer, pero no lo creí porque había pasado por ella recién y todo seveía normal. Ellos dijeron que uno de los niños podría tener un accidente serioy por eso era necesario arreglar el pedazo de fierro. Las ignoré y después,cuando escuché el barullo y los gritos y el llanto  me arrepentí. Pobre, el golpe propinado porel metal le provocó una fractura en la pierna izquierda, un yeso de casi dosmeses y medio y un miedo permanente a las puertas de ese material.

Desdeentonces les hago caso y no les discuto. Una mañana, por ejemplo, justo antesde salir hacia el trabajo, me dijeron que debía deshacerme del cabello porqueno tenía caso conservar algo que ya estaba perdiendo: debía acostumbrarme desdeya a mi nueva y calva realidad para no padecer en el futuro. Tomé el rastrillode las tres navajas y la banda lubricante de color verde con el que recién mehabía afeitado y al siguiente momento me deshacía de algunos miles o centenaresde cabellos. “La calvicie te hace interesante”, me dijo la secretaria deldirector cuando acudí a la reunión vespertina; jejeje repitió la frase díasdespués, cuando estaba a punto de abandonar el departamento mientras ella medespedía jugueteando con su desnudez y el dedo índice en los labios…

***

Abriólos ojos. En la pantalla del televisor había una transmisión en vivo ysimultánea de diversas manifestaciones alrededor del planeta en contra delnuevo presidente norteamericano. “El güerito no las trae todas consigo porquelas pierde, pobre wey”, pensó divertido. A punto estuvo de soltar la carcajadapero la punzada entre parietales y occipitales le impidió hacer nada. Habíavuelto a dormir con la televisión encendida, otra botella vacía (una más) deron barato y un vaso de plástico tirado a un lado del sillón (siempre usaba devidrio, porque reconocía cínicamente ser un borracho “de catego”, pero losvasos desaparecieron cuando su alcoholismo se hizo evidente). Como pudo dirigiósu humanidad al refrigerador para tomar la última cerveza fría. “Debo comprarmás”, pensó mientras giraba la tapa.

Ellíquido tocó primero la lengua y luego la arcada dental inferior. El fríoimpactó directo la garganta y luego el pecho y la cabeza provocándole un doloragudo (cefalea tensional, dicen los especialistas que se llama). En cuanto serecuperó regresó al sillón a padecer sus ascos y nauseas.

Desde la puerta, elenorme y viejo pastor alemán observa la piltrafa en que se ha convertido suhumano, aunque ya no le extraña encontrarle en tales condiciones matutinas.Mueve la cola, gime un poco para llamar su atención y el hombre le hace unademán. El animal entra y se acerca para recibir cariños y palmadas y luegoprocede a lo verdaderamente importante: en la cocina está su cuenco lleno de“riquísimas” croquetas que le ayudan a “cuidar su pelaje, quemar grasa ymantener su masa muscular en óptimas condiciones”, según reza la frasepublicitaria plasmada en el costal.

El hombre se asusta conel ladrido y sabe que el animal tiene razón en mostrar su molestia: otra vezolvidó su alimento. Regresa al frigorífico y saca restos de comida del díaanterior, se disculpa sinceramente porque es su amigo y le ha fallado pero,otra vez, le repite que no volverá a suceder. El perro no entiende, pero suponeque deberá conformarse por ahora con esas sobras.

En la televisión dicenque hay millones de mujeres en contra del padre de Ivanka Trump y que llegaronincluso de otros países a alguna de las ciudades en que se reunieron contra elracismo y el machismo y el nuevo presidente, un empresario que se hizo famosopor participar en un “reality” en el que un grupo de personas tendría laposibilidad de ocupar un puesto en alguna de sus empresas y a las que“despedía” sin el menor remordimiento. 

Luegocambian las noticias y la presentadora dice que el presidente mexicano serárecibido por el gringo la próxima semana allá, en Estados Unidos. Dios los hacey ellos se juntan, dirían los clásicos y él piensa que es una gran coincidenciaque la gente de cada uno de esos países sientan tanto desprecio y encono haciala figura presidencial.

“Pobre wey, no las traetodas consigo porque las pierde…”.

***

¿Unaanomalía en los procesos cognitivos? De qué carajos habla. Pidió apoyo para quele llevarán al médico porque los arañazos en la espalda le molestan cada vezmás: entre la picazón y el ardor a veces le resulta imposible concentrarse encualquier tarea. El especialista pregunta cómo se hizo esas heridas y luego dela explicación abandona momentáneamente el consultorio. Él permanece de piejunto al escritorio. Observa por la ventana y se queda pasmado con la bellezadel enorme perro negro que pone toda su atención a las palomas en la cima deledificio adjunto.

El especialista regresaal consultorio acompañado por otro hombre vestido de blanco y una hermosa mujerde gafas y zapatillas negras. Le hacen preguntas y responde sin pensar porqueno le gusta perder tiempo ni provocar que los demás desperdicien el suyo.Mientras habla se asoma nuevamente a la ventana y se pierde en silencio al otrolado de la calle, en las luces multicolores de alguna patrulla y la imponentefigura del cánido.

Laspalomas revolotean en lo alto pero él no las ve. De hecho prefiere ignorarlasporque su gorjeo siempre le ha molestado y enloquecen cuando hay multitudes,como ahora. No entiende ese afán de la gente por caminar y repudiar durantehoras en las calles a una sola persona. Total, si no hay un acuerdo conrespecto a algo siempre cabe la posibilidad de corregir, ¿o no? al menos esodijeron una vez.

Loverdaderamente sorprendente es que la gente del espejo habita también en esahabitación, justo dentro del anaquel de medicinas, tras el estetoscopio y eltermómetro. Ellos sugieren silencio y argumentan que nadie creería lo queescucha o hace para ellos; lo cierto es que no desean ni ser estudiados niinvadidos y por eso no se muestran más que a unos cuantos, pero como a todosles dicen que no hablen de ellos pues ninguno de nosotros sabe quiénes son losotros. Así que es como si no existieran pero ahí están y ellos saben que deeste lado también estamos.

Yotambién lo sé. Por eso mejor guardo silencio y espero que me receten algo o meenvíen con otro especialista y caminar así, con toda esa gente que no está alotro lado del cristal, los que solo yo escucho y me dicen que me cuide de loque hay bajo la cama.

Es cierto, ahorarecuerdo, por eso bajé el colchón al piso...   

alejandro.evaristo@milenio.com